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Vidas del arroyo

  • Errata Naturae rescata la novela más popular de Eugène Dabit, famosamente llevada al cine por Marcel Carné, donde se narran la desolación y la miseria de los suburbios parisinos

Los antecedentes podrían remontarse hasta glorias nacionales como Hugo o Zola, a la moderna epopeya de la clase trabajadora o a los crudos ejercicios del naturalismo, pero sobre todo a estos últimos, dado que los representantes de la llamada littérature prolétarienne no se proponían tanto una impugnación de tonos políticos -de ahí su distancia hacia los escritores de estricta obediencia comunista, que los atacaron duramente- como una fidelísima descripción de su modo de vida. Balzac o especialmente Jules Vallès serían otros tantos antecesores de los autores que, acaudillados por Henry Poulaille, irrumpieron en la segunda y la tercera década del siglo para dar testimonio de la postración del pueblo llano -ouvriers o paysans- del que ellos mismos procedían. A esa escuela pertenece Eugène Dabit, que con su novela Hotel del Norte (1929) logró uno de los mayores éxitos del grupo y su obra más difundida, publicada ahora por Errata Naturae en traducción de Sara Álvarez. Basada en la experiencia del propio Dabit -sus padres regentaron el Hôtel du Nord, situado junto al muelle parisino de Jemmapes, donde él trabajó como portero de noche-, la novela obtuvo amplio reconocimiento por su capacidad para retratar las peripecias de los miserables de entreguerras.

"Ya no somos ni pintorescos. No somos amables ni conmovedores. Cada uno de nosotros, tomado de forma individual, parecería un mal héroe de novela. Es banal y su vida es banal. No escapa jamás al orden como de una miseria vulgar". Tomada de la entonces recién publicada novela de Jean Guéhenno, Caliban parle (1928), la cita preliminar de Hotel del Norte anuncia ya el tono desolado que caracteriza una narración sin concesiones, que muestra en toda su crudeza el profundo abismo que separa de la respetabilidad a "tantas vidas precarias". Por el establecimiento regentado por los Lecouvreur, junto al canal Saint-Martin, deambula toda una galería de seres derrotados, "existencias maquinales irrevocablemente unidas a tareas sin grandeza". Prostitutas o muchachas condenadas a prostituirse, huérfanos o heridos de guerra, obreros encallecidos o encanallados, bebedores terminales, tuberculosos, enfermos de enfermedad o de cansancio, llegados del campo a la gran ciudad en busca de fortuna y las más de las veces confinados hasta la agonía al inframundo de los suburbios.

No deja de ser curioso que Céline le dedicara a Dabit uno de sus más repugnantes panfletos de anteguerra, Bagatelles pour una massacre (1937), pero hay que recordar que el abominable autor de Viaje al fin de la noche, aunque incapacitado para la piedad, había ejercido como médico en los barrios desfavorecidos y conocía bien los ambientes en los que se desenvolvía la clase obrera. En cambio, otro de los escritores que abrazaron con entusiasmo la colaboración con los nazis, el también rabioso antisemita Lucien Rebatet, denunciaría al autor de la versión cinematográfica de Hôtel du Nord (1938), el realizador Marcel Carné, como "un afeminado que debe el éxito de todas esas películas marxistas a los judíos, que adoran a sus héroes, pobres asesinos, putas decadentes, despreciables proxenetas, débiles siempre al borde del suicidio". Como recordaba Alan Riding en Y siguió la fiesta (Galaxia Gutenberg, 2011), el cineasta ya había sido condenado a cavar trincheras junto a la línea Maginot como castigo por su descripción del ejército en Le Quai des brumes (1938), donde Jean Gabin interpretaba a un desertor, aunque luego filmaría la película más celebrada del periodo de la Ocupación -Les Enfants du paradis, estrenada en 1945- con el permiso de las autoridades alemanas. En todo caso, la descarnada descripción de Rebatet -dejando de lado lo que él y otros collabos entendían por una Francia sana- caracteriza bien el ambiente moral tanto de la película como de la novela, de la que la primera es una adaptación muy libre.

En ese "decorado de fábricas, cocheras, finas pasarelas, carretillas cargadas" que forma el paisaje del canal, los personajes son acechados sin descanso por una suerte de fatalidad, aunque al mismo tiempo existe entre ellos "una corriente de simpatía". Dabit describe sus penalidades de forma sencilla pero eficaz, sin melodramatismos innecesarios. Es un mundo a menudo brutal, en el que predominan los sueños rotos y las ilusiones perdidas, pero donde hay también espacio para la honradez desesperada, la evasión pasajera o la dignidad en la derrota. Lo que no hay en la novela, por fortuna para sus lectores, es ese propósito adoctrinador que malogra los posteriores subproductos del realismo socialista. La del autor es una mirada amarga, pero no cruel ni violenta, como la del mencionado Céline, cuya agresividad rayaría lo patológico. Tampoco es tan moderna, a decir verdad, porque de hecho se muestra todavía apegada a una estética costumbrista y lejos del ritmo enfebrecido, salvaje, del infame Destouches. Si acaso, a los lectores españoles puede recordarnos -"El hotel parecía dividido en pequeños compartimentos, como una colmena"- el tremendismo de nuestra posguerra, sólo que en Dabit sí existe esa compasión que echamos de menos en Cela.

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