Jerez

Y por estos días de mayo, vino y feria

  • El vino ha sido acompañante fiel de todo acontecimiento festivo Desde las antiguas ferias de ganado ya estaba presente Un breve y rapidísimo recorrido por sus protagonistas

Hay que alegrarse. Porque en esto de la fiesta, al menos, los jerezanos hemos sido unos privilegiados. Hace más de quinientos años, la ciudad disfrutaba de dos ferias, las dos festivas y comerciales. Las dos se movían de un lado a otro porque esta feria, además de milenaria, es nómada. Y hasta tres había en el XIX, la más importante en los Llanos de Caulina, que podía hasta presumir de hipódromo. Y, por fin, más tarde, un sanlunqueño, el ex alcalde Julio González Hontoria, cedió los terrenos sobre los que se asienta la feria que hoy conocemos.

Y el vino, cómo no, acompañó al devenir de la fiesta. Vino y Feria. ¿Cómo separar el vino de la feria? Ya se sabe que en las fiestas de ganado, antaño iniciador de la fiesta, los tratantes cerraban el trato compartiendo una copa de vino. La Feria la glosó, entre otros muchos, un gaditano universal, ligado a Jerez por vía matrimonial, José María Pemán, que confesó en alguna ocasión que nunca se separaba "de la Monarquía, el Divino Impaciente y la Feria de Jerez'. Y desde 1976 se viene pregonando esta celebración única. El jurispoeta Benito Pérez fue el más original: Brindó en su pregón con una copa de jerez en lo más alto hasta seis veces: una por Jerez, otra por la primavera, otra por el caballo, otra por la democracia, otra por la feria y una última por la amistad.

De Arcos trajeron un buen día a un americano a la Feria de Jerez. El hombre, chitón. Y corrieron una copa, dos, tres... hasta veintiséis y el invitado se desinhibió. Se animó con las charlas y no tuvo pudor alguno en bailar sobre la mesa: "Desde la toma de Guadalcanal, jamás había visto una explosión de alegría como ésta", admitió. Y, como esa, miles y miles son las situaciones, chascarrillos y anécdotas que la Feria guarda en la memoria. Y la lista sería larga, ingente, imposible de condensar.

Volvamos al albero: Las primeras casetas fijas fueron levantadas por las grandes compañías vinateras, lo que da idea de cómo corría el vino; los bodegueros agasajaban a sus clientes extranjeros, frecuentaban otras casetas o se mezclaban con el pueblo llano en ese hormiguero de convivencia en que se transforma cada año el bullicio.

Otro foráneo, este vasco, Miguel Primo de Rivera, Miguelito, alcalde honorario de Jerez, logró en los sesenta consolidar la tradicional feria comercial del ganado con la feria lúdica: Con buen ojo, aportó a la fiesta de la primavera la 'Semana del Caballo' que, cada año, organizaba el talentoso Álvaro Domecq y Díez y creó la que, hoy día, conocemos como la Feria del Caballo, donde el noble animal se hace protagonista.

Jesús de las Cuevas logró sacar unas coincidencias entre el caballo y el vino de Jerez que son curiosísimas: "Se graban a fuego nalgas de botas y yeguas y aquellas marcas en las maderas recuerdan los hierros de las ganaderías; términos característicos que los vinos pueden servir de nombres de caballos -'Escogido', 'Amoroso', 'Abocado'-, y al contrario, nombres de caballos famosos de Jerez -'Chaparrillo, Alcaydejo'- podrían servir para bautizar vinos; el encabezamiento de las soleras se asemeja a desvelar los misterios de los puras sangres y sus tantos por cientos; conocedores y capataces portan parecidas libretas de mando; necesitan ambos los mismos años para serlos de verdad; el ordeño de las botas guarda cierto parentesco con la saca de potros; piafaban caballos por las bodegas y la botella mantenía collarín simbólico, mientras soberbios ejemplares se reproducen en las etiquetas -en 'Gladiador' de 'Manuel Guerrero' o en 'Lipizano' de 'Tabajete'...-" Entusiasma contemplar cómo a los bodegueros jerezanos les sonreía la fortuna al criar vinos y caballos sin parangón posible. Sin ir más lejos, ahí está la familia Domecq con su enorme pasión por el vino y su gran amor por el caballo desde tiempos de Pedro Domecq Lembeye, pasando por Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio a la misma Petra de la Riva. Igualmente, les apasionaban los caballos a los Domecq Rivero y a los Soto Domecq. José Ignacio Domecq González jugaba al polo cada tarde y lo mismo hacía su hijo José Ignacio. O qué decir del mismísimo Álvaro Domecq, nuestro fenomenal jinete y rejoneador, y su hijo Alvarito, creador del espectáculo 'Cómo bailan los caballos andaluces', paradójicamente en una feria, la de 1963, cuando presentó a los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía el espectáculo. Cuando acabó, asombrado, el monarca se acercó al rejoneador y le dijo: 'Alvarito, ¡esto hay que mantenerlo!'. Y Alvarito creó la Escuela Ecuestre.

Y ya que estamos en Feria, ¿qué vino bebemos? Un día se lo pregunté a Antonio Flores Pedregosa, reconocido enólogo de González, molesto porque los propios jerezanos creyeran que el fino de feria se despachaba con menor graduación. "Para las bodegas, la Feria es un escaparate. Acudimos con lo mejor: vino embotellado reciente y en las mejores condiciones posibles".

Y si hablamos de Feria, también deberemos hablar de flamenco. Porque el jerez inyecta la sangre precisa y perfecta, los silencios cálidos que precisan los duendes del flamenco para hacer acto de presencia, saltar y arañar los recónditos rincones del misterio. "El área del cante tiene por límites los vinos de Jerez", repite nuestro compañero y gran amigo Juan de la Plata. Y es tal lo que puede dar ese rico trinomio vino-caballos-flamenco que, por mucho que se escriba, todavía quedará bastante más por escribir y andaremos, de todas todas, por la penúltima página. Pasa igual con el jerez, que diría el otro. La penúltima copa, amigos, nunca la última. Y el que diga que no, que venga, lo pruebe y después hable, si mismamente puede.

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