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En busca del tiempo perdido

Fue al maestro Proust quien en su obra maestra, de la que este artículo lleva el nombre, nos transportaba en sus siete títulos desde aquel: "Por el camino de Swan", primera parte, hasta "El tiempo recobrado", capítulo último. Sumergirse en sus páginas es como vivir la vida por adelantado. Sentimos, mientras lo leemos, como el tiempo, que marca nuestra condición de seres breves y quebradizos, tamiza nuestras vidas pudiendo convertirlas en humanas, o ahogarlas en la más inhumana de las desesperanzas.

Aceptar nuestra levedad es doloroso, someterse a la imposición cruel del paso fugaz de los días sin medio a nuestro alcance para detenerlos cuando parecen escurrirse entre los dedos, o ralentizarlos, al sentirlos no vividos, desaprovechados o ignorados; deja al descubierto, sin género de duda posible, la insignificancia del que hemos hecho nuestro mundo.

No hay medio de alterar la imperturbable sucesión de las horas, las semanas o los años. Por una imposición inapelable, nos sabemos caducos pasajeros de un tren que corre, cada vez más rápido, arrastrado por una máquina que no acertamos a ver, sólo a sentir la fuerza incontenible de su tracción.

Sería difícil soportar la existencia con semejante espada de Damocles sobre nuestras cortas vidas. Sería, probablemente, imposible: terminaríamos por perder la razón al sentir la cercanía, cada vez más próxima, de un final temido y no querido, pero inevitable, forzoso, ineludible, obligado… Sería, pero no lo es.

No lo podemos detener, ni pausar; ni nos podemos hacer bolas con la física cuántica, que nos dice que el tiempo puede ir hacia delante o hacia atrás, tan relativo como lo anunció Einstein, pero podemos vivir como si la muerte, a pesar de inevitable, estuviera esperándonos en otra dimensión, una a la que llegaremos sin inquietud ni angustia, sin zozobra ni temor; una a la que sólo se llega cuando se vive con plenitud. Conscientes de nuestras muchas vergüenzas, sabedores de nuestras debilidades, conocedores de nuestra enorme fragilidad; pero con valores capaces de minimizar todas esas bajezas, con principios que hacen posible realzar, hasta casi lo impensable, la extraordinaria capacidad que tenemos para hacer el bien; con sentimientos humildes, generosos y limpios que nos llevan al amor, que nos visten de amistad, que nos cubren de solidaridad y perdón…

No hay mayor felicidad, al menos no tan plena, satisfactoria ni perdurable, que hacer feliz a quien queremos. Todos los que tenemos alma lo sabemos. El lastre de nuestras miserias sería insoportable si no contásemos con la capacidad de redimirnos que esos sentimientos nobles, desinteresados y muy humanos, nos proporciona.

Navegar por valles oscuros, caer en los pozos de amargas lágrimas, ceder al desaliento, sucumbir a la traición, abandonarnos al desengaño… ¿quién no lo ha sufrido, quién no lo ha penado, quien no lo ha sentido? Pero, tenemos la fortuna de contar con antídotos parar curar la desazón, para sanar el agobio, para olvidar la melancolía: son esos sentires que nos hacen ser humanos por encima de las humanas desdichas.

Perdemos el tiempo cuando renunciamos, cedemos o nos abandonamos; perdemos nuestro tiempo -poco y corto- cuando nos puede la soberbia, la vanidad o el egoísmo; matamos el tiempo cuando nos vengamos u odiamos. Recobrar ese tiempo perdido, ganar el que nos quede, es lo que nos va a hacer humanos, el único camino para vivir sin miedo, ni a la propia vida, ni a su fin: inamovible, cierto y, siempre, pronto.

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