Cultura

Andersen y su "Spanien"Elegía

Lectores sin remedio

"EL viaje no me había inspirado aún ni un solo cuento con que complacer los deseos de mi amado círculo de pequeños lectores. Yo no querría defraudarles. ¿Qué no esperarían ellos que les contase? Tendría que contarles - y les contaré algún día- algo sobre las señoritas españolas, sobre las varas de castigo españolas, sobre las moscas españolas, sobre los pimientos españoles, y sobre la vegetación española; y aún podría añadir algo sobre la capa española, sobre los aventureros españoles y sobre el vino español". El que escribía esto hacia finales de 1862, no era otro que el ya afamado escritor danés, Hans Christian Andersen, y lo hacía cuando recorría la provincia de Cádiz y se disponía a iniciar el camino de vuelta a su país, tras tres meses recorriendo los caminos españoles. Me ha parecido oportuno detenerme en este viaje, o mejor dicho, en el libro que surgió de dicha experiencia, en la antesala de ese 2 de abril en el que se celebra el aniversario del nacimiento del escritor, acontecido en el año 1805... Pero vayamos a lo que nos interesa, que no es otra cosa que llamar la atención sobre un libro, y no precisamente de cuentos, que ha quedado como uno de los más interesantes testimonios de la literatura viajera sobre nuestro país. En él descubriremos una España a través de la incisiva mirada de este escritor, y que a diferencia de otros escritos viajeros, no cae en esa epidemia de exagerar las diferencias de la España del momento con respecto al resto de Europa con el objetivo de ganar lectores, y sí pone al servicio del lector sus grandes dotes de observador, no exenta de una fina ironía. El resultado es "Spanien", que saldría publicado por vez primera en Dinamarca en 1862. El libro pronto tuvo un gran éxito, lo que propició nuevas ediciones y traducciones a otras lenguas, aunque para la versión española habrían de pasar 125 años. No se sorprendan, hay más casos, e incluso hoy día aún podemos encontrar algún afamado texto de viajes sobre la Península Ibérica, que aún espera su traducción al castellano. Más vale tarde que nunca, y en 1987, la profesora Marisa Rey por fin traducía el viaje de Andersen bajo el titulo de "Viaje por España" (Alianza Editorial). En él, en la página 168 leemos: " Nos acercábamos a Jerez de la Frontera, ciudad de especial interés para los historiadores; en ella ganó, en el año 711, el joven guerrero Tarik, la victoria que sometió a España al poder del califato de los omeyas. La estación donde paramos está a distancia del pueblo; vimos sus iglesias y casas encaladas recortarse contra el resplandeciente cielo crepuscular; pero, pronto, al volver a correr el tren quedaron ocultas tras las colinas cubiertas de brezo…" Ramón Clavijo Provencio.

El sábado, 21 de marzo, se publicaba en la sección "Cartas al Director" de este periódico el "hasta luego" con que un padre despedía a su hijo fallecido en accidente de tráfico. Después de leer la carta, y sin haberme repuesto aún de la honda impresión que me produjo, no pude por menos que acordarme de toda la corriente elegíaca que jalona la historia de nuestra literatura. Desde las famosas "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique hasta llegar a la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández, o el "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía" de Lorca, por citar las más conocidas, la literatura elegíaca se ha ido ampliando en cantidad y calidad a lo largo de los siglos. No les podemos negar a ninguna de ellas el sentimiento de dolor que en su día las alumbró, porque la muerte de un padre o de un amigo produce los mismos efectos: el desamparo de los que aquí quedamos y el vacío que deja en todos la persona querida. Pero las tres piezas literarias señaladas no dejan de ser eso: literatura. En el caso de Manrique, ya el propio Pedro Salinas se encargó de estudiar con rigor toda la influencia de la tradición, los tópicos a los que acudió Manrique para componer su obra; más sentidas e intensas nos parecen por su proximidad las de Hernández y Lorca. Pero hay otra elegía que quizá se acerque más al dolor de ese padre que se despide de su hijo: el último acto de "La Celestina" ocupado exclusivamente por el llanto de Pleberio ante el cuerpo sin vida de su amada hija Melibea. A pesar de que la influencia de Petrarca es poderosa en la composición de Rojas, Pleberio lamenta un suceso tan inexplicable como antinatural: que un hijo muera antes que su padre, en la flor de la edad, cuando tiene toda la vida por delante. El final de su llanto no puede ser más conmovedor: "¿por qué me dejaste triste y solo in hac lachrimarum valle?" La carta publicada el pasado día 21 en este periódico no es literatura; más lejos de la intención de su autor convertir su despedida en una pieza estética, no busquemos en ella, por tanto, ni influencias de otros escritores ni tópicos que pone a nuestra disposición la tradición; porque el "hasta luego" de ese padre a su hijo no es una expresión más del dolor, es realmente el dolor mismo, ese dolor tan inconmensurable como desconsolado que ningún padre querría sentir nunca. José López Romero.

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