Tierra de nadie

Se nos va de las manos…

Creo, sinceramente, que el riesgo es inminente. La libertad no está cómoda en España: acosos, insultos, amenazas, agresiones… Hay partidos políticos que no pueden desarrollar con normalidad su campaña electoral. Sus mítines se ven interrumpidos, sus sedes atacadas, sus dirigentes acorralados y asaltados… Iglesias atacadas por ‘republicanos’, en Orense; cofrades increpados por ‘republicanos’ socialistas, en Valladolid; carteles electorales arrancados; derechos democráticos pisoteados… Y el Gobierno, débil y encadenado a pactos infames, calla… Los medios, la mayor parte de ellos, condicionados por los intereses de sus propietarios, sólo cuentan depende que…, sólo acusan depende a quien…, sólo callan las miserias de los suyos… La ecuanimidad está rota; la objetividad, no existe; la información es una mala puta que se pinta del color que, cada día, le dejan encima del tocador que sostiene ese espejo en el que, ya, no se atreve a mirarse…

¿Respeto…? Se exige para colectivos marginados; inmigrantes ilegales, ocupas ilegales, presidiarios, terroristas, sediciosos, traidores… Se demanda para grupos frágiles: por razón de su condición sexual, de su incapacidad, de una enfermedad rara, de su edad -sea mucha o poca-… Se pide para religiones minoritarias, etnias discriminadas, gremios de trabajadores olvidados… Y está bien que así sea, el respeto siempre está bien, la salvaguarda de los derechos de los más débiles o desfavorecidos, por supuesto que también. Respetar habla de educación, de cultura, de generosidad, de humildad… Sí, siempre está bien respetar. Pero… ¿y cuando se deja de tener respeto por algunos sentimientos, religiones, creencias, opiniones, símbolos o credos políticos… diferentes a los que ‘la mayoría de turno’ considera como “aceptables”?, ¿qué pasa entonces? Pues, lo que pasa entonces es que la libertad se quema, arde, como lo hizo ‘Notre Dame’ hace unos días en un París que ya nunca será el mismo. ¿Mal presagio de algo…?

Arde París -como el titulo de la novela: ¿Arde París?-, se podría decir, cuando es su alma, encerrada en las dos torres inacabadas de su catedral, la que se quema. Pero, con París, capital del Continente, en un símil de macabro y de mal agüero, se carboniza nuestra cultura, se chamusca nuestra Europa, la gran empresa, imposible, de todos.

Ha sido, una vez más, la izquierda desnortada y sus extremos radicales, los que, como siempre ha sucedido, han lubricado los engranajes de la tragedia que se nos viene encima. No hemos sido capaces, o no hemos sabido, o no nos hemos atrevido a quitar de en medio, y de una vez para siempre, al comunismo reaccionario y casposo que un mal día, de nefasto recuerdo, cayó, desde los escritos respetables a las manos de hombres miserables, para convertirse en la hedionda, manipulada y panfletaria ‘doctrina’, y terca, y rastrera, y mezquina, y sórdida, y roñosa, que lo es hasta el hartazgo, en la que se convirtió cuando los bolcheviques prostituyeron la teoría para llenar sus bolsillos con la ‘práctica’.

Hoy, una vez más, esa izquierda de cartón piedra, malsana, decadente y fascista, ese coctel ‘trotskista-estalinista-maoista-bolivariano’ vuelve a campar por sus respetos, ahogando la libre expresión, condicionando a los medios, asediando a los ciudadanos, trampeando con las leyes –las mismas que luego terminarán saltándose para imponer la suya en exclusividad-, mutilando la democracia y cercenando la libertad.

Arrogándose una supuesta autoridad moral que ni tienen, ni jamás han tenido, lapidan –hoy, con palabras; con piedras, mañana- a todo aquel que no se pliegue a sus ladinos intereses; a cualquiera que no aplauda sus farisaicos panfletos, populistas, falsarios y aberrantes; a quien les acuse, en alta voz, de lo que son: cínicos profetas, meapilas incombustibles fabricantes de ‘soluciones’ en las que no creen; embaucadores pertinaces, verdugos de esperanzas legítimas; patéticos, y peligrosos, payasos de un circo al que te invitan a entrar, ‘gratis’, pero del que no podrás salir; mezquinos oportunistas, saturados de una mediocridad patológica que les empuja a canibalizar a ese ‘pueblo’ por el que dicen luchar y del que sólo pretenden abusar; contumaces e irredentos hipócritas; carceleros empedernidos de libertades ajenas; proxenetas de democracias agónicas, conducidas, por las checas de turno, al gulag de siempre. Ellos, sólo traen miseria… de la grande, ¡la de verdad!; de esa de la que cuesta muchos, muchos años salir… muchas lágrimas y mucha sangre también.

Hay manos que se nos echan al cuello, a degüello, por eso, si lo permitimos, se nos terminará yendo de las manos.

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