Obituario

La eterna superviviente

  • Fallece a los 90 años Fanny Cohen, la superviviente del campo de exterminio de Auschwitz que vivió cincuenta años en Algeciras.

Fanny Cohen sostiene un retrato suyo tomado un mes después de su liberación. Fanny Cohen sostiene un retrato suyo tomado un mes después de su liberación.

Fanny Cohen sostiene un retrato suyo tomado un mes después de su liberación. / Fito Carreto

Fanny Cohen ha muerto a los 90 años, hace solo dos días, pero su historia sobrevivirá eternamente. Lo hará porque en los últimos años de su vida, y en la Algeciras donde vivió durante cinco décadas, se decidió a contar públicamente lo que siempre había callado por un miedo incomprensible para los demás pero insuperable para ella. Tan insuperable que cuando accedió, hace ya más de dos años, a relatar su sufrimiento de judía perseguida y su paso por el terrible infierno de los campos de concentración nazis de

Auschwitz y Mathausen, puso como única e innegociable condición que no se publicara su verdadero nombre. Eligió para el relato de su historia a este periódico el nombre que siempre le habría gustado tener: Lilianne. Y con ese nombre quedó contada. Era hasta hace dos días, cuando murió en Málaga, la única judía superviviente de ese intento de exterminio que residía en Andalucía.P

ero su nombre era Fanny y nació en Milán, y su ascendencia era turca sefardí, con origen en aquella Estambul que fue un gran centro de la cultura judía española. Hay, dicen, una grabación en la que su madre, Sara, cuenta la historia de su familia en ladino, el peculiar español antiguo que los sefardíes conservaron durante siglos. Con su madre vivía Fanny en la ciudad francesa de Nimes, en la primavera de 1944, cuando ambas fueron apresadas por la Gestapo tras ser denunciadas por un vecino francés que buscaba alguna recompensa económica. Ella, que tenía entonces 17 años, no quiso huir y dejar sola a su madre, que ya había sido detenida. El padre se encontraba en ese momento en Tánger.

Comenzó en ese momento un terrible cautiverio de más de un año en el que madre e hija vivieron toda la pena y el matrato imaginables y que las llevó desde Marsella en trenes infames y atestados, hasta el horroroso lugar de todas las tragedias: el campo de Auschwitz, cuyo solo nombre evoca la crueldad y el nivel más bajo en el que puede caer un régimen político. Era curiosa la forma en la que Fanny relataba su convencimiento de que sólo “un ángel protector” pudo ir salvándolas a ella y su progenitora de una muerte que para muchos fue inevitable en aquel lugar de exterminio.

Lloraba profundamente cuando recordaba el momento de llegar al campo, y sobre todo al rememorar el instante en el que las familias de judíos iban siendo separados, “hombres por un lado, mujeres por otro y cómo las madres se deshacían en llanto cuando se llevaban a sus hijos”, porque sabían que nunca más volverían a verlos. Allí fue marcada en el brazo con un tatuaje que la ha acompañado hasta su final, la cifra 5528, ya desdibujado por el largo paso del tiempo y que estaba destinado a ser como el número de su pasaporte hacia una muerte segura.

Pero ese “ángel protector” apareció en varios momentos: cuando los oficiales alemanes venían a elegir mujeres jóvenes y una de las encargadas, que se había encariñado con ella, la libró de que se la llevaran; cuando una vez que había robado pan (lo que acarreaba la muerte segura) la encargada de cachearla no encontró la pieza que llevaba bajo la ropa; cuando estuvieron dos veces en la cola de la cámara de gas y las dos se quedaron fuera de la cuenta por muy poco.

La vida que llevaron en el campo no merecía naturalmente ese nombre, todo el día cargando sacos de un lado a otro y soportando palizas, “andando como sonámbulos y como esqueletos vivientes”, según contaba ella misma. “Yo podía ver un muerto, lo pisaba y seguía andando”, relataba como un resumen de su estado en Auschwitz.

El avance de las tropas rusas por el este y la derrota paulatina de las tropas nazis propició los traslados hacia el oeste de los presos. A ella la llevaron de un campo a otro, separada de su madre hasta parar en Mathausen, que al poco fue liberado por los norteamericanos. Era ya casi verano del 45, y Fanny comenzó una larga recuperación como persona.

En ese proceso, conoció a su marido Samuel Barchilón en Ceuta y con él y sus dos hijos se trasladó a Algeciras a principios de los 60. Allí, junto a la Plaza Alta y ya con un tercer hijo en el mundo vivieron hasta que Samuel, que tuvo una correduría de seguros de éxito, murió hace dos años. Entonces Fanny se trasladó a vivir con uno de ellos a Málaga, donde fue enterrada ayer tras 90 años de vida de superviviente tenaz, y dejando por fin para el futuro una historia que no morirá y que ella soñaba con que fuera imposible repetir.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios