clásica

Cuerdas, madera y tierra

  • El Cuarteto Quiroga plantea en su nuevo disco, con obras de tres músicos del siglo XX, un diálogo fascinante entre folclore y vanguardia

El Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Helena Poggio y Josep Puchades (de izquierda a derecha). El Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Helena Poggio y Josep Puchades (de izquierda a derecha).

El Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Helena Poggio y Josep Puchades (de izquierda a derecha). / igor cortadellas

El quinto álbum del Cuarteto Quiroga reúne bajo el título de Terra el Cuarteto de cuerdas nº2 Op.17 (1917) de Béla Bartók, el Cuarteto de cuerdas nº1 Op.20 (1948) de Alberto Ginastera y los Ocho tientos para cuarteto de cuerdas Op.35 (1973) de Rodolfo Halffter. Para Cibrán Sierra, segundo violín del conjunto, "no tiene ya sentido, más que como un acto de narcisismo, grabar una integral de Bartók o de Beethoven. Todos tenemos hoy acceso en multitud de plataformas a casi cualquier obra del repertorio en interpretaciones excepcionales. ¿Qué podemos entonces aportar con un disco? Pues por ejemplo contar una historia uniendo algunas obras que a lo mejor de manera natural un melómano no habría relacionado".

En Terra este punto de conexión es el folclore. "El sustrato cultural en el que crece cada compositor influye de forma decisiva en su obra. En el fondo, toda música es música folk, como decía Louis Armstrong, que añadía que él nunca había visto cantar a un caballo. Estos tres compositores, y Bartók paradigmáticamente, hicieron de ello bandera; era parte de su idiosincrasia: construir vanguardia a partir de un sustrato cultural determinado. También Schubert hacía más o menos lo mismo: iba a las tabernas, anotaba lo que se cantaba y a partir de eso construía su música: muchísimos movimientos de sus sinfonías, cuartetos, sonatas, no son otra cosa que canciones populares. Cuando escuchas a una banda tocar en una plaza de un pueblo alemán o austriaco tienes la sensación de que están tocando Haydn o Schubert. Igual que cuando alguien viene de fuera y pasea por Granada oirá cosas que le sonarán a Falla o a Turina".

Estamos convencidos de que la música del siglo XX es la música de los que ahora estamos vivos"

El viaje de Terra arranca de Hungría y luego nos acerca al mundo hispánico. "En Argentina, Piazzolla sublimó la cultura porteña y Ginastera hizo lo mismo con la de las Pampas. En Halffter, madrileño exiliado en México, resuenan elementos del folclore español. Nos pareció interesante reflexionar sobre las etiquetas, que pueden ser útiles para ordenar las baldas de una tienda, pero no a la hora de describir la música, su lenguaje. Vas a un centro comercial y ves música folk, gaitas irlandesas; música étnica, señores tocando tambores africanos; música popular, un señor con su guitarra; música clásica... y de repente te topas con unos ländler de Schubert... Hay algo ahí que no funciona. A Bartók, a Schubert o a Haydn les habría dado la risa si se hubieran tropezado con algo así".

Bartók marca decisivamente la forma de asumir el folclore: "No lo musealiza, no coge una cancioncita y la armoniza, sino que la integra en su discurso y construye a partir de eso una obra artística con un discurso único y diferente que abre espacios de vanguardia. Y esa forma de hacer está ya asumida por Ginastera. Si escuchamos estas obras de Bartók y de Ginastera seguidas comprobamos que huelen a lo mismo. Bartók está tomando unos ritmos de inspiración folclórica del este de Europa y Ginastera utiliza un malambo, pero los procedimientos con los que trabajan son idénticos".

Más allá de que los ritmos o las líneas melódicas son lógicamente distintos, hay también otras diferencias: "La principal tiene que ver sobre todo con el planteamiento narrativo. Tenemos algo amplio, complejo, con muchísimas capas y una arquitectura extraordinariamente desarrollada, que es la de Bartók; una estructura más sencilla, de espacios más abiertos, que es la de Ginastera; y luego el concepto de Halffter, que ya no es el de la gran novela, sino el del relato corto: su obra se compone de miniaturas, pequeñas escenas muy diversas, que parecen salidas de La Barraca de Lorca".

En concierto no es siempre fácil plantear este tipo de programas. "Hay programadores mucho más conservadores que los públicos. Y nosotros estamos convencidos de que la música del siglo XX es la música de los que estamos vivos ahora. Lo comprobamos día a día. Cuando tocamos Bartók, Ginastera, Webern o Berg en un concierto en el que además hay obras clásicas, la gente viene al final a saludarnos y nos habla de las obras modernas, son éstas las que generan sorpresa, admiración y empatía. Y sin embargo los recelos cuando planteas muchas de ellas siguen siendo habituales. Es un relato que hay que cambiar desde todos los ámbitos, intérpretes, medios, instituciones... Pero hay demasiadas instituciones y programaciones manejadas por diletantes. Y así se bloquean posibilidades de renovar el repertorio a la vez que se anquilosan determinadas inercias. Es importante poner estas inercias encima de la mesa y ver hasta qué punto contribuyen a que la música se marginalice o quede en espacios donde no puede ser disfrutada por mucha gente. No digo que todo sea para todos. Todo disfrute artístico requiere un esfuerzo por parte del que se acerca. Y con esto no hago referencia necesariamente a una educación complejísima. Pero sí que hay que tener la voluntad de escuchar esa música, de mirar ese cuadro... Esa cultura del esfuerzo debe recuperarse, justamente como una herramienta de democratización y no de su elitización".

Desde hace casi tres años, el Quiroga es cuarteto residente del Palacio Real de Madrid. "El cuarteto de Stradivarius que se conserva allí es único en el mundo. Son auténticas joyas del patrimonio nacional que deberían ser motivo de orgullo para todos los españoles, igual que lo son Las Meninas, por ejemplo. Es la única colección de instrumentos que Stradivarius creó para ser tocados juntos, y además a su muerte dispuso que se regalara a la Casa Real española. Antes se tocaban muy poco, por conjuntos invitados que hacían conciertos protocolarios, lo cual está muy bien, pero no se hacía algo que entendemos como necesario y que nosotros hemos hecho: conciertos abiertos al público. Nuestra residencia termina ahora y se está valorando que la asuma otro cuarteto. Nos vamos sin haber hecho un documental que planteamos en su momento, sin un solo documento discográfico. Hay inercias que cuesta mover. Patrimonio Nacional tiene la obligación de dar a conocer esta extraordinaria parte de nuestro patrimonio. Es una asignatura pendiente que esperemos que se vaya normalizando".

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