Teatro Villamarta

La Zaranda riza el rizo del teatro dentro del teatro

  • La ambientación como antigua compañía de varietés consigue que el esperpento sea más fiel que nunca a los ojos de la compañía jerezana

La Zaranda, riza el rizo del teatro dentro del teatro La Zaranda, riza el rizo del teatro dentro del teatro

La Zaranda, riza el rizo del teatro dentro del teatro / Miguel Ángel González

La resistencia de la Zaranda es admirable. Su enorme habilidad para darle una vuelta de tuerca a sus principios teatrales, digna de mención. La capacidad de atracción, una incógnita. No en vano, cada nueva aventura, además de una oda a la dramaturgia esperpéntica, es una apuesta de riesgo hacia lo desconocido. Como bien repiten en escena, se trata de ahondar en los subterfugios del libreto de la realidad tamizada por el mundo de los sentidos, para que sea un paseo celestial por lo antiguo y por lo de siempre, como si de la modernidad se tratase, a modo de últimos coletazos de una forma de entender la escenografía, la iluminación y los figurines como nadie osa ya en estos tiempos. Lo bufón y lo grotesco en la frontera indecisa entre tragedia y farsa, crece con un texto descarnado y desgarrado, con fortaleza vocal y cargado de tragedia, en una odisea de colores que por inquietante nos atrapa como espectadores de las artes, ávidos como estamos de profundidad escénica y pictórica a la vez.

Las ganas de hacer del teatro una forma de entender la vida se derraman por la escena en todos los cuadros. El trabajo de encuadrar la escena hace que se contextualice y a la vez sea el mejor de los escenarios posibles para dilapidar emociones y sentimientos. