Tosantos

El tabú de la muerte

  • Los velatorios se acortan, los muertos no se ven, la palabra no se pronuncia: morirse se ha convertido en un veto para la sociedad contemporánea 

Nuestra relación con la muerte ha experimentado un profundo cambio en el siglo XX. En la imagen, una Catrina mexicana. Nuestra relación con la muerte ha experimentado un profundo cambio en el siglo XX. En la imagen, una Catrina mexicana.

Nuestra relación con la muerte ha experimentado un profundo cambio en el siglo XX. En la imagen, una Catrina mexicana. / Efe

Si han cambiado las bodas, cómo no va a cambiar la muerte. Julio Ortega es gerente de Remedios Seguros, y responsable de la Funeraria Virgen de los Remedios –que opera en los tanatorios de Espera y Puerto Serrano–. Montó la funeraria en el 92 y, en estos 25 años, el cambio ha sido “brutal”. “Ahora, la gente no quiere tener relación con la muerte, nadie quiere tocar, nadie quiere nada. Ese camino –desarrolla–, es generalizado. Está a la orden del día: con la normativa del tanatorio, el difunto entra por un lado y, los familiares, por otro. Hay un cristal separando. La comida, si hay, la ofrece el centro; antes eran los vecinos los que la llevaban. Y el velatorio existía; era algo a lo que, incluso, la gente quería acompañarte”.

La patronal de funerarias de toda España establece protocolos que son muy parecidos, de modo que los funerales han terminado evolucionando a un modelo de corte anglosajón, hacia el que caminamos paulatinamente: “Todo lo que ahora se está imponiendo por aquí, en Andalucía, ya era común en Cataluña o País Vasco hace quince o veinte años; lugares en donde hace ya mucho tiempo, por ejemplo, se cierran los tanatorios por la noche, quieras velar o no. Algo que está empezando ya en Madrid: esas tendencias llegan, tarde o temprano, y aquí también llegará, aunque tengamos una cultura funeraria muy potente".

Vive Dios que la tenemos. Ortega pone como ejemplo el tanatorio de Puerto Serrano, que se inauguró en marzo de 2018. Conforme pasaron los meses, ya llegado el verano, los encargados se dieron cuenta de que la gente no acudía:“Con diferentes excusas –relata Ortega–. Que nadie quería ser el primero. Que en el trayecto que iba para ir a la iglesia y de vuelta, se pasaba dos veces por la misma calle,y traía mala suerte; a otros se les hacía muy extraño... Así que decidimos hacer una jornada de puertas abiertas de ocho a diez de la noche, con todo listo, con el servicio de catering que se iba a ofrecer, con sus cafeteras, bocatas y demás. El segundo día de jornadas abiertas, se llenó”. No es un caso tan extraño: cuando se abrió el tanatorio de Villamartín, cuenta Ortega, ocurrió algo parecido.

Pero sin duda, entre las diferencias más notables entre el sur y el norte del país está la del seguro: en el sur, casi todas las familias tienen seguro de deceso. “Ese miedo a que ocurra algo y no tengas dinero para hacer frente a tu propio entierro sigue arraigado. También, porque en el sur la capacidad de ahorro es menor: en el norte, tienen bastante más colchón. Es bastante significativo que la región que menos seguros de vida solicite sea Navarra”, indica Julio Ortega. Los hábitos de la contratación, sin embargo, han sido una de esas cosas que sí han cambiado con el tiempo: “Antes, se iba por las iglesias a ver quién se casaba, y mandaban al comercial”. Ahora, es algo que se suele hacer a los cuarenta y tantos años. Y hay costumbres que siguen siendo diferentes: “Vestir a los fallecidos con hábitos sigue siendo común en Galicia –ejemplifica Ortega–. Andalucía sigue resistiendo más con el tema del velatorio de 24 horas, aunque cada vez se está demandando más el servicio de incineración, sobre todo, en las grandes ciudades. En los pueblos, casi todas las familias suelen tener un nicho en propiedad, y entonces existe una mayor vinculación, ya que lo consideran suyo y miran mucho cómo lo tienen cuidado, si hay algún desperfecto, lo ven enseguida, lo limpian, lo arreglan con flores”.

El duelo también es víctima de la tendencia a la psiquiatrización de la vida cotidiana

Sí, las diferencias entre la España repleta y la España vacía o vaciada también se reflejan aquí: “La gente más o menos de pueblo tiene más asumida la muerte– continúa Ortega–. Si se mueren diez, veinte, personas al año, son veinte conocidos. En una ciudad, no”. La cercanía, física y sentimental, hace que el proceso de asimilación y duelo ante la muerte no se conciban como algo tabú, tan ajeno que resulte doblemente traumático, algo en lo que también coincide el psicólogo Francisco Javier Díaz Quintana, especialista en tratamiento del duelo en la consulta Erytheia Psicología, en Cádiz: “En el medio rural, el contacto con la muerte está ahí, desde el propio cuidado de los animales. Es más fácil asumir que es algo que existe, que forma parte de lo cotidiano: un día morirás, y nadie está libre”.

El sudario de asepsia en el que hemos envuelto a la muerte es un proceso bien conocido en antropología. La muerte conservó su carácter público y ritual hasta finales del XIX, incluso entre las clases altas. A partir de ese momento, las imágenes de la muerte son cada vez más raras y desaparecen completamente en el transcurso del XX. Un proceso que se acelera –apuntaba Phillipe Ariès en Historia de la muerte en Occidente– entre 1930 y 1950: “Ya no se muere en casa, entre los deudos, se muere en el hospital, y solo”. En la mayoría de los casos, el muerto ha perdido la consciencia y son el médico y su equipo quienes se transforman en “dueños de la muerte”. “Uno sólo tiene derecho –apunta–, a conmoverse en privado, a escondidas”.

“Si hay una ceremonia, debe ser discreta y evitando cualquier emoción. Las condolencias a la familia al final de los servicios tienden a suprimirse. Ya no se lleva ropa oscura, no se adopta una apariencia diferente de la de los otros días (...) Una pena demasiado visible no inspira ya piedad, sino repugnancia: es un signo de desequilibrio mental o de mala educación; es mórbida. Una vez abandonado el muerto, hay que olvidarse de visitar su tumba”. En este sentido, la incineración se convierte en el “modo más radical de hacer desaparecer y olvidar todo lo que puede quedar del cuerpo. Las urnas casi no se visitan; las tumbas, sí. La incineración excluye el peregrinaje”.

La tanatóloga Caitlin Doughty ha publicado con Capitán Swing De aquí a la eternidad, libro en el que repasa costumbres mortuorias alrededor del mundo. Doughty, que dirige desde 2015 una funeraria “alternativa”, está convencida de que hemos perdido –en pro de la corporativización y comercialización de la muerte– “cercanía, intimidad y ceremonia en los momentos posteriores al fallecimiento de un ser humano”. Para paliar lo que define como una “cultura tanatofóbica”, fundó el colectivo la Orden de la Buena Muerte, entre cuyos preceptos se incluyen los siguientes: “Creo que morir a puerta cerrada hace más mal que bien a nuestra sociedad, que la cultura de silencio en torno a la muerte debería romperse y que una actitud abierta y comprometida sobre el propio fallecimiento no es algo morboso”.

Los rituales de despedida existen desde que existe la humanidad, y responden psicológicamente a la pérdida –apunta al respecto Francisco Javier Díaz Quintana–. Dentro del proceso de duelo, pueden suponer una parte fundamental, pero como punto de arranque, nunca como terminación. Para las personas que no sean muy cercanas al difunto, sí que es el punto final, la despedida. Pero, para las más unidas a él, supone el inicio del duelo”.

Para el especialista, la asepsia actual –la muerte como algo rápido, lejano, de lo que librarse cuanto antes– “deshumaniza el proceso del duelo”. Al abrazar una mentalidad más laica, los ritos de paso pierden su sentido religioso y no sabemos muy bien qué hacer con la parte trascendente que tienen: “La muerte es un acto social que hay que cuidar, que va a producir un efecto de quedar bien con el entorno, en el que todo el mundo tenga un lugar donde estar –comenta Díaz Quintana–. Como ocurre con las comuniones o los cumpleaños de los niños, lo importante es el acto social, el ser respecto al grupo, en vez de la importancia individual y emocional”.

“Muchas veces -continúa-, en los funerales te dicen como en las bodas: Todo ha pasado tan rápido que no me he dado cuenta. Se le da tanta importancia al acto social, que pierdes tu propio acto personal. Una de las fases del duelo es, precisamente, la aceptación de la pérdida. Si conviertes tu ritual en un acto social y no lo utilizas para despedirte, ya hay un hueco”.

Por cierto: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, ¿no? “Las famosas fases del duelo de William Worder ha calado más en la cultura que en la psicoterapia: no hay pruebas científicas de que existan fases delimitadas –indica Díaz Quintana–. Hoy día, se habla más de tareas del duelo, como desarrolla en el libro del mismo título Alba Payás. De hecho, lo más normal es que un duelo no sea secuencial, en etapas, sino que hay gente que las alterna, o que las tiene a la vez, o que regresiona pero, aun así, termina bien el proceso”.

Además, apunta, el duelo es “muy personal” en alta medida, con lo que resulta “difícil establecer reglas comunes”: “Ocurre que, como sociedad, tenemos una tendencia a psiquiatrizar la vida cotidiana: es inadecuado tratar de paliar los síntomas naturales del duelo, recetar por defecto antidepresivos porque alguien esté machacado por una pérdida, o programar una psicoterapia para una depresión por duelo –explica–. Hay que aprender a convivir con la ausencia y plantear en función del rango de parentesco, de que el fallecimiento haya sido esperado o no esperado... Digamos que lo esperable, en una vinculación fuerte, son seis meses duros. Ante ellos, los profesionales establecemos unas pautas para que el dolor no se te lleve por delante o se enquiste, que siga sus procesos naturales porque, en general, es autónomo y funciona solo. Nosotros nos ponemos al lado del doliente y lo guiamos, y tratamos de vigilar que el duelo no se tuerza”.

