Provincia de Cádiz

Rota Un bastión contra canallas

  • La base gaditana recibe al primer buque de EEUU de la componente naval avanzada del escudo antimisiles

Por raro que resulte, existen los "Estados canallas". El término lo acuñó Anthony Lake, actual director ejecutivo de Unicef, cuando era asesor en temas de seguridad del presidente Bill Clinton. Conjurar el riesgo que suponen para Occidente tales países, sería la misión encomendada en parte a los cuatro buques y casi 1.100 marinos que, a partir del próximo martes 11 de febrero, comenzarán a llegar a la base aeronaval de Rota, integrados en la 60ª Escuadrilla de Destructores Lanzamisiles.

El concepto de "Estado canalla" (roguestate) -ambiguo, controvertido y discutido- se aplica a gobiernos autoritarios, que restrinjan de forma severa los derechos humanos de sus ciudadanos, fomenten actividades terroristas en países adversarios, y promuevan la producción y proliferación de armas de destrucción masiva. De ahí que, con cierta ironía, Noam Chomsky, eterna oveja negra intelectual de los EEUU, no haya dudado un segundo en aplicarlo a su propio país natal.

En cualquier caso, cuando Lake usó la expresión por vez primera, en 1994, se aplicó a Corea del Norte, Irán, Iraq y Libia. De entonces a hoy ha llovido mucho y los servicios de inteligencia de los países atlantistas coinciden en apreciar un incremento de "estados canallas", susceptibles no sólo de cumplir las tres premisas básicas, sino de ampliar la última (producción de armas de destrucción masiva) hasta la capacidad de fabricar misiles balísticos.

Por ejemplo, en 2010, la lista de países "inestables" o abiertamente "canallas" había aumentado a once más (Egipto y Siria entre ellos, por citar nombres en boga) y, ya en 2012, se consideraba que en el mundo existía una treintena de países con tecnología balística de tal calibre. Eso suponía casi 25.000 misiles de todo tipo, repartidos por diferentes estados (acanallados o no) del globo, de los que 6.000 estarían en territorio de los aliados occidentales.

Estos antecedentes resultan imprescindibles para entender el afán de los Estados Unidos y la OTAN por dotarse de un "paraguas" protector de sus fronteras, que les evite ser objetivos del impacto de un misil rival, sea del tipo que fuese.

Debe considerarse además que, según su alcance operativo, los expertos clasifican a tales ingenios bélicos en cuatro grupos: los dos primeros serían los "misiles de corto alcance" (desde 150 hasta 1.000 kilómetros de distancia, aunque la gran mayoría tenga rango usual entre 500 y 800 kms); y los "misiles de alcance medio" (desde 1.300 y 3.000 kms. de distancia). Estas dos divisiones constituyen el apartado también denominado "misiles balísticos de teatro" (de operaciones).

Por encima de ambas se hallarían los "misiles de alcance intermedio" (desde 3.000 a menos de 5.000 kms. de rango) y, finalmente, los "misiles balísticos intercontinentales" (a partir de 5.000 kms de alcance y hasta los 10.000 kms). Sin embargo, cualquiera que sea el tipo de los ingenios citados, todos comparten una capacidad: pueden actuar como vectores de armas NBQ (Nuclear-Bacteriológica-Química) o portar directamente cabezas nucleares de potencia variable.

A la vista de tales premisas, no resulta extraño que el primer mandatario norteamericano obsesionado con la idea de un escudo antimisiles fuese Ronald Reagan, bajo cuyo mandato se lanzó la Iniciativa de Defensa Estratégica, popularmente motejada como "guerra de las galaxias". A partir de ahí, los sucesivos gobiernos estadounidenses han seguido sustentando proyectos similares aunque con modificaciones y bajo distintas denominaciones (hasta cuatro sucesivas), que variaban en sus dotaciones presupuestarias, su rango de cobertura o el uso de las tecnologías empleadas.

En septiembre de 2009, la administración Obama enuncia la que será su política al respecto: uso de tecnologías ya existentes (nada de las fantasías de la guerra de las galaxias reaganiana cuyos costes causaron una depresión en las finanzas de EEUU); combinación de sistemas de armas y radares de largo alcance; y la que constituye su aportación más novedosa: el PEGAE o Programa de Enfoque Gradual de Adaptación Europea.

Esta última iniciativa sustituía a un sistema tecnológico que había tenido serios problemas y fallos de desarrollo con radares y misiles interceptores, además de acumular retrasos que hacían inviable su entrada en servicio hasta el año 2017. En esencia, el PEGAE se basa en tecnología ya probada y plenamente operativa. Su desarrollo sería en cuatro etapas y al final generaría un "escudo antimisiles", concebido como una serie de tres cúpulas, superpuestas una sobre otra.

La primera de esas cuatro fases preveía el completo despliegue de la cúpula de protección más limitada, la concebida contra los misiles de corto alcance, y el comienzo de la implementación de la siguiente barrera contra misiles de alcance medio e intermedio. Para habilitarla, EEUU necesitaba contar con la aquiescencia de los países europeos (España dio su conformidad el 5 de octubre de 2011, dentro de la conferencia de ministros de la OTAN en Bruselas, autorizando el estacionamiento de los destructores lanzamisiles en Rota) y de algunas otras naciones afines

Esa cúpula básica del escudo antimisiles (sólo contra ingenios adversarios de alcance inferior a 1.000 kilómetros) se inició pues con el despliegue de sensores (el llamado radar AN/TPY) y de una "componente naval". Esta la integran buques de diverso porte (destructores, fragatas y cruceros) y de varias nacionalidades [en España, son las fragatas F-100 Álvaro de Bazán, clase compuesta por cuatro buques], provisto del sistema de armas Egida (Aegis, en inglés) y capaces de lanzar ingenios interceptores SM-2 (acrónimo en inglés de Misil Estándar tipo 2, una evolución del antiguo misil Tartar). El número total de tales misiles sería de 72 y el despliegue lo inauguró el crucero norteamericano USS Monterrey, el cual pasó del Mediterráneo al Mar Negro para participar en los maniobras Brisa Marina/ 2011, provocando de inmediato la protesta de Rusia.

