Jerez

Todos los Santos: una tradición inmortal

  • Miles de personas honran un año más a sus difuntos en el camposanto jerezano

Cae la tarde sobre el cementerio de Nuestra Señora de la Merced en una jornada en la que miles de personas han acudido un año más al camposanto para cumplir con la tradición de honrar a sus difuntos. En la entrada, los puestos de flores preparan los últimos ramos de una jornada que ha sido larga y, afortunadamente, fructífera. Este año, a diferencia del anterior, la climatología ha acompañado al día de Todos los Santos, y eso se ha notado en la venta, aunque eso sí, “ya no se venden las flores que se vendían antes”, afirma una  vendedora.

En el puesto de alquiler de escaleras también se ha notado una mayor afluencia de público que el año pasado. Aunque por la tarde la tranquilidad era la nota predominante, por la mañana las colas eran considerables, sobre todo para adquirir las  más altas.

Nos adentramos en el camposanto. Panteones familiares reciben a los visitantes. Junto a uno de ellos, y bajo la sombra de un ciprés, un grupo de voluntarios de la asociación de rehabilitación y reinserción ‘Brote de Vida’ charla animosante. Su función, además de limpiar y pintar los nichos, es la de echar una mano a todos aquellos que lo necesiten, sobre todo, las personas mayores. “Somos sus pies y sus manos en muchas ocasiones”, comenta Pepe Sierra, la voz cantante del grupo. 

Pepe lleva 14 años señalando en rojo en el calendario estas fechas. “Venir, en principio, desagrada un poco, pero cuando estás aquí te das cuenta de la satisfacción que te llevas a casa de  haber podido ayudar a otras personas”.

En todos estos años, a este voluntario no le faltan las anécdotas, como la de aquel supersticioso que desde que pisaba el cementerio no dejaba de tocar madera. “Iba tocando las ramas de todos los árboles del cementerio. Una vez, lo vi fuera de aquí y se lo comenté, y me dijo que lo suyo no lo sabía ni siquiera su mujer”. O la de aquel otro padre que perdió a su hijo de 20 años y que todos los días no falta al cementerio. “Es el primero en entrar, a las ocho de la mañana. Está un rato y luego vuelve por la tarde, después de comer”.

Pepe también comenta que cada vez se ven menos personas de luto en estos días. “Eso era antes. De vez en cuando ves a alguien, como los padres del chaval de la gasolinera –en referencia a Juan Holgado–, pero son los de menos.

Estos 15 voluntarios llevan desde las ocho de la mañana y todavía les quedará un ratillo para que puedan irse a casa, a eso de las siete de la tarde. Entre ellos no faltan las bromas y las risas, algo que contagian a este periodista. “Mientras limpias, te das cuenta de la gente que pasa por aquí. Ves que muchos les hablan al mármol, a otros los ves llorando... Como no te tomes esto con un poco de humor, te acabas llevando la pena a casa”, relata el voluntario, que recuerda perfectamente lo que le entró por el cuerpo la primera vez que tuvo que limpiar un nicho. “Me entraron tales nervios que eso acabó convirtiéndose en un ataque de risa”.

Peralta también recuerda su primer día en el cementerio, en el que tuvo que pintar por dentro uno de los panteones. “Ahí estaba yo, rodeado de las cajas y poniéndome perdido de pintura blanca. No veas que rato más malo pasé”.

Aún así, todos afirman que “aunque esto al principio puede dar un poco de yuyu, luego te das cuenta de que no es para tanto”.

Dejamos a los voluntarios descansar. Llama la atención la cantidad de flores de tela que hay en tumbas y nichos, relegando casi a un segundo plano a las naturales.

Otra cosa destaca: la cantidad de niños que acompañan a sus mayores a visitar a sus difuntos. Muchos juegan ajenos a las miradas pérdidas de sus padres mientras rezan a una lápida, mientras que otros ayudan a limpiar o a poner flores, siguiendo con la tradición familiar.

En varios nichos también se pueden ver bufandas del Xerez colgadas. Las de aquellos que no pudieron ver el ascenso de su equipo  y que ahora lo ven desde los palcos del cielo.

La noche empieza a ganarle la partida al día. Al final del camino se encuentra la fosa común, donde reposan los restos de aquellas personas que por un motivo u otro no tienen sepultura propia. Varios ramos de flores indican que, así y todo, a ellos tampoco se les olvida.

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