Un museo por descubrir

Tiempo de historias

  • El Diario dedica desde hoy una serie a redescubrir los mejores lugares del Arqueológico. Las aventuras de un puñado de piezas inician el recorrido.

El jueves 2 de agosto de 1928 salía Diario de Jerez a la calle con la noticia, entre otras, de la colocación de la primera piedra del monumento a Primo de Rivera en la plaza del Arenal. Un ejemplar de los tres periódicos de la época (El Guadalete y La Conferencia), libros, monedas de curso legal, fotografías y una botella de vino de Jerez (Real Tesoro) se guardaron en una pequeña urna de plomo, entre otros muchos elementos. El 1 de julio de 2004, el nuevo Diario de Jerez contaba que 'Aparece la primera piedra del monumento del Arenal' con motivo de las obras del parking en dicho espacio. Fue hallada flotando en agua debido a las filtraciones de la fuente. Parte del contenido se mojó totalmente, especialmente los de abajo, mientras que lo de arriba estaban más secos. El trabajo minucioso del equipo del Museo Arqueológico consiguió salvar buena parte del material de esta cápsula del tiempo.

Nos trasladamos un poco antes, a 1922, cuando a partir del hallazgo de la tumba de Tutankamon, se extendió aun más en los países occidentales la moda de la egiptología, fruto de la cual llegaron a España piezas como las ushebtis. La fascinación por Egipto no es un fenómeno nuevo. La espectacularidad de esta cultura ya suscitó la admiración de griegos y romanos, atrajo las miradas de la cultura islámica, medieval y renacentista, y en los albores de la contemporaneidad, los ejércitos de Napoleón la redescubrieron para el mundo moderno. Un diplomático jerezano recibió como regalo protocolario a principios del siglo XX dos ushebtis (II Milenio a.C.), que fueron donadas por Ana Cristina Williams en 1987 al Museo. Son dos pequeñas figurillas realizadas en cerámica esmaltada, fayenza, que en el antiguo Egipto y más concretamente a partir del II milenio, se depositaban en la tumba junto al difunto con el fin de sustituirlo en los trabajos más ingratos del mundo de los muertos.

Vamos a 1941. Ingresa en el Museo un capitel del tipo 'acanto espinoso', ampliamente utilizado en el sur de la Península Ibérica en época visigoda, del que sólo se conocía una mitad. Fue considerado por los especialistas durante mas de medio siglo como capitel de pilastra. En el control arqueológico efectuado en el año 2000, con motivo de las obras de restauración de un edificio de la calle Caballeros, se recuperó la otra mitad, que había formado parte de una colección particular y había quedado como elemento decorativo en uno de los patios de la antigua vivienda. Cada mitad, en manos diferentes, se unieron 60 años después. Fue el gran reencuentro.

Más cerquita, en 1999, dispersos en los jardines de la finca jerezana 'La Atalaya', construida en el siglo XIX, se hallaron fragmentos de un frente de un sarcófago (siglo III d.C). Según cuenta la directora del Museo, Rosalía González, la pieza tiene su "andadura singular, ya que apareció a comienzos del XVII en Medina Sidonia y permaneció en dicha población, en la sacristía del convento de los Franciscanos Descalzos, hasta 1763. En esta fecha fue adquirida por el Marqués de la Cañada, quien -tras cortar el frontal- la traslada al gabinete de antigüedades que poseía en su palacio de El Puerto. En esta localización fue dibujada y permaneció al menos hasta la década de los 70 del siglo XIX, fecha en la que se le pierde la pista, dándosele ya por desaparecida a principios del siglo XX". "No será -añade- hasta un siglo más tarde cuando tras su identificación por técnicos de este museo, volvamos a recuperar este magnífico ejemplo de arte romano, ahora en Jerez". Aunque lamentablemente el sarcófago se encuentra fragmentado e incompleto, gracias al dibujo realizado en 1764 por Guillermo Tyrry, cuyo original se conserva en la Biblioteca Capitular y Colombina de Sevilla, ha podido ser reconstruido en su conjunto.

Otra curiosidad nos lleva a la utilización de esculturas y elementos arquitectónicos romanos en nuestras ciudades, algo que era bastante habitual. Al tiempo que protegían las esquinas de las calles del roce de las ruedas de los carros, servían como elementos decorativos. Es el caso de un togado y una figura femenina, muy deteriorados por haber servido como guardacantones en la calle Ídolos, y que se encuentran también en el Museo y que pertenecen al periodo del siglo I a.C. al II d. C.

En 1927, durante los trabajos de consolidación de las bóvedas del Claustro Grande o del Cementerio en la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión, aparece un jarrón nazarí (1314-1354). Es una "magnífica tinaja con decoración de reflejo metálico, perteneciente a la serie conocida como 'Jarrones de la Alhambra'", cuenta González. Perteneció a la Colección Arqueológica Municipal de Jerez hasta 1930, año en que, tras haber sido exhibida en la Exposición Ibero-Americana de Sevilla, se ordenó su traslado al Museo Arqueológico Nacional de Madrid, donde aún se expone constituyendo una de las piezas más destacadas de las salas de islámico.

Nuestra última historia, quizás la más conocida, nos lleva a tres alumnos de Educación Primaria -Manuel Rubio, Miguel Marín y José Antonio Ibáñez- que en 1995 cursaban sus estudios en el colegio público de Torrecera. Recuerdan desde el Museo que dentro de las actividades programadas por su centro escolar, se encontraba la visita al Arqueológico, donde los alumnos conocieron el ídolo cilíndrico oculado que se expone en la Sala 3. Los estudiantes lo relacionaron inmediatamente con una pieza similar que habían hallado de manera casual días antes, habiéndola utilizado en sus juegos al desconocer su significado. El centro educativo informó al Museo y técnicos del mismo determinaron su valor patrimonial. Se trata de uno de los característicos ídolos de la Edad del Cobre (III-II milenio a.C.) con representación de ojos-soles, tatuaje facial y cabellera zigzagueante. "Los protagonistas de este hallazgo que entonces tenían entre 9 y 11 años, escribieron así una de las páginas de la pequeña historia de este Museo", recuerda la directora. "¿Cómo llegó esta pieza a la Cartuja? y ¿cuáles fueron las razones por las que un jarrón de tal categoría, una de las manifestaciones más genuinas y espectaculares de la loza nazarí, acabó usándose para aliviar el peso de las bóvedas del monasterio jerezano?, se nos escapan. No obstante, por lo que atañe a su procedencia no creemos descabellado pensar que bien pudo formar parte del patrimonio de Álvaro Obertos de Valeto (quien mandó construir la Cartuja en el siglo XV)", explica González.

Historias ocurridas en fechas diferentes que confluyen en un mismo tiempo y espacio: el Museo Arqueológico hoy, en la sala llamada 'La recuperación de nuestro patrimonio. Piezas con historia propia'. Historias de otro tiempo que pertenecen a nuestro tiempo. Testigos que han resistido al paso de los siglos para contarnos sus aventuras y que, desde esta nueva serie del Diario sobre el Museo Arqueológico, que se inicia hoy, trataremos de acercar aún más al lector.

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