Tribuna libre

Ismael Jordi y el ruiseñor de la bodega

EN una bodega tan grande, tan inmensa como la mía, probablemente la más bella del mundo, coexisten muchas cosas, además de vinos de aromas imposibles, de claroscuros asombrosos, de ventanales que atraviesan la luz de la luna, de flores exóticas como la ‘dombeya’, que brota como una cascada todos los febreros, por la misma esquina donde dobla el tren, antes de alcanzar la luz verde de la viña que rodea los alambiques. Hay calles empedradas, de cantos redondos, granitos azules y losas grises de tarifa, que brillan las tardes tristes de otoño, con la lluvia fina y menuda del sur.

En esa bodega habitan, además de los mejores arrumbadores, claro, otros inquilinos curiosos y a veces mágicos, como los ratones que beben vino dulce y que escalan hasta el borde de una copa, algo absolutamente genial; pero también moran o merodean por allí otros bichejos, como los ‘curritos núñez’, que sorben el vino generoso de los charquitos que dejan los pequeños salideros de las botas y hasta arañas de espigadas patas, que tejen y tejen sin parar y sin apenas ruido, sus trampas para polillas y comejenes, tan peligrosos para las duelas de roble como para las cubiertas interiores de cada casco bodeguero, de vigas tan negras como los buenos moscateles, que existen allí, torrefactos y con aromas a café.

Y también viven muchos pajaritos, pájaros y hasta pajarracos, como diría Mauricio, gran ornitólogo y mejor enólogo, tales como los palomos zuritos, que anidan en el antiguo economato, frente a la colegial y las tórtolas turcas, que se han aclimatado a la dulce sombra de los jardines, rellenos de enormes robinias y estirados almeces o tal vez se han enamorado, para siempre, del rico aroma de los amontillados o de esas soleras de olorosos, que quitan hasta el hipo. Hay mirlos negruzcos y glotones y sobre todo jilgueros, muchos jilguerillos, que pueblan, con sus máscaras tricolores y sus alas amarillas, las altas parras que cubren algunas calles de la bodega, deleitando, con sus asombrosos trinos, los oídos de los visitantes que llegan cada día, ansiosos por conocer la cuna del fino más vendido en el mundo.

Muchas tardes, atravesaba la calle Ciegos buscando la frescura de su sombra y el canto de aquellos jilgueros, verdaderamente prodigioso y algo salvaje, pero nada comparable a la emoción que pude sentir la noche de un día de primavera, casi acabado mayo, cuando mi viejo profesor, Mauricio, me llevó, mientras esperábamos la llegada de unos invitados, a escuchar en los jardines junto a la alberca de agua algo verdosa, pero rebosante de nenúfares, el majestuoso y exuberante canto de un ruiseñor que seguramente llegaría desde África y eligió las copas de la inmensa tipuana del jardín, para cantar al amor, como ningún otra especie del mundo, ni humana ni animal, puede cantar al amor, reclamar a su pareja con tanta dulzura. Aún recuerdo la sensación de placer que me produjo aquel sonido, lleno de matices sublimes, de interminables gorgoritos, una música, que parecía celestial, o al menos a mí me lo parecía, ya que llegaba de lo más alto de aquel árbol, que estaba cerca de las estrellas. Una verdadera obra de arte creada por Dios- pensé-, que estaba allí, aquella noche, tocando como si fuera una orquesta sinfónica, solo para nuestros oídos y también para su pareja, claro.

Cuando oí cantar, unos años más tarde, al tenor Ismael Jordi el celebre tema ‘Rossignol’, de ‘El Cantor de México’, en el Teatro del Châtelet, de París, subido desde una alta escalera y dentro de un corazón de flores, diseñado por Emilio Sagi, volví a sentir la misma o quizá mayor emoción que la de aquella noche en la bodega, porque no creí nunca que volvería a escuchar una melodía tan prodigiosa y aún menos, saliendo de la garganta de un hombre. Era la transformación de aquel pajarillo de pico fabuloso, en las cuerdas vocales de Ismael, que vibraban ahora como si fuera un arpa. Algo imposible de encontrar, de mejorar. Y desde entonces voy por ahí, siguiendo a Ismael Jordi por todas partes, donde quiera que vaya, oyendo esos trinos de ensueño, su media voz, cálida, única, enamoradiza; la dulzura de su coloratura y su dicción tan excelsa y tan perfecta, que deleita a todos en cada representación, en cada una de sus actuaciones en los mejores teatros del mundo.

Y ahora resulta que Ismael Jordi, el tenor- ruiseñor, vuelve a mi bodega, la noche del 11 de agosto, y su voz clara inundará el aire cargado del perfume de los mejores vinos que allí se respiran, que casi se mascan. Y atravesará los árboles y las flores del jardín, donde suspiraba aquel pájaro, que encandiló mi corazón.

 No se lo pierdan. Los que amen la lírica podrán escuchar el canto desesperado pero a la vez dulce, de un alma enamorada, la de Edgardo, sobre la tumba de sus antepasados y antes de unirse para siempre a su Lucía; derramarán, tal vez, una súbita lágrima, oyendo la romanza del pobre Nemorino, emborrachado de ternura con un elixir, que en realidad era un sabroso pedro ximénez; los fans de la zarzuela podrán disfrutar con las arias de Dña. Francisquita o de La Tabernera del Puerto; los que adoren los tangos creerán pasear por las callejuelas de Buenos Aires de la mano de  Carlos Gardel y los que quieran oír la melodía deliciosa de Manuel Alejandro, desearan “que no se rompa nunca esa noche”.

Pero los que prefieran escuchar la voz que creó Dios para los pájaros y también para algunos hombres, muy pocos, como Ismael Jordi, que se embriaguen por una noche en mi bodega, oyendo la interpretación del ‘Rossignol’ y tal vez se hagan adictos para siempre a él. Como lo soy yo.

Juan Luis Vega es ex directivo de González Byass

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