XLII fiesta de la bulería Dedicada a Manuel Fernández 'Parrilla de Jerez'

Pasado, presente, ¿futuro?

  • El hondo metal de Moneo, el poderío de Méndez y una clausura 'made in' Diego Carrasco brillan en la Bulería con menos público que se recuerda · La familia de Parrilla homenajea por fiesta al genial músico

Cuanto antes asumamos que la Bulería jamás volverá a ser lo que fue, la que deleitaron y saborearon nuestros mayores, antes podremos disfrutar sin prejuicios ni nostalgias trasnochadas de una Fiesta en la que hay que tener la capacidad de conmover de Jesús Méndez para ponerla en silencio, el pellizco rancio de Manuel Moneo para atraparla perdidamente ¡por seguiriyas!, y el soniquete y carisma de Diego Carrasco para ejercer de maestro de ceremonias en un fin de fiesta en el que antes que el flamenco, lo jondo, el pasado, el presente y el futuro puro, la máxima absoluta fue el disfrute por el disfrute, el arte por el arte.

La entrada de público más baja de las que se recuerdan -apenas 2.500 personas entre el albero y unos tendidos semivacíos-, no desmereció, aunque pudiera pensarse lo contrario, un festival del que afortunadamente desapareció casi al completo la morralla que acudía en años anteriores al coso de la calle Circo a abrazarse al botellón y no a escuchar cante, baile y toque por derecho. Sin entrar en generalidades, la verdad es que si perder 2 ó 3.000 espectadores significa que a la cita acudan de forma mayoritaria aficionados respetuosos y con el oído entrenado, por mí perfecto. Otra cosa es el diseño del cartel: ¿acertado, idóneo, sugerente, atractivo, vanguardista, rompedor? Todo es cuestión de gustos. La Fiesta de la Bulería, como alguien dijo alguna vez, es en esta bendita tierra algo parecido a la Selección española de fútbol. Cada uno jugaría a ser entrenador y haría su equipo ideal, el cartel con sus intocables, lo cual quiere decir que no siempre puede haber coincidencia. Y en la variedad, dicen, siempre está el gusto.

La edición celebrada el pasado sábado, la número 42, tuvo en Manuel Fernández Molina 'Parrilla de Jerez', el excepcional tocaor y compositor tristemente desaparecido hace unos meses, su leit motiv, el punto de encuentro sobre el que pivotaron las abigarradas actuaciones y los recuerdos más emocionados y entusiasmados de la noche. Primero, por parte de sus familiares y allegados; luego, por parte de los artistas que desfilaron por las tablas y que, de un modo u otro, quisieron honrar la memoria de uno de los hombres que ha escrito con letras de oro, entre otro sinfín de cosas, la leyenda de aquella Bulería mítica; esa que ya no volverá más y que siempre contó con los más grandes del panorama flamenco de cada momento.

Tras una introducción que rememoró las notas y rasgueos del genio de la calle Sol, el tributo familiar, en el que sobresalieron de forma especial las guitarras de Juan y Manuel Parrilla, la flauta flamenca de Juan y el virtuoso violín de Bernardo, se mantuvo a la altura del homenajeado en todo momento, si bien tuvo demasiados instantes de manifiesta improvisación y algunos de sus pasajes, casi siempre al sempiterno ritmo de la bulería -como si Manuel no hubiese sido maestro de maestros en otras variantes- se alargaron sin sentido y sonaron monótonos. Espectacular, en todo caso, el duelo con aires de tangos del quebradizo violín de Bernardo y la versátil flauta de Juan. De lo mejor de la larga velada.

Sea como fuere, no cabe duda de que todos los honores que el flamenco rinda a Parrilla de Jerez serán pocos. Y ahí queda, además, el detallazo de su hermano Juan de dedicar igualmente la noche a su hermana Ana Parrilla, otra de las que marcaron época en el baile de Jerez y que, incomprensiblemente, raras veces ha encontrado, ni antes ni ahora, el reconocimiento que merecía.

Durante más de cinco horas de espectáculo con escasas interrupciones, el público se volcó claramente con el baile eléctrico de El Farru y su grupo, lo más mediático del cartel. Los brincos a pecho descubierto, los zapateados martilleantes, y los sensuales marcajes que ejecutó casi en un continuum de cajón, bulerías y ritmo de tangos recibieron la ovación cerrada de la noche. Por el contrario, para hablar de emoción y duende hubo que entrar decididamente en La Plazuela de la mano de Méndez y Moneo. Juventud frente a veteranía. Alumno aventajado frente a uno de los últimos pilares que nos quedan.

