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Aminatu Haidar actualiza la cuestión del Sahara

  • A principios de 2010 el Rey de Marruecos replanteó el asunto de una regionalización del país que afectaría directamente al Sahara

Rafael Valencia

Arabista. Universidad de Sevilla

La huelga de hambre que Aminatu Haidar llevó cabo a finales de 2009 ha vuelto a poner en el candelero de la actualidad la cuestión del Sahara Occidental y como consecuencia el de las relaciones hispano-marroquíes. Sorprende ver cómo una red de relaciones tan compleja y fructífera, en la que se hallan implicadas personas e instituciones de ambos países y que ha conocido un notable desarrollo durante las últimas tres décadas, pueda verse afectada por un hecho concreto. En cualquier caso, hay que constatar la repercusión que ha tenido en estas relaciones y en la opinión pública española. Y en toda la zona tanto a nivel de gobiernos nacionales como de organismos internacionales. Si hubiera que resumir la situación en un breve titular  habríamos de referirnos a un “tropiezo en las arenas”.

 

Los hechos son de sobra conocidos pero conviene recordarlos a la hora de mirar hacia el futuro. La cuestión del Sahara constituye un caso de descolonización no resuelto de manera adecuada y que comenzó a plantearse en una situación comprometida para España al coincidir con la muerte del general Franco en Noviembre de 1975. Los Acuerdos de Madrid y la salida española del territorio a comienzos de 1976 derivaron en un escenario de conflicto armado que finaliza en 1991 con el establecimiento de una Misión de Naciones Unidas. Su actuación desembocará en la elaboración de diversos planes, debidos al enviado del Secretario General de la ONU, James Baker. Estos planes, por discrepancias sobre el alcance y las condiciones del referéndum a celebrar conforme a las prácticas de la Organización para la Unidad Africana y la resolución del Tribunal Internacional de la Haya de 1975,  terminarán siendo considerados como inviables y en el 2004 Baker abandona sus esfuerzos. 

 

El fin, sin embargo, queda ya reflejado, en último término, en la Resolución 1429 de 2002 del Consejo de Seguridad de la ONU. Se trata de dejar de “causar sufrimientos al pueblo del Sahara Occidental [que] continúa siendo una posible fuente de inestabilidad en la región y obstaculiza el desarrollo económico del Magreb”, “de encontrar una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable, que beneficie a la región”. Ni más, ni menos.

 

El episodio de Aminatu Haidar ha servido para actualizar la cuestión y plantear sus posibles soluciones. En las que, observando el asunto con mirada optimista, quedan restos de antiguas posiciones antagónicas al lado de posicionamientos de una mayor flexibilidad. De nada vale el aferrarse, ni en este asunto, ni el cualquier otro, a la negación del término medio. La historia africana nos ofrece durante el último medio siglo ejemplos de antagonismos irresolubles y de soluciones alcanzadas, consideradas en principio como inviables.

 

Durante las semanas que ha durado el episodio han surgido elementos que han de ser rechazados, como el de no añadir, por razones de estrategia a corto plazo, factores de tensión en el escenario internacional y la zona. En concreto sobre unas  relaciones hispano-marroquíes que se encontraban en unos niveles de normalidad, a pesar de las dificultades lógicas entre vecinos. De este modo las referencias apuntadas durante el acontecimiento por parte de algunos responsables marroquíes a que han de aceptarse sin más los planteamientos de Rabat porque tienen la llave en parámetros potencialmente conflictivos como la inmigración subsahariana y la seguridad en el Mediterráneo Occidental, no contribuyen a encontrar una solución viable a la cuestión ni a favorecer el entendimiento entre todas las partes interesadas en alcanzarlo.

 

En las últimas semanas han vuelto a producirse en Nueva York encuentros entre las partes más directamente implicadas en el asunto, bajo los auspicios de Naciones Unidas. En un discurso de comienzos de 2010, el Rey de Marruecos replanteó el asunto de una regionalización de Marruecos que afectaría directamente al área. Una idea similar fue ya expuesta por Mohamed VI en noviembre de 2008. La descentralización puede ser la solución o parte de ella. Siempre que no se reduzca a una mera fórmula propagandística, no efectiva, y que sea aceptada por los sahararuis. En realidad formó ya parte del último Plan Baker de 2003.

 

Porque el episodio de Aminatu Haidar, miembro de una señalada familia dirigente saharaui, ha actualizado la cuestión en un sentido. Ha puesto de relieve que la cuestión del Sahara no queda reducida a los dirigentes de los campamentos de Tinduf sino que existen poblaciones en el territorio, la de las llamadas Provincias del Sur y las del resto del país y la región, que esperan una solución definitiva al problema o al menos colocarse en un camino viable. Dentro de un marco que alcance a todos los aspectos de la vida comunitaria. El caso de Aminatu Haidar ha mostrado que a ninguno de los actores en el área le conviene poner obstáculos para producir un nuevo “tropiezo en las arenas”. Porque al final termina volviéndose contra el agente que lo ha provocado. Al discurso del Rey de Marruecos le han seguido una serie de cambios en la estructura gubernamental marroquí. Detrás de ellos está el partido que fue respaldado por buena parte de nuestros vecinos en las recientes elecciones municipales: el Partido de la Autenticidad y la Modernidad. Quizás se trate de encontrar una solución auténtica, dentro de los presupuestos marcados por las resoluciones de las Naciones Unidas.   

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