Cultura

El teatro clásico de Sevilla, apuesta por un Valle Inclán actual y reivindicativo

  • Los ropajes que esconden las miserias, la mejor de las metáforas de los esperpentos

Un momento de la actuación del Teatro Clásico de Sevilla la noche del pasado viernes en el Teatro Villamarta. Un momento de la actuación del Teatro Clásico de Sevilla la noche del pasado viernes en el Teatro Villamarta.

Un momento de la actuación del Teatro Clásico de Sevilla la noche del pasado viernes en el Teatro Villamarta. / Manuel Aranda

El teatro tiene muchos géneros, pero el del esperpento es uno de los más grandiosos que las letras españolas han coronado en las tablas del Olimpo de las artes escénicas. El esperpento y su lazarillo, el surrealismo, caminan íntimamente unidos por los caminos. Por todos los caminos del mundo. Con alpargatas, barba larga y bastón, usando los libretos para criticar al poder. O como ahora puede entenderse, con fakes news e Instagram. Una crítica ácida y burlona a una sociedad a la deriva mediante personajes extremos, presentado a modo de metáfora de los bajos fondos para evitar ajuste de cuentas, y que se rebelan ante tanta crisis económica, tanto paro, tanta corrupción y tanta mentira en las jerarquías del estado. Una obra que reajusta la realidad de manera que sea intangible y sea intemporal.

Un esperpento y un lazarillo anónimos, que desde el de Tormes, hasta las células madre de hoy en día, se ríen de todo. Y mucho más de sí mismo como forma teatral. Se ríe del tiempo de los actos, porque engaña con un espacio y un tiempo metafórico, a modo de estaciones de penitencia, que se desarrolla de noche para obtener mayor brillo a la luz de las tinieblas. Se ríe del flasback de la obra, con una presentación en la que Max Estrella se presenta cadavérico, pasando por la letanía de sus últimas horas en el recorrido dramatúrgico, hasta un epílogo de sombras chinescas digno de las mejores obras de los impresionistas de la iluminación. Las luces y las sombras. Una puesta en escena agnóstica, que justamente coincide con el anochecer y los cambios de horas de estos días. El ocaso de los días de noviembre y las noches de doña Inés y don Juan Tenorio. El claro oscuro que embriaga a todo personaje bohemio de nuestra sociedad, presentados como figurines de telas ralas y despintadas, como paradigmas de la efímera brillantez de los bufones de nuestra época para que en la oscuridad sea más fácil dominar a las almas. La iluminación y el espacio sonoro colaboran a crear ambiente. De descomposición y de subsistencia. Las luces al final del túnel.

Las luces cenitales crean ambientes, la de proscenio inundan de fantasmas el foro, las de calle, crean misterio. En escena, los ataúdes van en busca de personajes. Y en sí mismos, los ataúdes dibujan composiciones diferentes en cada escena. Una fácil alegoría de la muerte con vida en busca de almas en pena. Las dos almas del personaje y su alter ego que vagan por el escenario en busca de su propia muerte.

Afecta además el esperpento al lenguaje del libreto. Ahora, en pleno estallido de las redes sociales es nuestra vida la que está en juego, y un tal Ramón María es capaz de crear un texto que es intemporal. Una propuesta presentada en Jerez, pero que tiene lugar en cualquier rincón de nuestro país, en cualquier cerebro que quiera pensar libremente, como eslabón a añadir a la larga lista de momentos históricos de la humanidad de los últimos años. Es un esperpento no tan exagerado, es una mirada deformada de la realidad para conseguir que la realidad sea analizada nítida y diáfana. Criticada y hundida a la vez. Estamos ante una obra de vanguardia, en un intento de asentar el expresionismo que nos invade y de acrecentar la lucha contra la sociedad que nos ha tocado vivir.

Afecta el esperpento a los espectadores, sumisos en busca de la verdad trascendente. Por eso, la presentación de esta obra, en la sala del Villamarta, está llena de verdades del Jerez de esta época, de las tertulias de La Moderna tapando y desnudando las miserias de la calle Consistorio, de las conversaciones de autobús urbano sobre las comisiones de los de algún partido, de las cuitas de los eres, del asfaltado del centro histórico, de las dimisiones de las juntas directivas, y de los desasosiegos de nuevos partidos intentando presentarse en algún lugar de esta Andalucía. Y por supuesto el esperpento crece dentro de los personajes, porque por su parte, también son partícipes. Y lo hace sin papeles protagonistas, sino con un elenco coral en la que todos tienen derecho a ser importantes. El poeta ciego sin rumbo, el mendigo sin ganas de vivir, el sepulturero endiosado, las favoritas de la corte de turno, los anarquistas catalanes, los sintecho, los deformadores de lo europeo, el menosprecio de la inteligencia, el placer de ser sinvergüenza, los cómplices de la miseria, las fuentes indemnes del periodismo e incluso la piedra filosofal entre el republicanismo y la monarquía de unos borbones en horas bajas. Un Max contrapunto de color blanco amortajado frente a los grises y ocres de los ropajes de todos. Los momentos de congelados, sublimes para afianzar personajes sin palabra. A falta de otros confesionarios, estamos acudiendo a radio María para rezar un vía crucis donde tanto ataúd presente es trasladado entre telediarios, pateras, páginas de internet, programas del corazón y carpas publicitarias de centros comerciales.

Monólogos de personajes corales, en cuanto a la finalidad argumental, separados por pequeños recursos, pero todos siguiendo una línea argumental clara. Un esfuerzo actoral inmenso para crear personajes. Creíbles en todo momento. Identificados siempre por el espectador. Justificada siempre su presencia. Con mutis elaborados, a vista y funcionando como grupo actoral para que los ataúdes estén donde estén y creen pequeños rincones para que el esperpento de muerto en vida tenga interés. Una puesta en escena global. Una forma muy cercana al teatro del absurdo que tantos días de gloria ha dado al teatro español. Porque están ataviados con ropajes de formas expresionistas para hacer más grandes los figurines. Las voces, todas encadenadas y sin imposturas innecesarias son la presentación más fonética de las sombras. Los movimientos en escena, medidos. Los mutis, justificados. Los cambios de escenografía a vista y sin tapujos. La verdad del teatro con una sola intención: la de crear el efecto deseado.

Por eso el esperpento y su fiel lazarillo, el surrealista, han seguido caminando por las veredas gallegas, por los caminos polvorientos que cantaba Machado, por las celdas de guerras civiles, por los antros de gente sin alma con cajas B, o por encima de los restos de algún que otro dictador. Estos son los mejores adalides de la realidad de una sociedad decadente que encierra en sí misma las preocupaciones de la imagen que sigue urdiendo por veintiún siglos de existencia. Los telediarios y los periódicos digitales así lo indican a diario. Y así seguirán mucho más tiempo. La obra de Valle Inclán pone luces y sombras a todo. Ramón María aparece incluso en escena, para confirmar que estuvo en Jerez la noche del viernes. Pero sucede que está escrita hace un siglo, a principios del siglo XX. Para hacer pensar.

La Crítica

Luces de Bohemia Dirección: Alfonso Zurro. Compañía: Teatro Clásico de Sevilla. Teatro Villamarta. 2 de noviembre de 2018.

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