Desescalada comercial en Cádiz El difícil regreso

  • A lo largo de esta semana casi todo el comercio y la hostelería de la provincia ha vuelto a la cita con su clientela después de dos meses y medio con la baraja echada y facturando nada

Jose Moreno en su tienda, La Cápsula, promocionada por el alcalde de Cádiz. Jose Moreno en su tienda, La Cápsula, promocionada por el alcalde de Cádiz.

Jose Moreno en su tienda, La Cápsula, promocionada por el alcalde de Cádiz. / Julio González

Los negocios han echado a rodar esta semana. Son muy pocos los que han renunciado a continuar, pero los hay. Prefieren no hablar, no contar que no han podido resistir. Otros han abierto pero sólo para liquidar las existencias. Otro grupo, sobre todo en hostelería, quiere sacar rendimiento al verano para entregar el local en otoño y aclimatarse a otras fórmulas. El Covid puede que cambie muchas cosas. Y, por último, están los que quieren mirar con optimismo el futuro. Observamos cuál es el paisaje después del desastre.

Desde hace casi 25 años la ‘Asociación de Labores Minerva’ estaba funcionando en Puerto Real con éxito... hasta la llegada del virus. A mediados de marzo cerraron sus puertas y no han podido volver a abrirlas. Paralizarla ha supuesto la baja de muchas socias y, a su vez, esas bajas implican menor recursos para seguir haciendo frente a los casi 1.200 euros de alquiler que pagan  por la casa que ocupan desde el 2011 en el centro de la ciudad.

En las habitaciones en las que impartían a diario más de 30 talleres a algo más de 130 mujeres, están ahora llenas de cajas en la que están embalando todo el material del que dispone la asociación. Lo acumulan en el patio sin tener claro qué van a hacer. “Hemos pedido al Ayuntamiento que, al menos, nos ceda un local para guardarlo todo porque tenemos que dejar la casa en una semana”, dicen.

Y a la espera están. De momento no saben qué hacer con las más de 200 sillas, mesas, armarios y muchas cajas con trabajos que esperan retomar . Con el apoyo de las socias y haciendo un trabajo de ingeniería económica, quizás hubiesen aguantado algo más, pero el problema no es solo el hoy sino el mañana. “Habitualmente retomamos la actividad en octubre pero no sabemos si lo podremos hacer. ¿Qué pasa si hay que reducir el aforo? ¿A quién le pedimos que no venga a los talleres? ¿Cómo nos mantenemos con la mitad de los ingresos?”, se preguntan las socias mientras embalan 25 años de recuerdos y trabajos que, de momento, no tienen destino.

Este es un caso, no son muchos, de negocios y actividades que se han quedado atrás. No han podido con el golpe pandémico. Otros lo han logrado gracias a la flexibilidad de sus arrendadores. Otros no han llegado a la normalidad. Cuando aún no había pasado una semana desde la declaración del estado de alarma, la familia Horta de Puerto Real decidió perdonar el alquiler de los tres locales comerciales que tenía arrendado. Lo hizo como un gesto solidario porque “detrás de cada autónomo hay una familia que mantener”, pero también como una “inversión” . “Si se asfixia a los comerciantes es probable que después de esto no levanten cabeza y tengan que cerrar sus negocios”, dijeron entonces. Y qué razón tenían.

La asociación de Cádiz Centro Comercial Abierto, que integra a más de 200 comerciantes, sólo ha detectado tres bajas. Ninguno ha querido hablar para este reportaje. Tampoco el propietario de una parafarmacia que ha abierto sólo para liquidar las existencias. Ocurre igual en El Puerto con la óptica ubicada en la calle Larga, frente a la plaza Isaac Peral, que anuncia estos días con un cartel el cese definitivo de su actividad después de 25 años. Bastante tienen con el golpe. En la asociación Empresarios Costa de Cádiz todos sus integrantes vuelven a la actividad (algunos lo pensaron hasta el último momento), pero con la mirada puesta en septiembre. “Ahí ya veremos cuántos quedamos si las administraciones no nos echan una mano”.

El Flamenco Café Bar, en el Paseo Marítimo de Cádiz, esperó hasta el pasado viernes para abrir. Su propietario, Miguel Rodríguez, “no podía esperar más, tengo un alquiler elevado. Ahora nos viene bien coincidir con la apertura de las playas para el baño”. Lamenta que el Ayuntamiento no le ha dejado ampliar más la terraza “hacia el carril bici, solo a lo ancho. Es complicado encontrar rendimiento económico con cuatro mesas en lugar de ocho, pero hay que empezar a funcionar”. En un tono conciliador Rodríguez se muestra comprensivo porque son muchos factores los que hay que combinar para volver a la normalidad. “Hay que tener paciencia”.

