en un mundo raro

Sanjüsanjen-Do

Sanjüsanjen-Do Sanjüsanjen-Do

Sanjüsanjen-Do

Hace frío en Kyoto. Mucho frío. La ciudad imperial se desparrama pegada a un río gris una mañana triste y helada de febrero. Nos movemos entre visitantes y puestos de recuerdos. Todo está dispuesto para que nos hagamos la idea de estar en un lugar turístico, pero hay algo que no encaja. Uno mira a su alrededor, y solo encuentra tópicos. Allí farolillos colorados con un kanji pintado. Aquí una casa con las paredes de papel donde puedes participar en la ceremonia del té. Y en esa esquina una geisha falsa, muy puesta con su sombrilla y sus sandalias lacadas. Sonríe y reparte flyers de un negocio que alquila kimonos. Quieren que nos creamos su mentira samurai, mientras nos ofrecen por todas partes vistosos (e insulsos) dulces de harina de arroz. Un teatro perfecto, en el que otra realidad se cuela por las rendijas.

Los jardines perfectamente peinados hablan de tiempos lejanos en los que la paciencia era la mayor de las virtudes, y los gigantescos templos nos llevan a un mundo perdido de riquezas, ascetas y honorables guerreros. Un pequeño tren nos deja en un escenario digno del mejor terror gótico. Un bosque de bambúes gigantes que abre en oscuros túneles la cenicienta mañana. Una pareja ataviada con kimono pasea entre las tinieblas, pero han quedado muy lejos el kabuki, el teatro no y el harakiri. Esto no es como nos contaron, ni siquiera se parece a nada de lo que habíamos visto antes. El sendero serpentea transportándonos a otra dimensión. No seguíamos a ningún conejo, pero caímos en la madriguera. Llámalo el País de las Maravillas. Llámalo Matrix. Llámalo sueño. Llámalo, sin más, Kyoto. El bambú nos acoge en sus tenebrosas entrañas durante un largo rato, contándolos mil historias increíbles. Llegados a un punto susurra sin cesar una extraña palabra: Sanjüsanjen-Do.

El viaje de vuelta es diferente. El pequeño tren parece otro, aunque el frío arrecia. Seguimos el consejo de los bambúes y llegamos al templo de Sanjüsanjen-Do. Sin zapatos, accedemos, parando primero en una leyenda explicativa de la que saltan palabras sin demasiado sentido. Treinta y tres espacios. Escuela Tendaishu. Siglo XIII. Buda de los mil brazos. Tesoro Nacional. Periodo Kamakura. Go-Shirakawa. Madera de ciprés…

El suelo cruje bajo los pies, y hay un leve olor a incienso. Apenas hay nada más que paz y silencio. Y una enorme galería con mil estatuas doradas de Buda, el de los mil brazos. Con el alma de ciprés y un vestido de oro. Están en unas gradas, como si aguardaran a ver el desfile de los visitantes. Así, desde el siglo XIII.

Un mundo fascinante y callado. Misterioso y brillante. No hay medida ni proporción, o al menos las que yo conozco. Todo es un interminable manto de oro, desparramado sobre el graderío. Observante y mudo. Un mar de brazos extendidos, en una suerte de danza quieta, sin más música que el crujir de la madera. A cada paso, creemos vislumbrar la lejana Tierra de los Místicos. No hay tiempo ni espacio. No hay más que un montón de budas que nos miran impasibles. Poco a poco, llegamos al centro, donde un enorme buda reposa sentado en su flor de loto, mientras que a sus pies se quema el incienso de las ofrendas. Es el capitán de este peculiar y reluciente ejército. El ombligo rodeado de mil por mil brazos dorados. Luego budas y budas. Brazos y más brazos.

Sin darnos cuenta, nos hemos bebido los treinta y tres espacios de la gigantesca sala. Y ahora flotamos en una extraña borrachera de belleza. Sin reglas ni explicaciones. La verdad pura bañada en oro.

Una última mirada antes de abandonar la galería. A nuestras espaldas, las mil efigies de Buda, callan y observan. Oyendo el crujir de la madera y oliendo el sutil perfume del incienso. Están satisfechas, porque saben que nos han robado el alma.

Estamos fuera. No sé cómo hemos salido. Como Alicia, estamos de nuevo a éste lado del espejo. Justo en la mentira turística de Kyoto, donde La geisha sigue repartiendo flyers y un grupo de jubilados caminan alegres tras su corifeo. Hace tanto frío, que ha comenzado a nevar. En la mente, siguen brillando las mil estatuas de oro, cuyo fulgor tardará mucho en apagarse. Tal vez nunca. Pero mientras el espíritu arde, el cuerpo tiembla. Es hora de unirse a la marabunta y calentarse el cuerpo con varios vasos de sake.

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