Cultura

Tabaco

Lectores sin remedio

EN 1796 era publicado por la imprenta Real el "Tratado de los usos, abusos, propiedades y virtudes del tabaco, café, té y chocolate", del cirujano militar Antonio Lavedán. En la explicación introductoria de la obra, el autor, que ya debía conocer algunas opiniones anti-tabaco, se propone intervenir en la discordia, "a fin de aquietar los ánimos opuestos al uso del Tabaco". Entre las denominaciones que se le dio a esta planta la más significativa fue sin duda el de "Yerba de la cabeza", pues según palabras de Lavedán, "sus experimentos primeros fueron en muchas enfermedades de la cabeza, las quales con prontitud sanaron". Importado de las Indias, parece que muy pronto se utilizó como remedio médico y digestivo gástrico. Asociado en un principio a bebedores y gentes de mal vivir, rápidamente se propagó por todos los estratos sociales, abriéndose paso el convencimiento de que el producto creaba adicción. Luis Mercado, médico de cámara del segundo y del tercero de los Felipes, escribió en 1605 una obra en la que "alaba mucho el uso del Tabaco en humo para consumir y evacuar los materiales crasos y flemosos del pecho". Relajante sí que era, pues expone Lavedán que "tiene el Tabaco en humo virtud de dar descanso al cuerpo trabajado y cansado... también provoca profundo sueño...". Entre los detractores del tabaco está el sevillano Pedro López de León, "Gran cirujano de Las Indias", que escribió en 1628 que había visto en Cartagena de Indias, al hacer algunas disecciones de cadáveres en fumadores, "el hígado hecho ceniza, y las membranas del cerebro negras como hollín de chimenea...", aunque para Lavedán escribe "sin fundamento y solo por demostrar su odio y enemistad declarada contra el Tabaco". En 1678, cuando una gran epidemia de peste asoló la ciudad de Nimega, en los Países Bajos, un médico relataba que "habiendo empezado á experimentar vahidos, náuseas y anxiedades visitando apestados, se alivió fumando Tabaco". Parece que hasta el cura que administraba los últimos sacramentos a los moribundos se libró fumando a destajo. O quizá fue obra de la Providencia. Claro que, como ya decíamos, detractores no le faltaban al tabaco. Pero todas las razones contrarias a su uso, concluye Lavedán, "no son suficientes para desacreditar y quitar sus grandes dones y virtudes para servicio y salud del general humano". Realmente nuestro autor no tiene palabras para describir las excelencias de este producto y, entre otros ejemplos, lo recomienda para los caminantes, pues "llevando consigo tabaco en polvo tomandolo por las narices de quando en quando, no siente la soledad ni el camino". Es curioso cómo cambia el concepto que tenemos de lo que nos rodea, según nos van indicando quienes (nos) manejan los tiempos. Si a finales del XVIII el Tabaco, como se ha visto, era la panacea para todos los males, y a lo largo del XIX y del XX un elemento propicio para las relaciones sociales, actualmente los que lo usamos, y tenemos intención de seguir usándolo, somos los apestados de la sociedad, perseguidos legalmente por el BOE de 27 de diciembre de 2005. Natalio Benítez Ragel

Ya en estas mismas páginas y en otro tiempo dábamos la voz de alarma de la poca, por no decir casi nula, atención que el lector medio presta a nuestros clásicos. Y no me refiero a los medievales, renacentistas o barrocos, porque eso ya es guerra perdida hasta en los centros de enseñanza; me refiero a esos excelentes novelistas del siglo XIX, cuyas obras pueden ser lectura mucho más divertida y amena que buen parte de las que ahora lucen en los escaparates de las librerías. Galdós es uno de esos novelistas, como lo son Clarín, Valera, Pereda o Emilia Pardo Bazán. Y traigo aquí, a modo de ejemplo (de los muchos que podía poner), una de las primeras obras del insigne escritor canario en una excelente edición de Rodolfo Cardona. El enfrentamiento hasta la muerte entre Doña Perfecta, defensora a ultranza del inmovilismo, y su sobrino, Pepe Rey, defensor del progreso, marca la tensión narrativa de una novela que, insisto, además de enseñar, entretiene. J.L.R.

… Y como no me resisto a perder del todo esa guerra por los clásicos de la que hablaba en la reseña anterior, aquí tenemos a uno de los más lúcidos y definitivos estudios que sobre la poesía de Jorge Manrique se han hecho. Todo el que quiera acercarse con más profundidad a la obra del gran poeta del siglo XV, más conocido por sus "Coplas a la muerte de su padre", tiene que consultar este estudio debido a la lucidez de otro gran poeta, uno de los padres de la Generación del 27, Pedro Salinas, a quien también le debemos uno de los libros más interesantes sobre la "literatura española del siglo XX", así titulado, en el que reunió un buen conjunto de sus artículos dedicados a los escritores del pasado siglo. En este trabajo sobre Manrique analiza Salinas todas las claves de su poesía, centrándose en la tradición mortuoria de nuestra literatura y en los tópicos que la retórica le ofrecía. J.L.R.

Hace escasamente un año salía editado "El motín de La Bounty", otro exhaustivo estudio en tres volúmenes sobre la revuelta en el mencionado velero, y que llevaron a cabo Charles Nordhoff y James Hall. Nada extraño, pues ese hecho histórico periódicamente es revisado por historiadores, directores de cine o literatos, siempre con la pretensión de aportar algo nuevo a una, reconozcámoslo, fascinante historia. Ahora es John Boynes, que tras su indiscutible éxito con "El niño del pijama a rayas", el que se deja atrapar por la historia a la que, hemos de reconocer, le da un nuevo giro que no es otro que mostrarnos al capitán Bligh, y al cabecilla de los amotinados Christian Fletcher algo alejados de los perfiles que obras anteriores nos habían hecho llegar. Novela que se lee con entusiasmo siempre y cuando obviemos que no nos encontramos ante un estudio histórico y sí, más bien, ante una bien urdida novela de aventuras. R.C.P

Descubrí a Manuel de Lope hace escasos años, cuando publicó esos dos libros, a caballo entre la literatura viajera y el estudio antropológico, fruto de su trotar por este país, y que a la postre se titularían "Iberia, la puerta iluminada " e "Iberia, la imagen múltiple". Ahora, años después, me topo con esta novela donde, ya desde la ficción, vuelve una vez más sobre ese asunto que tanto le preocupa, que no es otro que el enfrentamiento de dos mundos : el rural, en retroceso, y el insaciable paisaje urbano. Para ello se vale de Fortes, un ingeniero que por razones profesionales debe trasladarse a un pueblo turolense. Un turbio encargo de su empresa, que le hace viajar hasta Valencia, hace mover a la novela en dos escenarios contrapuestos, y donde la intriga es un aliciente más, que no el único, de un libro que no se olvida fácilmente. R.C.P.

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