Música

Charlie Parker: el aleteo sin fin

  • Nacido en Kansas City el 29 de agosto de 1929, hace hoy exactamente un siglo, Bird dejó esculpido en el aire un legado que va más allá del jazz. Es uno de los grandes artistas del siglo XX

El compositor y saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920 - Nueva York, 12 de marzo de 1955). El compositor y saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920 - Nueva York, 12 de marzo de 1955).

El compositor y saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920 - Nueva York, 12 de marzo de 1955). / D. S.

La escena de Bird, de Clint Eastwood, en la que Charlie Parker y su grupo tocan en una boda judía en Brooklyn es antológica. Que eso ocurriera o fuera una licencia que se tomó Mr. Eastwood es lo de menos. Lo que importa es que en unos pocos minutos condensa, y con ellos ilustra a la perfección, lo que este genio de la música nacido el 29 de agosto de 1929 en Kansas City hizo durante su corta e intensa existencia.

Parker y sus colegas estaban sin blanca, a la espera de que llegara la fecha de su bolo en el Birdland. Su situación económica era más que grave. Red Rodney entró en el club reclutando músicos. Tenía un trabajo: la boda judía. No contaba con que Bird fuera uno de los que necesitara apuntarse. "¿Y por qué no?", le respondió Parker molesto. Así que Rodney se los llevó a tocar en la ceremonia. El saxofonista estuvo impecable, pero no se limitó a eso. Sobre el escenario improvisado para el cuarteto, Bird acabó, como siempre, reventando el corsé del estándar. Y los judíos fliparon. A la hora de pagar, el padrino dijo a Rodney: "Estos chicos no son judíos, pero son muy buenos".

La palabra genio está devaluada. También enorme. O gigante. El abuso de estos superlativos, aplicados en masa y a ritmo industrial por la publicidad y la mercadotecnia a fin de promocionar mediocridades con tal de venderlas a los más necesitados de "novedades", dificulta cada día más encontrar una grandeza original, algo que verdaderamente es no sólo nuevo, sino sobre todo bueno. Cuando esto ocurre puede echarse mano de la palabra sublime sin temor a caer en la exageración y mucho menos en la trampa.

La música del siglo XX (y la de este XXI), la música, no sólo el jazz, tiene en Parker una de sus claves fundamentales. El reduccionismo que tanto perjudica a la cultura popular y que ahonda sus raíces en la ignorancia supina puede reducir a este artista –como a tantos otros, cada uno en su faceta– a un "negro que tocaba el saxo" (sí, se sigue oyendo esto). Pero sin la irrupción de Parker en las tarimas de tugurios de mala muerte y en los escenarios de grandes teatros y sin su particular lectura del pentagrama y su genuina deconstrucción y reiterpretación de los estándares de la época, amén de sus propias composiciones, la música –hay ocasiones en las que es necesario insistir en las obviedades– no sería la que hoy conocemos. La fuente del bebop sigue manando desde múltiples caños.

¿Drogas? ¿Alcohol? Sobre los excesos de Parker ya se han vertido océanos de tinta. Está todo contado. ¿Otro artículo más para recordar que el médico forense que acudió a la llamada de la baronesa Nica, en cuyo apartamento murió Parker, dictaminó el fallecimiento de un hombre de sesentaitantos años y que ella lo corrigió informándole de que tenía 34? ¿Hay que insistir de nuevo en que músicos más jóvenes –el caso del mismo Rodney, por ejemplo– y hasta coetáneos suyos se dieron a la heroína creyendo que en los chutes estaba el origen del talento de Parker?

Otro retrato del genial músico estadounidense. Otro retrato del genial músico estadounidense.

Otro retrato del genial músico estadounidense. / D. S.

Para comprobar –y sobre todo disfrutar– de la genialidad de Parker no hay más que hacerse con el disco del que está considerado por muchos como el concierto más importante –y añadan aquí la ristra de adjetivos habituales: legendario, emblemático, histórico, mítico, etc.– de la historia del jazz. Fue en el Massey Hall de Toronto en 1953. Atención a la alineación: Dizzy Gillespie (trompeta), Bud Powell (piano), Charlie Mingus (bajo), Max Roach (batería) y Charlie Parker (saxo alto). Pero ocurre que en el paréntesis de éste habría que añadir: (... de plástico).

El concierto tiene su historia paralela. Parker acudió sin su instrumento, vendido para conseguir la pasta con la que sufragar otros gastos que le urgían. Poco antes de la actuación consiguió uno de plástico en una tienda. Para Powell era su primera aparición en público tras salir del psiquiátrico. Y Gillespie se las traía ya tiesas con el que consideró durante mucho tiempo su hermano por culpa precisamente de esos gastos de Bird. Sólo Mingus y Roach parecían en condiciones. Así y todo, el concierto –aquí otro superlativo– es una cumbre. La trompeta de Gillespie y el saxo de Parker fornican y pelean, se regalan caricias e intercambian golpes espoleados-secundados por los otros miembros del quinteto y en el Massey Hall de Toronto estalla una megabomba de bebop.

Ahora, en 2020, después todo el tiempo que ha transcurrido, sigue siendo el sonido de la noche. Las madrugadas con Parker son otra cosa. Las alucinaciones de Bird extienden las horas. A veces amanece y el saxo no ha dejado de sonar con esas inextricables improvisaciones de una hermosa complejidad, las notas expandiéndose en Ko Ko, Cherokee, Parker's Mood u Ornithology, ocupando cada micra de aire, toda la estancia, el universo pleno, entendiendo cada vez que eso ocurre esa otra escena de la película de Eastwood en la que el camarero de un club sobre cuyo escenario toca Parker se niegue a atender a un cliente que se acerca a la barra. "Ahora no, amigo –le dice–, estoy volando".

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