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Murillo, en el trono del arte europeo

  • Reeditan 'La fortuna de Murillo', un estudio que propuso una mirada distinta al artista a partir del análisis de la difusión y la reputación de su obra en Europa

El lienzo 'La temprana carrera de Murillo' (1865) del pintor escocés John Phillip. El lienzo 'La temprana carrera de Murillo' (1865) del pintor escocés John Phillip.

El lienzo 'La temprana carrera de Murillo' (1865) del pintor escocés John Phillip. / museo de bellas artes de asturias

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682) es uno de esos inquilinos tenaces en el carril del éxito. Él, que pronto ocupó plaza propia entre la aristocracia de los maestros del arte, levantó una obra que interesó ininterrumpidamente al público europeo durante más de 300 años, en esa convulsa travesía que va desde el siglo XVII hasta finales del XIX. Porque su pintura, apuntalada en la gloria por el favor del público, tuvo la capacidad de almacenar múltiples lecturas, de modo que cada época y cada lugar encontró en ella valores distintos, e incluso contrapuestos, según gustos, modas y circunstancias.

A los mercaderes flamencos contemporáneos del pintor les interesaron, por ejemplo, los cuadros de temas profanos, alegres y despreocupados. En las cortes europeas del Rococó hubo interés por la sensibilidad suave de sus santos y sus vírgenes. Los artistas ingleses descubrieron su mundo infantil como paraíso perdido. Los escritores románticos franceses avalaron la coincidencia de sus creaciones con los principios teóricos del Romanticismo. Su obra, además, marcó irremediablemente a todas las generaciones de artistas que caben en dos siglos en Sevilla y jugó un papel clave, ya en el XIX, en la explosión del costumbrismo.

Murillo cumple una de las condiciones que se exigen a los verdaderos artistas: ser un fiel exponente de su tiempo"El ensayo se interna en el coleccionismo o la gestación de la leyenda en torno al sevillano

"Murillo es el artista de quien más se habla en España y fuera de ella, el primero al que se le dedica una biografía en el extranjero -y a quien más se le seguirán dedicando-, el primero que tiene un retrato fuera, el primero en colocar un buen número de cuadros más allá de nuestras fronteras... Al mismo tiempo, los hechos relacionados con él, ya en el siglo XIX, son los más sonados: el robo del San Antonio de la Catedral, la estatua en la plaza del Museo o los actos del centenario de 1882", señala María de los Santos García Felguera en La fortuna de Murillo, un estudio clásico entre los dedicados al pintor publicado originalmente en 1989 y que ahora se ha reeditado para el Año Murillo.

En su momento, este trabajo de García Felguera, que vio la luz pocos años después de la monumental monografía sobre el pintor de Diego Angulo Íñiguez (Murillo: su vida, su arte, su arte, 1981), vino a afianzar la importancia artística e histórica de la obra del sevillano desde un prisma radicalmente novedoso: la recepción de sus creaciones, su fortuna crítica. Se internó, entonces, en terrenos pocos explorados como el estudio del coleccionismo, la influencia de su trabajo en los artistas extranjeros o la creación de los episodios más novelescos de su biografía. La nueva edición respeta el texto original, pero suma nuevas ilustraciones en color y una bibliografía actualizada.

La línea de salida de La fortuna de Murillo -la destilación de la tesis doctoral de su autora, que ha ejercido la docencia en la Complutense de Madrid y la Pompeu Fabra de Barcelona- bien podría fijarse en el puerto de Sevilla y en las relaciones comerciales que se establecieron desde allí. "Los comerciantes flamencos que vivían en la ciudad andaluza enviaron, o llevaron consigo al volver a su país de origen, obras de Murillo, difundiendo su nombre por el centro de Europa", expone. Entre ellos, García Felguera rastrea los negocios de Josua van Belle y Nicolás de Omazur, amigo personal del pintor que hizo grabar uno de sus autorretratos en Bruselas el mismo año de su fallecimiento.

La investigación también se detiene en la primera biografía publicada sobre Murillo, establecida por Joachin von Sandrart en la segunda parte de su Academia Picturae Eruditae (1683). Aunque breve y llena de errores, esta aproximación fue de enorme utilidad para difundir la fama del pintor por Europa. "La importancia de este trabajo no está tanto en lo que dice como en el mero hecho de que exista y esté al alcance de un público muy amplio. No se sabrán datos concretos o exactos de la vida del pintor, algunos de los que se conozcan serán falsos, pero él será conocido", señala García Felguera en su libro, rescatado en una coedición del Ayuntamiento y la Diputación.

Una de las partes más potentes de La fortuna de Murillo es la relación con Francia, marcada, sin duda, por los cinco años que las tropas de Napoleón pasan en tierras españolas en la Guerra de la Independencia. En este punto, el estudio no se detiene tanto en el expolio como en la gestación y desarrollo de "una auténtica moda" que tendrá su punto culminante en el pago de 615.300 francos por la Inmaculada de los Venerables en 1852, la cifra más alta ofrecida hasta entonces por una pieza artística. Esta tendencia seguirá en el Romanticismo, donde se forja "una identidad de base entre la pintura de la escuela española y la literatura romántica que ellos hacen", indica.

A medida que el libro recorre los territorios europeos adonde llegó la fama del pintor, empiezan a surgir nombres con episodios únicos. Por ejemplo, el británico William John Bankes, viajero y amigo de Byron, que compró un murillo -al parecer, un ángel cortado de una tela de mayores dimensiones perteneciente a un retablo sevillano- que había aparecido en un campo de batalla, cubriendo la mochila de un soldado muerto, o su compatriota Hall Standish, autor de la guía Seville and its vicinity (1840), quien reuniría una importante colección artística con cuatro velázquez, once zurbaranes y quince pinturas atribuidas a Murillo, entre ellas la serie del Hijo pródigo.

Cuando empieza a decaer la fama de Murillo en Europa hacia el último tercio del siglo XIX, la profesora García Felguera anota cómo, paralelamente, toma fuerza la concepción del pintor como encarnación del "genio español". "En su hipotética vida, y en sus obras tal como se ven entonces, el artista viene a aglutinar bastante de los ingredientes que se consideraban propios del español: individualismo, hidalguía, heroísmo, catolicismo..., junto a los que destacan los rasgos más románticos: la exaltación del genio, la peculiaridad frente al resto..., que hacen de él el pintor idóneo para defender la nueva idea de nación", argumenta.

Finalmente, la autora de La fortuna de Murillo fija la clave de su genio: "Murillo cumple una de las condiciones que se exigen a los verdaderos artistas: ser fiel exponente de su tiempo. El sevillano representa el fervor religioso, que todos ven como característico del siglo XVII, pero conservando al mismo tiempo el contacto con el suelo, haciendo cercanos y familiares a los personajes sagrados -precisamente gracias a que se inspira en el mundo que le rodea- y manifestándose como la antítesis de la intolerancia y el fanatismo", concluye María de los Santos García Felguera en su pionero trabajo.

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