Cultura

Arquitectura organicista

Ricardo Que la galería Neilson de Grazalema está haciendo una muy buena labor no es una cosa que yo me acabe de inventar. La profesión de la zona - también la de fuera de nuestras fronteras - sabe de qué escribimos y cuáles están siendo los alcances expositivos de la galería que dirige Maru y Jack y, sobre todo, desde una plaza como Grazalema, que a pesar de su belleza natural, está demasiado alejada de casi todo y, por supuesto, de los circuitos artísticos habituales. Y, existe algo, que desde un primer momento me ha parecido de lo más significativo del trabajo de estos galeristas, y es que hasta sus espacios serranos pasan artistas de muy dispar naturaleza, sin tener en cuenta nombres de relumbrón, ni autores que imponen; ellos, Maru y Jack, se dejan llevar por sus planteamientos e intereses artísticos y abren las puertas a artista de calidad, cuyo aval sólo es la importancia de su trabajo.

Por eso Erika Saito, una pintora japonesa, totalmente fuera de lo que son los foros de poder artístico que conocemos y nuestro entorno, llega hasta Grazalema por su forma convincente de actuación y porque ha demostrado a la dirección de la galería que su trabajo es digno de un espacio como el suyo.

La exposición nos sitúa en una pintura esencial, sin exageraciones compositivas y marcando rutas donde lo orgánico juega un papel decisivo. La pintora japonesa ofrece una obra que desentraña una estética con resonancias orientales, con una grafía determinante que dibuja un estamento ambiguo con muchas presencias y con muchos presupuestos llenos de sentido plástico y pictórico.

La artista se centra en un ideario organicista donde se ofertan dibujos de muy dispar naturaleza que abren perspectivas donde se presienten una naturaleza, e incluso una humanidad comprometida y desde la que se circunscribe un paisaje interno lleno de referencias y formas ambiguas.

Se trata de un paisaje mediato, perfectamente dibujado hasta estructurar un mapa de órganos, llenos de sentido pictórico a la par que desentrañan un dinámico esqueleto de referencias y evocaciones, construido con infinita energía.

La exposición de Grazalema viene, una vez más, a situarnos por un mundo de experiencias, por un organismo de imposibles, por una naturaleza que patrocina enigmáticas experiencias, todo lleno de una pulcra exquisitez.

Una vez más, Maru y Jack nos conduce por una pintura donde la realidad no es más que la mediata existencia de una naturaleza compleja, llena de vida.

Muy feliz encuentro el que hemos experimentado con la pintura distinta de esta artista que ofrece muchas buenas circunstancias y abre espacios de inquietud y expectación.

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