Crítica música

El Teatro Villamarta comprueba que "después de los ensayos la vida sigue"

  • El coliseo jerezano acoge a Ingmar Bergman durante casi dos horas de la mano de Emilio Gutiérrez Caba

  • La obra ofrece ochenta minutos de un sueño misterioso y atractivo

Un momento de la representación de la obra en las tablas del Teatro Villamarta. Un momento de la representación de la obra en las tablas del Teatro Villamarta.

Un momento de la representación de la obra en las tablas del Teatro Villamarta. / pascual

El teatro dentro del teatro. El cine dentro de la pantalla. Una fagocitosis endiablada que es muy socorrida y que siempre funciona. No en vano, Ingmar Bergman sabía lo que hacía cuando se decidió a culminar su carrera rizando el rizo de la apuesta por el cine teatralizado. Consiguió que la película fuese su testamento, y después, ésta adaptación al teatro ha conseguido que su legado siga vivo con más fuerza que nunca. Una forma de ver el mundo protagonizada por los actores y las actrices que no se pueden despojar de su vida personal, y en este caso por un personaje en la vejez pero analizando el paso del tiempo desde el ojo crítico de los comediantes y donde la realidad y la ficción se entremezclan tanto, que nunca se sabe a ciencia cierta, qué se es, o quién se quiere ser. Los actores son personas, las actrices más aún. Unos son capaces de encerrarse en su mundo por el solo hecho de justificarse ante la vida; ellas, inteligentes y capaces de entender el mundo de las tablas desde la realidad que casi nunca atrae. Ellos se autoengañan. Ellas se sobreponen. Ellos son vanidosos. Ellas suelen acudir a las mentirosas piadosas. Si a esta mezcla de propuestas se le unen unos personajes creados a imagen y semejanza del autor, una dirección mediada y comedida, y una puesta en escena sobria, el resultado logra enganchar.

El silencio del teatro vacío es el mejor de los compañeros tras los ensayos. El olor a mueble de madera y al de focos apagados fuente de inspiración La visión de ese escenario sin movimientos, la insoportable levedad del ser. La obra hace un guiño a ese actor experimentado que se hace preguntas sobre sí mismo después de los ensayos. Que quiere seguir trabajando pero a la vez le cansa tantas horas de pruebas. Su naturaleza seductora es un hándicap más que una virtud y cuando se queda sin argumentos escenográficos, es cuando la desnudez del ser humano llena la sala. La estructura del montaje se ofrece muy clara, con tres actos anacrónicos en los que se empieza por el acercamiento entre un actor experimentado y una inexperta aspirante, con la seducción por el teatro y el poder social establecido como punto de partida, un posterior desarrollo de emociones y de situaciones donde aparece la madre de ella como antigua amante del actor, donde los chantajes y las maniobras oscuras cobran importancia en una relación embriagada de carnalidad y un sigiloso camino hacia un final inesperado donde la soledad y la miseria del inventario de la vida cobran importancia entre la hija actriz y el actor caduco. Tres personajes cargados de contradicciones perfectamente definidos y ricos en recursos teatrales. Un personaje principal muy complejo, perfectamente discreto y dibujado por un actor de los que saben moverse y transmitir sin esfuerzo. Un actor curtido que, en las tablas y con la ayuda de un bastón, en toda la obra se mueve diseñando diagonales, arrastrando los pies, parapetándose en su mesa de escritorio, y dirigiendo, a modo de batuta, a sus dos partenaires. Dos actrices, efectistas y ricas en registros. Presentes en escena. Presentes en la memoria. Como estatuas sin estar. Todo ello, enmarcado en una escenografía hecha a propósito en tonos decadentes, que quizás sin proponérselo baja la energía de la obra a niveles que intentan asumir el cansancio como imagen. Las actrices, embadurnadas de prodigio actoral, rememorando el pasado, el presente y el futuro. Llenas de inocencia y de crueldad a la vez. Hacen cómplices al espectador en la penumbra de sus siluetas a modo de figuras de porcelana a punto de resquebrajarse. Los colores rojos desnudan al lobo. El rojo pasional en contraposición a los ocres mates del actor-director canoso y aburrido es la apuesta efectista por un vestuario con una carga dramatúrgica especial, que consigue atraer la mirada para dotar de significado los encuentros de cuerpos en movimiento.

Resultó significativo y genial el uso de la proyección inicial y finalSon tres personajes cargados de contradicciones plenos de recursos teatrales

La ambientación decadente con muebles que también son personajes, con nombre y apellidos, cada cual con su historia, quizás más cargada que la temporalidad de las personas. Desnudo el escenario de objetos superfluos. Las voces en off son utilizadas en su justa medida para conocer los pensamientos del protagonista y como transiciones de los tiempos. Los movimientos en boca buscan aire fresco. Los de fondo cobran dureza y misterio. Los matices de los niveles entre los actores dibujan escenas de poder. El ritmo y luz tenue de la obra acaba por transmitir el mundo de la farándula de las cloacas, los entresijos entre bastidores, la crueldad del silencio tras los ensayos, porque los pocos mutis son decisivos, tanto que dotan de nexo argumental a una historia que además se apoya en una iluminación cenital que hace resplandecer los objetos y las personas, y otra importante iluminación de calles que engrandecen los encuentros físicos y las sombras.

Significativo y genial el uso de la proyección inicial y final. El atormentado cerebro de un actor como nebulosa inundando el escenario, asumiendo que el conflicto teatral se inicia subiendo el telón, y cuando cae, se retoma sin miramientos el conflicto de la vida. La vida de los teatreros y el teatro de la vida. Como un sueño misterioso de ochenta minutos.

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