Cultura

La Caballé por bulerías

  • La soprano barcelonesa fue la gran figura de la celebración del décimo aniversario de la reapertura del Villamarta en Jerez en el año 2006

Un momento de la actuación de Montserrat Caballé en el Villamarta en noviembre de 2006. Un momento de la actuación de Montserrat Caballé en el Villamarta en noviembre de 2006.

Un momento de la actuación de Montserrat Caballé en el Villamarta en noviembre de 2006. / miguel ángel gonzález

Uno entiende que una diva funciona como una diva, no le queda más remedio Y uno entiende que Montserrat Caballé es el paradigma de diva. Bah, pero nunca las cosas son como son. A Francisco López, el abnegado director del Villamarta de la segunda etapa, del Villamarta lírico, se le metió en la cabeza celebrar los diez años del coliseo a lo grande. Si su reapertura en el 96 tuvo a Alfredo Kraus, el 2006 debería tener algo a su altura. Y, contando con que también había tenido a Carreras en el escenario, le dio por las alturas siderales. Quedaban Plácido Domingo y la Caballé. La Caballé. Una mujer simpática, nada afectada, divertida y, sobre todo, elegante. Yo, que no pasaría una primera ronda del concurso qué sabe usted de ópera, estaba allí. ¿Por qué? Y yo qué sé. Me senté en el escenario, a no más de diez metros de la mejor voz que este país ha dado a la humanidad.

Vestida con un floreado manto marrón, con brillantes pendientes en las orejas y broches en el pecho, acompañada de su pianista, Manuel Burgueras, dio un respingo: "Uy, no sabía que estaban ustedes aquí", dijo divertida. La diva, de buen humor, bromeaba con el pianista y con el público, hacía guiños cómplices, y el público se entregó en cada una de las piezas.

"Uy, no sabía que estaban ustedes aquí", dijo divertida al ver público en el escenario

El paso de la Caballé por el Villamarta fue arrasador, un acontecimiento. Jerez no se había visto en otra ese 22 de noviembre de 2006. Entradas vendidas desde el primer día, colas en la puerta, el nerviosismo propio de los grandes momentos. El director del teatro, Francisco López, en el hall se limitaba a decir:"Bien, hemos llegado hasta aquí", como si con él no fuera la cosa. Y la 'cosa', en ese mismo instante, estaba en el camerino. La 'cosa' más importante que le había pasado a la lírica de este país en toda su historia. Incluso el Villamarta se podía permitir el lujo de que en sus tablas jamás hubiera estado Plácido Domingo: porque ya había estado la Caballé.

Dedicó una primera parte a lo que ella manejaba: a Verdi, a Handel, a los grandes de los más grandes. Pero en la segunda parte se cambió la ropa, se puso un traje rojo con chorreras y salió al escenario zalamera. Por si alguien no estaba en el bolsillo, élla se dedicó a metérselo. Un desglose de canciones zarzueleras, cantadas con un montón de gracia, y un Vito Vito Vito, con el Vito Vito va, que sonó a pura gloria en su voz y que mereció que el público desfalleciera y le entregara el regalo que el Villamarta entrega a los más grandes cuando se le alimenta: minutos y minutos de palmas por bulerías. La Caballé estuvo genial. Siguió con sus palmas las de todo el público. Y ahí nos vimos todos, miren ustedes, dando palmas por bulerías con la diva más grande viva del momento. Son esos instantes tontos de la vida que se acaban recordando siempre. Yo di palmas por bulerías con la Caballé. Ninguno de los dos sabíamos.

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