Cultura

Educación para mentes voraces

  • La madrileña Lea Vélez narra en 'Nuestra casa en el árbol' su propia experiencia como madre de tres niños superdotados

La escritora Lea Vélez (Madrid, 1970). La escritora Lea Vélez (Madrid, 1970).

La escritora Lea Vélez (Madrid, 1970). / M. G.

Si los niños se aburren en clase, si no les interesa la mitad de las cosas que les cuentan y cómo se las cuentan, si apenas prestan atención... son niños. Tranquilidad. Aunque a veces la escuela parece no saber romper el molde que la ahoga. De este delicado asunto trata Nuestra casa en el árbol (Planeta), la novela de Lea Vélez en la que, sin los tapujos de la civilizada modestia, novela la historia de su superdotada familia.

Tras contar en El jardín de la memoria (2014) el duelo por la muerte de su marido, la autora se embarca ahora en una narración en la que una mujer, también viuda prematura, decide romper con todo y se muda con sus tres superdotados hijos a un viejo hostal en Inglaterra que hereda de su marido. Asediada por las incesantes preguntas que le hacen los niños, esta madre tratará de no mermar ni una pizca la curiosidad de sus hijos, buscando siempre las mejores respuestas en diálogos que a veces reconocerá cualquiera que haya tratado con niños, y otras sólo quien lo haga con niños con cocientes intelectuales por encima de 140.

Más que de altas capacidades, mis hijos son de altas obsesiones. Es una virtud, pero también un problema"

"Me han enseñado a escribir y a pensar de una manera completamete distinta", dice. Vélez fue apuntando todas esas preguntas, frases lúcidas, aplastantes y sensatas que salpican el día a día de los niños y que tantas veces quedan relegadas, olvidadas. "Cuando fui escribiendo todo esto para que no se me olvidara, me di cuenta de que todo tenía un leitmotiv, es un grito por su libertad; ellos gritan por su libertad. Un día me dijeron: ¿por qué estamos en el colegio más horas que en casa? Esta pregunta lo revela todo. No hay respuesta. Los adultos trabajamos ocho horas. No es tanto por que ellos lo necesiten".

El colegio ha sido uno de los quebraderos de cabeza de Vélez. "Todas las mañanas se me rebelaban, no querían ir a un sitio donde durante ocho horas estudiaban el rojo o el azul cuando a ellos les interesaba saber por qué una madera no flota cuando está en vertical y sí lo hace cuando está en horizontal". Aunque existen algunas escuelas que optan por nuevas pedagogías, en las que se ofrece a los niños la posibilidad de un mero acompañamiento en su aprendizaje, sistemas en los que el niño se convierte en el eje de su educación, en las que no existe imposición de una temática, sino que los maestros se dejan guiar por las apetencias y curiosidades de los niños, no es fácil acudir a uno de esos centros. Son pocos, privados, carísimos y suelen centrarse en la edad infantil.

La escritora intentó llevar a sus hijos a una escuela cerca de casa, pero aquello no funcionó. "Hablé con profesores, directores... Les conté que mis hijos necesitaban respuestas a temas más reales, sobre ciencia, conocimiento, historia, pero en todos me decían que no era posible", se queja. Las necesidades de los niños superdotados en la mayoría de los centros no están atendidas. "Al final me decidí por un colegio británico en el que se enseña por proyectos", cuenta. "La curiosidad natural de los niños existe, pero si nos quitamos sus preguntas de encima con un no lo sé, en lugar de cultivarla y estimularla, entonces se irá muriendo". Para Vélez no fue fácil. Su interés por la ciencia, por ejemplo, fue nula hasta que se enfrentó a la crianza de sus hijos. "Me agobiaba el hecho de lo mucho que ellos querían saber y lo poco que les enseñaban en el colegio, de modo que tuve que complementar esa voracidad". Ahora la autora sabe mucho sobre el universo y los agujeros negros, uno de los intereses recurrentes de sus niños. Y dice que jamás deja una pregunta sin contestar: "Si me la hacen en el coche, cuando puedo parar, saco el móvil y busco una respuesta".

A la escritora no le gusta llamarlos niños de altas capacidades. "¿Por qué los llamamos así? ¿Los demás son de bajas capacidades? No... Yo creo que, al menos mis hijos, son de altas obsesiones. Les gusta tanto algo que acaban obsesionados, es como si nacieran sabiendo lo que van a hacer el resto de su vida, como si fueran desde pequeños o físicos o médicos y no les interesara nada más. Esto una virtud, pero también un problema. Mi hijo mayor, que es un fanático de la física, tiene 9 años y en el colegio no ha empezado a estudiarla. Yo no digo que haya que especializarse tan pequeños, pero estando allí ocho horas a diario y que no reciban ni un poco de la asignatura que más les gustaría...".

De esas mentes inquietas y del esfuerzo que tuvo ella que hacer nació la casa en el árbol del título de la novela, lugar que existe en la realidad doméstica de la autora y que, en la ficción, simboliza "el esfuerzo, la conquista, el cobijo, la naturaleza y el feminismo". "Aunque sobre todo es un símbolo de la educación. La gente me preguntaba: ¿la has comprado?, ¿venía hecha?¡No!, claro que no, aunque todas las encinas son parecidas, cada una tiene su forma, así que ésta es única, la construí acoplándome a la suya. Hubiera sido muy fácil cortar las ramas que sobran para poner los travesaños como me hubiera dado la gana, pero no, de esta manera cada vez que tiraba un travesaño me encontraba con una rama; entonces había que parar, rodearla, poner un parche... Esto es lo que hay que hacer con los niños. Son como árboles con ramas distintas. No vale llegar con una casa prefabricada, con un kit, y decirles: si no te adaptas a esto, te voy a cortar una rama".

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