El Flamenco reabre con los mismos empleados con los que echó el cierre a mediados de marzo. “Con todas las medidas sanitarias y con más trabajo por aquello de desinfectar cada mesa al acabar un servicio. Habrá que acostumbrarse”, concluye.

En la otra punta de la ciudad, plaza de Mina, se encuentra el bar Mediterráneo. Reabrió el sábado 16. “Empezó la cosa bastante fuerte, había ganas de terraza, de charla, de cerveza, de café en la calle, la gente se sentaba antes de que pudiéramos desinfectar. Nos ha costado que lo entendieran. Pero ahora la cosa ha aflojado un poco. Claro, han ido abriendo más bares y la oferta es mayor”, explica su propietario, Alexis Aído. La plaza de Mina es un lugar muy vigilado por el Ayuntamiento por las terrazas de sus bares. De las 30 de las que disponía antes del estado de alarma han quedado 12.

“Hace falta el turismo, que nos da en verano la mayoría de los beneficios. Porque, cuando abran todos los bares no vamos a poder vivir todos de las consumiciones de los gaditanos”, argumenta.

Juan García, padre e hijo, en la librería Plastilina. Juan García, padre e hijo, en la librería Plastilina.

Juan García, padre e hijo, en la librería Plastilina. / D.C.

José Moreno tuvo la valentía de abandonar hace unos años un proyecto comercial de éxito, el Indiegena, para crear otro concepto en La Cápsula, en José del Toro. Música, libros y ropa. Ha sido uno de los protagonistas de la campaña del alcalde, José María González, a favor del pequeño comercio. “Se le agaradece, es buena publicidad”. Aunque, como dice, al principio del confinamiento se lo tomó como las vacaciones que no había tenido en años, “a primeros de abril me empezaron a temblar un poco las piernas. No se veía el final de esto y empecé a pensar que cómo iba a pagar a los proveedores cuando hubo que cerrar de un día a otro. Pero siempre pensé en volver. Este es un negocio en el que la clientela es gente de confianza, amigos. Cuando cerré algunos me dijeron que me pagaban el artículo y que ya lo recogerían cuando se levantara la alarma. Al primero le dije que no, pero cuando me llamaron más pensé en crear unos bonos y eso ha supuesto que mi facturación no fuera cero en este tiempo”.

La librería Plastilina, ubicada en la zona comercial de la avenida principal de Cádiz capital, atesora más de 30 años en el negocio de la papelería, el material escolar y los libros, un apartado éste en el que dedica especial atención al público infantil. En todos estos años, sus responsables, Juan García padre y Juan García hijo, jamás se han visto en una tesitura tan complicada: mantener una empresa familiar en plena pandemia.

Inmediatamente después del decreto del estado de alarma, la librería Plastilina cerró unos 15 días. “Teníamos miedo al contagio. En nuestra familia hay persona con patologías previas. También hay niños. No queríamos jugárnosla”, a pesar de lo que ello conllevaba para su economía.

Pasadas las primeras semanas de confinamiento, decidieron reabrir con restricciones. Ya en la fase dos de la desescalada, la librería prosigue su actividad con cierta normalidad.  “Pero normal, normal, la cosa no está. La gente compra lo justo y necesario. Poco más”, afirman padre e hijo.

En la céntrica calle De la Plaza de Puerto Real, en la esquina con Cruz Verde, un cartel de “Se alquila” es el único resto que ha quedado de una batalla perdida. Hasta hace unos meses, justo hasta que se declaró el estado de alarma, ese mismo escaparate estaba lleno de color, de prendas que anunciaban la Primavera. Una joven empresaria trabajaba en su tienda de moda que había abierto solo siete meses antes. Se llamaba ‘Serendipia’, una paradoja más del virus que puso ante la joven un hallazgo inesperado y accidental, pero desde luego no con fortuna. Su serendipia fue el cierre de una tienda que levantó con mucho esfuerzo.

Isabel, que es como se llama quien regentaba ese negocio, no quiere hablar. Al teléfono suena desanimada, cansada, “pasando un mal momento”, dice.  Ni tan siquiera ha podido volver a abrir para despedirse de sus clientas o liquidar el stock. Cuando la fase 1 permitía la apertura de comercios, el suyo ya buscaba un nuevo inquilino. En las redes sociales del negocio, en el que se anunciaba y promocionaban los modelos a la venta, intenta ahora deshacerse de las prendas que había seleccionado para sus clientas.

Solo unas horas antes de que España entera se confinase, en su perfil de Facebook decía: “No te lo pierdas. Abrimos hoy viernes con muchas cositas nuevas. Corre que se agotan. Os recuerdo que hoy entran tallas grandes”. Y desde ese momento, silencio absoluto. Dos meses después el mensaje era muy distinto. “Con motivo de éste virus, como ya sabéis, hay que buscar otros caminos”, arrancaba un texto que sonaba y vaticinaba su despedida.

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