Lectores sin remedio

Libros para después de un año aciago

Portada de 'Totalidad sexual del cosmos', de Juan Bonilla. Portada de 'Totalidad sexual del cosmos', de Juan Bonilla.

Portada de 'Totalidad sexual del cosmos', de Juan Bonilla.

Pese a lo nefasto del año recién concluido, y pese a las dudas y temores que derivó en una cadena de cancelaciones de presentaciones editoriales al enfilarse el tercer mes del pasado año, poco a poco la industria editorial pareció coger impulso (aunque soportando un alto coste) y comenzó a dejarnos una nada desdeñable lista de interesantes propuestas, de las que ‘El infinito en un junco’ de Irene Vallejo (Galaxia) o ‘Un Amor’ de Sara Mesa (Anagrama), pueden ser dos buenos botones de muestra a nivel nacional.

En nuestra ciudad pequeñas editoriales junto a grandes sellos nacionales, nos han ido presentando una nada desdeñable oferta, que ha ayudado a evadirnos entre las páginas de los libros de la dura realidad. Así ‘Primavera, año cero’ de José Mateos (Milenio), aunque surge de un tiempo oscuro, nos llena de luminosidad y trasmite una serena belleza. También ‘Paseos antes del vino’ de Rafael Benítez Toledano, es una propuesta reconfortante. Cargada de versos vitalistas, no exentos de profundidad y misterio, con un fondo de paisajes de viñas y pagos jerezanos pintados por Pepe Bastos. Y si recomendable es leer poesía en libros como los mencionados, no menos lo es asomarnos a la colección 'Historia de la vinatería' de la editorial Peripecias, que nos acerca de la mano de grandes especialistas (Maldonado, Mata, etc.) a ese universo de la vid indisolublemente unido a la historia de nuestra ciudad. También de la misma editorial destacar la edición por vez primera en castellano del libro ‘Facts About Sherry’ de Henry Vizetelly, gracias al gran trabajo de Beltrán Domecq.

Sí, 2020 ha sido un año nefasto, pero en cambio la historiografía jerezana ha ido enriqueciéndose gracias a la labor de numerosos investigadores: Antonio Aguayo (‘Los Claustros de Santo Domingo’. Peripecias), Jesús Caballero (‘Apuntes para el urbanismo en Jerez en el XIX’. Tierra de Nadie) o Manuel Romero (‘El pueblo perece de sed’).

No nos olvidamos de los hermanos Lázaro, José y Agustín, con su delicioso ‘Paisajes con historias’ (Remedios), donde la divulgación e investigación van armoniosamente de la mano, ni de esa apasionante investigación para desvelar qué se esconde tras un oscuro personaje en ‘Doctor Pirata’ (Kailas) de Wayme Jamison. La novela, a través de grandes sellos editoriales, ha dado protagonismo por un lado al siempre interesante Juan Bonilla, este año reconocido con el premio Nacional de Narrativa por su ‘Totalidad sexual del cosmos’ (Seix Barral), y por otro a Juan Pedro Cosano que acierta con esta vibrante novela histórica ‘El rey del Perú’ (Espasa).

También en 2020, con ‘Operación Estraperlo’ (Canto y Cuento), volvía un viejo conocido, el inspector Castilla, tratando de resolver un nuevo caso en el Jerez de la posguerra. Finalmente el año se despedía con ‘El caballero de la frontera’ (Kaizen) de Margarita Lozano, novela histórica basada en las leyendas recogidas en el Libro del Alcázar, y que nos descubre un fascinante Jerez de finales del siglo XIV. //Ramón Clavijo Provencio

Olfato

Cuando leí en el magnífico ‘El infinito en un junco’ (un libro del que todo lector se deshace en elogios y va añadiendo adeptos a medida que se recomienda, en el boca a boca o en los medios de comunicación), que los hombres santos del primitivo cristianismo abominaban del agua, de los baños por ser un ejemplo de la sensualidad y la corrupción espiritual de los romanos, hasta el punto de considerar “el hedor como una medida de devoción ascética”, no pude por menos que acordarme de aquel dardo en la palabra que el gran Fernando Lázaro Carreter le dedicó a la expresión “en olor de multitud”, que el insigne filólogo hacía proceder del “olor de santidad” que ya acuñara Santa Teresa con motivo de la muerte de la monja Beatriz de la Encarnación, y que a ella misma, a su cadáver yaciente en el convento carmelitano de Alba de Tormes, también le aplicaron como un “vaho aromático de la beatitud”. Nada que ver con el hedor de los antiguos santos. El olfato ha sido uno de los sentidos que, como los demás, ha gozado de la atención de la literatura. Recuérdense, a modo de ejemplo, la exitosa novela ‘El perfume’, de Patrick Süskind, con su versión cinematográfica incluida, o ‘Aromas’, del escritor francés Philippe Claudel, un libro que no se suele citar entre lo mejor de su producción literaria, en la que destacan novelas como ‘Almas grises’ o ‘El informe de Brodeck’, pero que bien merece una lectura por la cantidad de sensaciones olfativas que Claudel sabe transmitir a través de la palabra. Olores de su infancia que han quedado grabados en la memoria sensitiva del autor. ¿Quién no ha vuelto a oler una goma de borrar o a recordar el olor de un lápiz, o el olor del césped recién cortado, o el de la tierra mojada por las primeras lluvias? Lázaro Carreter comentaba la posible tergiversación entre “olor de multitud” y la palabra “loor”. En cualquier caso y sea como fuere, vamos a terminar agradeciendo el uso de la mascarilla, sobre todo cuando nos cruzamos con alguien que desprende ese tufo a “santo varón”.// José López Romero

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