Crimen de Algar “Estos arañazos en el costado me los ha hecho un perro grande y lo he matado”

  • Francisco Javier Becerra, el autor confeso de la muerte de la súbdita británica, sufrió heridas durante el crimen pero al preguntarle puso como coartada haber sufrido el ataque de un can

La finca propiedad de Lele con la casa al fondo junto a la que se encontró el cuerpo sin vida de su propietaria. La finca propiedad de Lele con la casa al fondo junto a la que se encontró el cuerpo sin vida de su propietaria.

La finca propiedad de Lele con la casa al fondo junto a la que se encontró el cuerpo sin vida de su propietaria. / Ramón Aguilar

Unos arañazos en un costado pusieron el foco en Francisco Javier Becerra, el autor confeso de la muerte de la mujer de nacionalidad británica cuyo cadáver fue descubierto en su finca de Algar el pasado domingo. Unos arañazos que Francisco explicó con evasivas, o culpando a la agresividad de un perro de grandes dimensiones. Cuando le preguntaron por su origen, puso como coartada que habían sido causadas por un perro grande muy agresivo. “He tenido que matarlo y enterrarlo”, cuentan que dijo. Pero esos arañazos parece que son el resultado de la resistencia que Leslie Pearson opuso antes de morir, y quien estaba enterrado no era un can, sino su cuerpo. El de una mujer de 74 años, vegetariana, menuda, amante del deporte, del yoga y pilates, masajista y dispuesta a vender su finca cercana al Tajo del Águila para marcharse a Estepona, donde vivía una buena amiga que con su compañía le haría mitigar la soledad que la rodeaba desde que su esposo murió hace unos años.

Ayer en Algar aún nadie se explicaba cómo Francisco, un tipo que no había dado problemas de ningún tipo, trabajador municipal en ocasiones, cuando realizaba tareas de limpieza en las calles de la localidad, sobre todo en la época en que las hojas de los naranjos ensuciaban la calzada, podía haber llegado a cometer un crimen así.

Y eso que Francisco no tuvo una infancia fácil. Todo lo contrario. Su madre abandonó a la familia cuando él y sus hermanos tenían pocos años y desde entonces se criaron con su padre, hasta que este perdió la vida en un desgraciado accidente de moto ocurrido en el término de San José del Valle. Curiosamente esta cercana localidad sí que vivió en la década de los 70 un crimen terrible, el conocido como crimen del Granjero, cuando un hombre mató a su mujer y a sus tres hijas. Algar, sin embargo, nunca se había visto envuelto en una situación tan triste y dura.

El cadáver presentaba moratones en el cuello y un fuerte golpe en la cabeza

Francisco Javier Becerra, tras su detención. Francisco Javier Becerra, tras su detención.

Francisco Javier Becerra, tras su detención.

De Francisco dicen que es solitario, poco hablador, pero bueno, que nunca había protagonizado ningún incidente, ni siquiera una pelea con cualquier vecino.

Aunque ese mismo Francisco tranquilo y bonachón confesó ayer en sede judicial ser el causante de la muerte de Lele, como era conocida cariñosamente por sus vecinos. No fue él quien llevó a los agentes de la Guardia Civil hasta el hoyo, poco profundo, tapado con unas tablas y con cal viva, en el que estaba enterrado el cuerpo. Fue la propia Guardia Civil quien, buscando ese supuesto perro de grandes dimensiones que había perdido la vida a manos de Francisco después de que le mordiera y arañara, se topó con Lele a poco más de una docena de metros de la casa, entre unas cañas.

Aunque todavía no se conocen los resultados de la autopsia, la muerte parece que fue violenta, una muerte dura para una mujer mayor a manos de un hombre corpulento de 44 años habituado a las tareas propias de una explotación agrícola. Según ha podido saber este medio, el cuerpo de Lele, que llevaría varios días muerta, presentaba moratones en el cuello y un fuerte golpe, con hundimiento craneal. Podría haberse producido con un objeto contundente, se baraja una piedra o incluso una pala. Eso es algo que los forenses tendrán que dictaminar.

El caso es que Lele, una mujer dinámica y en buena forma pese a su edad, no pudo llegar a la cita que tenía en la peluquería. Su amiga, la que la arreglaba para mantener ese punto coqueto, se extrañó de que no apareciera ni diera señales de vida. Eso, y el hecho de que no devolviera el coche de alquiler que apareció en su garaje varios días después a la fecha fijada para su entrega, puso en alerta a los agentes de la Benemérita.

El móvil del crimen parece económico, aunque no es muy probable que la deuda contraída por Lele con Francisco Javier fuera excesiva. Normalmente trabajaba en la finca un par de horas al día, de nueve de la mañana a once, y por esto cobraba unos diez euros diarios. Con esto, más lo que sacaba de trabajos esporádicos como el antes mencionado como peón de limpieza para el Ayuntamiento o la Diputación, podía ir tirando. Sin embargo, todo pudo torcerse cuando Lele le indicó a Francisco que para saldar esa deuda podía vender algunos muebles de la finca y quedarse con el dinero. Según fuentes consultadas, el detenido habría vendido bastantes más muebles de los que en un principio se le permitió. Esto podría haber dado origen a un conflicto que en última instancia habría acabado con la muerte de la súbdita británica.

Por último, en toda esta escena figuran también unos presuntos compradores rumanos que se habrían interesado por hacerse con la finca. Por más que pudieran visitarla, su interés no fue más allá, ni dieron una señal ni mucho menos parecía cercana la operación de venta tal y como Francisco Javier iba comentando por el pueblo. El caso es que Lele, una británica enamorada del Tajo del Águila, de la calma de la Sierra de Cádiz, encontró una muerte cruel.

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