Cultura

Rompiendo identidades

La carrera artística de Aurelio Argüez es dilatada a pesar de su aplastante juventud. Ya hemos asistido a varias de sus importantes comparecencias y en todas se observa que está en posesión de un interesantísimo lenguaje, personal y único, que sienta las bases de un estilo particular donde se advierte, además, muchas y buenas cualidades plásticas, estéticas y, sobre todo, de una gran solvencia creativa. A Yeyo lo vimos, cuando iniciaba el camino, dando forma a una pintura de muy atractiva conformación en la que la realidad era sometida a un cómplice guiño de identidades, desvirtuándose y ocultándose su contundencia ilustrativa tras un curioso juego enmascarador mediante una especie de celosía de círculos. Más tarde, a pesar de los muchos éxitos que esta pintura le ofreció, dio un paso evolutivo adelante situándonos en una pintura con inquietantes carreteras abriendo rutas metafóricas mediante las cuales el autor buscaba caminos y rumbos artísticos, intentando marcar y abrir horizontes creativos para circular con cierta seguridad. Ahora, tras su muy buena presentación en la Sala Rivadavia, vuelve a Cádiz, de nuevo de la mano segura de Fali Benot para ofrecernos el preclaro testimonio de su reciente trabajo pictórico, que entronca, en buena parte, con sus primeras manifestaciones de ambigua ilustración.

Yeyo Argüez vuelve a situarnos en ese ambiente tan suyo en el que la realidad diluye sus más inmediatas concreciones tras una maraña de ruptura que transgrede los contornos representativos para hacerla menos patente. Existe una especie de ideario estético perfectamente concebido para que la identidad de lo real provoque esquivas referencias y dejen en suspenso el hilo argumental de su manifestación visual y representativa, ofertándose un nuevo desarrollo que somete a la mirada a un juego emocionante de presencias y ausencias. Un escenario, apenas intuido, se nos ofrece detrás de la cortina desvirtuante que rompe la realidad en misteriosas parcelas y descontrola el prisma óptico en una nueva realidad que asume otra potestad muchísimo más inquietante.

La pintura de Yeyo Argüez otorga una nueva identidad a la figuración. Ésta genera situaciones con muchas más expectativas que las que provocan los normales planteamientos sometidos a los estrictos límites de lo concreto. Y es que al joven autor linense, la evidencia de lo imitativo se le queda muy corta; su trabajo busca nuevas latitudes ilustrativas que dejen en suspenso una realidad que no ofrece demasiados buenos argumentos. De esta forma, la figura humana, pierde su identidad tras un entramado compositivo que diluye la primera imagen y abre nuevas perspectivas pictóricas y significativas.

A Yeyo Argüez se le debe encuadrar en lo mejor de la pintura figurativa de esta provincia donde tan buenos hacedores existen. Con él, la realidad asume una nueva potestad, un desarrollo plástico que abre inmensas perspectivas con lo cercano abandonando sus posiciones y adentrándose en límites novedosos donde lo real adquiere situaciones mucho más inquietantes.

De nuevo, nos encontramos las expectantes situaciones plásticas de uno de nuestros más significativos artistas; un pintor en el que llevamos tiempo confiando.

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