Tierra de nadie Torceduras

No creo en casualidades, las cosas siempre ocurren por algo; si de los humanos dependen, con más razón. Los movimientos de masas han estado históricamente promovidos por el encauzamiento controlado de sentimientos sociales. A veces, han surgido de modo un tanto espontáneo, y del mismo modo se han diluido, sin dejar rastro, aunque sí consecuencias. Otras, han sido ‘elaborados’ con cuidada meticulosidad por maestros de ceremonia en busca de objetivos bien concretos, nada altruistas y, por lo general, de consecuencias demoledoras para la mayoría silenciosa que dejó de serlo, manipulada en su ignorancia, dirigida en función de utópicas esperanzas, destruida en el inútil empeño de alcanzar metas fuera de alcance.

Los acontecimientos bruscos, capaces de generar angustia y generalizados, sobre todo si son inesperados, alteran las vidas de los que no gustan de ver sus vidas alteradas. La general inconsistencia de carácter, la debilidad en las convicciones o la ausencia de principios enraizados y asumidos convierte al ciudadano en presa fácil, dúctil y maleable, para los dueños del guiñol: los que mueven los hilos… o aspiran a hacerlo. Prender la mecha y… esperar. Este es el modo. La forma adecuada, hay que encontrarla, y será tarea fácil si buscamos entre las muchas injusticias, privaciones, deseos insatisfechos o ansias de mejorar que anidan en los espíritus a los que, cada uno de nosotros, damos cobijo. Si cuentas con una mente amueblada, al menos lo suficiente, podrás escapar del escenario en el que te iban a colocar, desaparecer de la función que te quieren obligar a representar, huir de un epílogo en el que lo único que se va a repartir será desasosiego, angustia y frustración; si, por el contrario, has cedido a tus carencias o debilidades, al banal e incontrolado consumismo, has llevado hasta el puro materialismo lo que debió permanecer, siempre, entre lo inmaterial, o te has resignado a reptar en la gris mediocridad; no es que tu destino esté echado, es que el destino que tú has elegido te ha condenado.

Racismo… machismo… homofobia… persecución religiosa… discriminaciones todas, todas ellas incalificables e inaceptables e inasumibles e intolerables, repugnantes y repudiables, condenables, perseguibles e imperdonables; pero, sobre todo y por propia esencia: absolutamente injustas, impropias de lo que se supone que debiera ser la condición humana. De la lucha, sin pausa ni flaqueza ni medias tintas, contra lo injusto y las aberraciones que merecen todos los adjetivos calificativos que acabo de usar; a la utilización falaz y embaucadora de esas sangrantes lacras, que deberían avergonzarnos a todos, para conseguir sibilinos objetivos que serán, sólo, en beneficio de sus arteros y soeces incitadores, va todo un mundo, toda una galaxia, todo el universo que contiene a esta y aquel. En parte, y en mucho, esto es lo que está sucediendo, lo que estamos viviendo en nuestro pequeño planeta, que tendría que ser azul - “un pequeño punto azul pálido”, como lo definió Carl Sagan al describir la foto más lejana, 6.000 millones de kilómetros, jamás tomada de la Tierra- y, sin embargo, vemos cómo lo llevan del gris al negro.

Las causas están ahí, no son los molinos que D. Quijote confundió con gigantes, están muy ahí, por triste desgracia, presentes e insistentes en una sociedad demasiado desigual, demasiado injusta, puede que incluso demasiado terrible; pero ‘los medios’ ideados, dispuestos y fomentados por los que nos quieren someter, a todos, ni son, ni sirven, ni tampoco van a servir. No servirán, no lo harán, porque en el del todo improbable caso de que en algún modo remoto triunfasen las hordas de feroces idiotizados, la chusma bárbara cuajada de oquedades mentales, o las catervas de salvajes pedazos de carne con patas, dedicados a matar blancos para ‘defender’ negros, odiar al hombre para ‘enaltecer’ a la mujer, estigmatizar al heterosexual para ‘reclamar’ la dignidad e igualdad, como es de justicia, del homosexual, decapitar cristianos para ‘engrandecer’ el islam; si todos estos descerebrados sedientos de venganza y sangre, ahítos de rencor y sobrados de odio, agarrotados por su fracaso como personas, oxidados por la envidia y corroídos por la frustración llegasen de algún modo a ‘ganar’ algo, digamos, ‘sustancial’; lo único que vendría sería el fin de la Libertad, y el de la libertad. ‘Libertad’, la del espíritu del Hombre, nacido para tenerla como sagrada, irrenunciable y posible aspiración; ‘libertad’, la de todos y cada uno de nosotros, sin la que no seríamos, ni podríamos jamás llegar a ser, personas: “El hombre está condenado a la libertad”, escribía Sartre. En compañía de su ausencia o con ella enjaulada, el Hombre se torcería. Un Quinto Jinete, a lomos de su apocalíptica montura, torcería primero, para, de modo inevitable, romper después, la aspiración que nos hace ser: La Humanidad, suma infinita de todos los anhelos y esperanzas de los seres humanos que aspiramos llegar a ser.

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