Encaró el pariente de La Paquera su primer concurso en solitario en la Bulería consciente de la responsabilidad que eso conlleva. Tragó saliva, se comió el nerviosismo e hizo enmudecer al respetable nada más entrar a escena con la sobriedad de unas tonás romanceadas con ecos de Mairena y Pepe de la Matrona a las que siguieron el pregón de Macandé. Tras recorrer alguno de los cortes de su primer trabajo discográfico, como las cantiñas Tres días después y la zambra de Gallardo Molina Soleá de mis pesares, Jesús Méndez se soltó definitivamente en unas malagueñas con letras de Chacón y las de aquella granaína que Fosforito y Paco de Lucía compusieron para el disco que el prócer de Algeciras grabó con Camarón a principios de los 70. Mención especial, en este punto, para la sonanta de Manuel Valencia, que desplegó unas falsetas que demostraron la personalidad y madurez que ya atesora.

Sobrado de facultades y en una clara y constante progresión, el joven cantaor jerezano cambió al sonido áspero y solemne de la seguiriya, esta vez bajo el igualmente acertadísimo toque de Miguel Salado. Aires de Manuel Torre y cierre con cabal mairenera dieron cuerpo a unos tercios donde Jesús derrochó su potencial aunque, a diferencia de otras veces, de una forma mucho más contenida y menos efectista. Paladeó el cante y acabó gustándose. Por bulerías, se acordó nuevamente de su tía Paquera, dio su 'vueltecita' e incluso jaleó lo suficiente para que El Bo, una de las grandes palmas de Jerez, regalase su 'patá' a modo de bis o fin de fiesta. Impecable el primer concurso de Jesús en la noche grande de Jerez.

A él le sucedió Manuel Moneo, que claramente llegaba dispuesto a hacer olvidar su recital en la Bulería de hace un par de años, cuando un inoportuno catarro y una participación a horas intempestivas le impidió dar lo mejor de sí mismo. Rápidamente entró en calor y conectó con el público gracias a esa gracia y naturalidad inherente que encierra. Y empezó con riesgos, pues la soleá y la seguiriya no son palos que últimamente se digieran bien en la Fiesta de la Bulería. En cambio, como él mismo dijo, "son cantes que no se pueden perder", y ahí que se lanzó, sabio e inteligente como es él, con remembranzas a Roerna, Juan Talega y Juaniquín de Lebrija en las soleares.

Muy cómodo durante su actuación, el patriarca de los Moneo se aferró a las notas de la guitarra de Barullito por seguiriyas jerezanas para indagar en el misterio mismo del cante. Mineral, el privilegiado metal del plazuelero es un patrimonio en peligro de extinción, de ahí que cuando uno disfruta de Manuel en plenas condiciones es como si asistiera a un acto irrepetible. Como es costumbre en sus recitales, introdujo una tanda de fandangazos e incluso se "atrevió" con un martinete y carcelera. En el cierre, su hijo Manuel el Barullo recordó a su tío El Torta por bulerías y el mayor de los Moneo siguió sentando cátedra y mostrando lo que hoy por hoy es el cante más rancio y cabal que le queda al flamenco vivo.

La clausura de esta nueva edición de la Fiesta corrió a cargo de Diego Carrasco, a diferencia de los últimos siete años, en los que estuvo comandada por Capullo de Jerez. Como maestro de ceremonias, el Tate decidió ceder protagonismo y fue invitando sucesivamente al escenario de la plaza de toros a artistas tan dispares como Remedios Amaya, el rapero Junior Míguez y el cantante pop David DeMaría. Lo heterogéneo de la ocurrencia, 'osadía' criticada y censurada por muchos durante las semanas previas a la cita, no pasó a mayores, y las pinceladas simplemente aderezaron la propuesta del ecléctico y transgresor artista de Santiago.

Provocador como él solo, Carrasco acudió con su banda pletórico y repasó con acierto temas de sus primeros discos y alguna que otra composición más reciente, como José Monge Cruz. Si sorprendente fue la mezcla de flow buleaero en Olina, donde compartió escenario con Junior, más conmovedora fue la puesta en escena con DeMaría, con una balada dedicada a la vendimia, y con Amaya, con quien interpretó Nana de colores, uno de los himnos del polifacético artista. El resto del repertorio fue para el Tate, a excepción de Cinco toreros, que quiso compartir con Tío Diego Pantoja y su chispeante compás por bulerías. Cae la tarde, Mi momá y Alfileres de colores (sin Poveda), completaron la actuación de uno de esos artistas que nunca deja indiferente. En mi caso, como fiel carrasquista, salí zamarreado y encantado tras el viaje de compás endiablado; otros muchos, con opiniones igualmente respetables, quizás no pudieron decir lo mismo. Para gustos...

El balance general de la noche, por ir resumiendo, quizás arroje más luces que sombras, más aspectos positivos que negativos, pese a que el clima previo de animadversión con el cartel hacía prever un caldo de cultivo ideal para los agoreros que años tras años hablan del declive y la desaparición de la Fiesta. Puede, quién sabe, que no les falte razón y que el futuro del evento, de capa caída y con menos tirón por año que pasa, sea oscuro. Por si acaso, este año he decidido optar por el disfrute y no frustrarme pensando en lo que pudo ser y no fue o en lo que debería ser y no es.

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