Cultura

Juego

Lectores sin remedio

ANTE esos momentos de soberano aburrimiento que a veces la vida y sus circunstancias no nos permiten evitar (sufrido acompañante de las ¡rebajas!), quién más quién menos activa ese pequeño dispositivo que alivia o mitiga la pérdida de algo tan precioso como el tiempo. Por mi parte, si no tengo un libro a mano o cualquier cosa susceptible de ser leída (prospecto de medicamento, pasquín, hoja volandera, o incluso reverso de un paquete de patatas fritas en el que se nos da una información nutricional que ríanse ustedes de manuales al uso), por mi parte, ya digo, me dedico a un juego que a poco que disponga de tiempo le doy forma y hasta lo patento. El jueguecito se basa fundamentalmente en desarrollar la capacidad de observación. Busco un lugar discreto que a modo de atalaya me sirva para mirar con atención a las personas sin ser descubierto y, ahora viene lo bueno, intento deducir por sus caras, por sus gestos, por lo que compran, si son lectores o, por el contrario, no han leído en su arrastrada (eufemismo) vida ni un solo libro. Pero a veces también juego con los rostros que aparecen en las fotos de los periódicos o de las revistas. El fin de semana me preguntaba qué ejemplar de la Sonrisa Vertical tendría en la mesita de noche Soraya Sáez de Santamaría, y la semana pasada al ver la cara de la ministra de Fomento, se me vino a la cabeza si no tendría de libro de cabecera las obras completas de los hermanos Álvarez Quintero (lo mismo son hasta familia) o, dado su talante chulesco y su gestión en el ministerio, los sainetes de Arniches. El otro día visité, por esas mismas circunstancias antes señaladas, un área comercial y, desde mi situación de privilegio previamente elegida, mis ojos empezaron a observar, ¡comenzó el juego!. Unos tenían cara de lectores exclusivos de prensa deportiva; otros y otras, desde hacía tiempo habían abandonado hasta las revistas del corazón, para hacerse fieles radicales del Gran Hermano; pocos, quizá los que menos bolsas llevaban, tenían cara de lectores habituales o, al menos, de algún best-seller o premio Planeta. Y sólo dos o tres personas, entre una enorme muchedumbre que pasó por mi campo visual, cruzaron conmigo una especie de mirada de complicidad (¿estarían jugando al mismo juego?). Pero lo que no pude dejar de observar fue una pareja joven, de aspecto paquidérmico, que hablaba a gritos y, lo más llamativo es que paseaban ambos tan cogiditos que el elemento masculino tenía su mano izquierda metida, literalmente, en el trasero, más que generoso, desparramado de la parienta. ¿Lectores?, la pregunta ofende a mi capacidad de observación. Más bien, maleducados; porque en este país de tantos pecados, uno de los más extendidos, por desgracia, es la mala educación, la falta de decoro, la grosería y la ordinariez gratuitas, por no citar también la picardía y la picaresca. Y mientras no solucionemos esto, seguiremos siendo un país en permanente crisis, no económica (ancestral e inveterada), sino de los más esenciales valores morales. Pero como ciudadano, no como lector sin remedio, me preocupa menos lo que pueda o deje de leer aquella pareja, que el daño que pueden hacer aquellos dos bultos sospechosos con sus votos. José López Romero.

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