¿Cuándo el duelo se puede considerar anómalo? “Cuando pasan años y se sigue sintiendo el mismo nivel de aceptación, sin modificaciones ni evoluciones –apunta–. O hay casos, por ejemplo, en los que los dolientes se meten en procesos judiciales, demandas, denuncias por negligencia... muchas veces, es una medida de escape, porque no quieres ver la realidad, ni aceptarla. Toda la ira la traducen por ahí y se evaden del dolor... Pero luego, cuando todo acaba, se encuentran consigo mismos y con toda la tarea por hacer”.

Díaz Quintana: "Para llevar una vida plena, hay que aceptar la muerte, pero llevamos muy mal las pérdidas"

En el proceso de estandarización de la muerte, Julio Ortega echa en falta también cierta personalización a la hora del duelo: “No es lo mismo la muerte de una persona mayor o enferma, que una repentina, por accidente, o de un niño, o de una persona joven, y yo he visto servicios en los que se hablaba, a la vez, de varios casos muy distintos... A quienes trabajan en la funeraria les digo que para nosotros es nuestro trabajo, pero que la gente pasa por esto unas pocas veces en su vida, y que para ellos es un momento delicado, que hay que ir llevándolos de la mano lo más levemente posible. De hecho, es precisamente por el trato por lo que creo que existe la funeraria pequeña, a la que acudes más por esos valores: los servicios pueden ser iguales, pero nos tenemos que diferenciar por la calidad humana”.

A la muerte le tenemos tanto miedo que la asustamos. ¿Por qué creen si no –fascinación infantil aparte– que nos hemos arrojado a la celebración carnavalesca (Hallowe´en) arrinconando la piacular? Mejor no ver. Mejor festejar con lo que nos asusta pero no nos da miedo. Mejor alejar al otro mundo pillándolo desprevenido. Bú. Los tiempos modernos siempre mostraron cierta aprehensión hacia nuestra esencial condición de osamentas: lo contemporáneo es el reino absoluto de lo fluido, de lo relativo, la antítesis de un concepto como el de la muerte. Tan definitiva. Tan absoluta:“Que no sabemos ni cómo acercarnos a la muerte lo demuestra lo que se llega a escuchar en algunos tanatorios –comenta Díaz Quintana–. La gente no sabe ni qué decir, no tiene ni idea: no sabemos ni cómo dirigirnos a personas rotas por la pérdida”.

Geoffrey Gorer (The Pornography of Death) afirmaba que, durante el siglo XX, la muerte había terminado convirtiéndose en el gran tabú, desplazando al sexo: de hecho, a los niños antes se los ponía a velar también al familiar, o se les hacía besar al difunto, pero se les contaba que a los bebés los traía la cigüeña. Ahora, desde temprana edad se les enseña, a nivel básico, cómo funcionan las relaciones afectivas y sexuales, pero se los mantiene alejados de la muerte. Una generalización que, en opinión de Francisco Javier Díaz Quintana, tiene mucho de error: “Recuerdo una anécdota de una familia que protestó a la dirección de un tanatorio porque, en una sala, había algunos juguetes para los niños: ¡En cabeza de quién cabe que acudan niños a un lugar como este!, decían. Hay una especie de mandato universal que dice que los niños no deben tener contacto con la muerte, pero los niños tienen que aprender que la gente se muere. Luego, además, somos sumamente torpes al contárselo”.

Para tener una vida plena –continúa el especialista–, hay que aceptar la muerte. Toda nuestra cultura está orientada al cuidado de la salud, del cuerpo, de la imagen... Uno de nuestros más grandes logros es el aumento de la esperanza de vida: vivimos treinta años más de lo que se vivía hace cien años. Es una avance inmenso que somos muy afortunados de poder experimentar. Eso hace que caigamos más fácilmente en una especie de aspiración de inmortalidad; llevamos muy mal las pérdidas, no sólo de la muerte: las rupturas de pareja, los cambios de trabajo, si tenemos que cambiar de ciudad o de país... No nos educan para ello, para aceptarlas. Hay varias variables que definen si una persona va a tener éxito en la vida, que va a ser lo que entendemos por feliz: una de las más importantes es aceptar las pérdidas. Una tarea que no es fácil, y precisamente por eso tenemos que educarnos para ello, tener un cierto entrenamiento. Lo que ha hecho la cultura occidental del bienestar es arrinconar la muerte: lo que queremos es ver que no existe, por eso los tanatorios se abren en las periferias. Y, como sociedad, llevamos muy mal la muerte, pasando por duelos horripilantes”.

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