Cultura

Edipo ante el oráculo

  • Cincuenta años después de su primera edición, Alianza publica 'El cine según Hitchcock', uno de los mejores libros sobre el séptimo arte jamás escritos

El cine según Hitchcock (Alianza) nació como un acto de justicia. François Truffaut, su autor -aunque él prefiriera considerarse iniciador, instigador del mismo-, contaba que durante una estancia en Nueva York para promocionar Jules y Jim, corría el año 1962, los periodistas con los que hablaba insistían en saber por qué Cahiers du Cinéma se tomaba tan en serio la obra del cineasta inglés afincado en Hollywood. (El cultivo del suspense y el carácter popular de su filmografía, según una concepción eminentemente elitista de la cultura, expulsaba a Alfred Hitchcock del panteón de los grandes creadores cinematográficos). La gota que colmó el vaso cayó durante una conversación con un crítico cuyo nombre dejó en el anonimato; Truffaut había defendido con fervor La ventana indiscreta (1954) y su interlocutor le dijo que si conociera Greenwich Village, el escenario de la acción, no se mostraría tan entusiasta con el film. Truffaut le respondió que La ventana indiscreta no trataba de Nueva York, sino del cine. "Y yo conozco el cine", apostilló. Hoy, Hitchcock es aclamado como un maestro incontestable del séptimo arte, y este libro contribuyó a poner las cosas en su sitio.

La redacción fue laboriosa: Truffaut se reunió con Hitchcock en agosto de 1962, estando este último enfangado en la posproducción de Los pájaros, y tras una serie de encuentros en su despacho de los estudios Universal se llevó a Francia unas 50 horas grabadas de conversaciones. A lo largo de los cuatro años siguientes, con la ayuda de Helen Scott, Truffaut puso en limpio aquel ingente material. Posteriormente tuvo que contactar con el director para contrastar datos y actualizar su filmografía: antes de tener listo el volumen, Hitchcock estrenó Los pájaros (1963), una de sus obras maestras indiscutibles, Marnie, la ladrona (1964), la obra maestra que pudo ser y no fue, y Cortina rasgada (1966), un título mejor de cuanto suele decirse. En un apunte conmovedor, Truffaut confiesa que, delante de Hitchcock, se sentía como Edipo ante el Oráculo. (Imaginemos la misma turbación del joven escritor ante Borges o del joven pintor ante Picasso). Truffaut, que había abandonado la crítica cinematográfica para consagrarse a la dirección, tenía delante un gigante con 40 años de carrera a sus espaldas, casi medio centenar de largometrajes, numerosos éxitos y varias obras capitales.

El plan de trabajo era sencillo: harían un recorrido por la filmografía completa de Hitchcock comentando la génesis de cada film, insistiendo en diversos aspectos de su elaboración, todo ello aderezado con juicios personales del interesado. Hitchcock se prestó a ello con una gran voluntad dialogante -en definitiva, la crítica francesa le había dedicado los más grandes elogios que había cosechado hasta entonces- y contrariamente a cuanto habrían hecho muchos otros, se mostró hipercrítico con su trabajo.

Hitchcock no quiso colgarse galones que no le correspondían. Por ejemplo, ante el aplauso obtenido por uno de sus primeros trabajos, Juno and the Peacock (1930), dijo que todo el mérito correspondía a la obra original de Sean O'Casey: "La película tuvo muy buenas críticas, pero le aseguro que realmente sentía vergüenza porque todo esto no tenía ninguna relación con el cine", dijo. A propósito de Rebeca (1940), su primer film en Estados Unidos, reconocía que la huella del productor David O. Selznick era tan profunda como la suya.

Hitchcock no parecía vivir más que para el cine. Cada film fue fruto de una profunda reflexión y no creo que el cineasta exagerara mínimamente cuando declaró: "Siempre me he vanagloriado de no leer nunca el guión mientras ruedo una película. Me sé completamente de memoria el film. Siempre he tenido miedo de improvisar en el plató, porque en ese momento, aunque hay tiempo para tener nuevas ideas, no lo hay para examinar la calidad de estas ideas. Hay demasiados obreros, electricistas y tramoyistas, y soy muy escrupuloso en lo que se refiere a los gastos inútiles. Realmente, me siento incapaz de hacer como esos directores que hacen esperar a todo el equipo mientras ellos permanecen sentados pensando". En cualquier caso, los resultados de la entrevista no habrían sido tan satisfactorios si Truffaut no hubiera tenido pronta la réplica oportuna.

En El cine según Hitchcock asistimos a un apasionante diálogo entre entrevistador y entrevistado, plagado de frecuentes y enriquecedoras digresiones sobre el séptimo arte en general. Hitchcock y Truffaut quieren hablar de cine, quieren descubrir y reflexionar en torno la compleja maquinaria que hay detrás de una película. El amor de ambos por este medio impregna cada página del libro.

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