Para completar esa primera fase del despliegue, había que ubicar también a la llamada componente terrestre, o sea a un total de 52 baterías lanzadoras de misiles Patriot y, al menos, 790 ingenios de esa clase, del modelo PC-3 (básicamente, más pequeño, preciso y con mayor capacidad que el Patriot original y capaz de reventar a un misil adversario usando sólo su velocidad cinética).

Un problema sobrevenido fue que los proyectiles interceptores anti-misiles terrestres siempre han estado bajo sospecha. EEUU aprendió amargamente en propia carne, que los Patriot no eran tan fiables como aseguraba su fabricante. Eso quedó patente durante la primera Guerra del Golfo, en 1991, cuando un misil Scud iraquí alcanzó de lleno al cuartel de 475º Grupo de Intendencia estadounidense en Darhan (Arabia Saudí), matando a 28 militares e hiriendo a otros 99 uniformados.

La batería antimisil que protegía dichas instalaciones fue incapaz de atajar al Scud y una investigación posterior estableció que, cuando los sensores electrónicos de los Patriot pasaban activados un cierto número de horas se "retrasaban". Es decir, sufrían una aberración en su capacidad de localización y detección en tiempo real y disparaban los misiles hacia el lugar donde "creían" que debía encontrarse el ingenio atacante, ignorando que este había pasado por allí, milésimas de segundos antes, y se encontraba ya medio kilómetro más cercano al lugar de impacto.

Este suceso propició una investigación del Congreso y un enconado debate entre defensores y detractores de los Patriot, durante el cual se llegó a afirmar que esos miles fallaban más que una escopeta de feria. De un lado, expertos del reputado Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) y de la Facultad de Ingeniería Fleichsman de la Universidad de Tel-Aviv, sostenían que el nivel de acierto de los Patriot era inferior al 10%. En paralelo, especialistas de Harvard y del conocido foro de debate Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, replicaban que el asunto no era para tanto, y que una cosa era la exactitud y otra el porcentaje de aciertos.

Finalmente, el Ejército de Tierra estadounidense aceptó que necesitaba disparar al menos tres Patriots de promedio, para interceptar y destruir a un Scud. También consideró imprescindibles para la primera fase el escudo antimisiles al Patriot versión PC-3, pues sus dimensiones permitían agruparlo en lanzaderas de a cuatro ingenios y que cada batería móvil disponga de un camión capaz de acarrear hasta dieciséis unidades.

Otra consecuencia de esta polémica fue introducir una modificación radical para la siguiente cúpula del escudo (la destinada contra misiles de alcance medio e intermedio). Para ello, la componente terrestre quedaría integrada por 26 interceptores THAAD (acrónimo inglés de Terminal para Defensa Aérea a Gran Altura) desplegados en dos baterías con sus estaciones detectoras y lanzaderas. También estaba prevista la ubicación de una estación móvil de radar AN/TPY-2 (acrónimo inglés para Radar de Vigilancia Transportable de Uso Terrestre y Naval, modelo 2) en Diyarbakir, al sudeste de Turquía, ciudad próxima a las fronteras de Siria e Irán.

Sin embargo, se revelaba como primordial el despliegue buques lanzadores dado que los plazos del escudo antimisiles corren inexorables y la segunda fase debe estar concluida en 2015. Por eso cobró especial relevancia la componente naval de esta fase consistente en 21 navíos dotados con el sistema de armas Égida, capaces de transportar y lanzar hasta un total de 63 misiles interceptores del modelo SM-3. De ahí la importancia adquirida por Rota en este despliegue, adonde llegará este martes el primero de los cuatro navíos de la 60ª Escuadrilla de Destructores, cuya base pasará a radicar en dicho puerto militar gaditano.

Ese buque será el USS Donald Cook, perteneciente a la clase naval Arleigh Burke, que ya ha zarpado desde Norfolk (Virginia) y cuya tripulación la integrarían 24 oficiales, 23 suboficiales y 291 marineros, según datos de la US Navy. Esa dotación se sumará a un contingente logístico y administrativo de 148 militares y civiles estadounidenses, que constituyen el aparato funcionarial de la Sexagésima Escuadrilla, de los que unos ochenta se encuentran ya en la base aeronaval gaditana desde el año pasado. Finalmente, en junio de este año, debería llegar el segundo buque y en el curso del próximo 2015 los dos restantes.

El año venidero también deben desplegarse otros 24 misiles interceptores lanzados desde tierra en Rumanía (base aérea de Deveselu, al sur del país, cercana a la frontera con Bulgaria y el Mar Negro).

Las dos fases restantes del escudo antimisiles tienen previsto completarse a partir de 2018. La tercera comprende el despliegue de la versión avanzada del misil SM-3 (Bloque II) y que prevé el despliegue de baterías en la base Redzikowo, en Polonia septentrional. Finalmente, la cuarta culminaría en 2020 con la entrada en servicio de la versión ultra-avanzada del SM-3 (Bloque II B) y dado su carácter defensivo contra los misiles intercontinentales (hasta 10.000 kilómetros de alcance) se dispondría en territorio estadounidense.

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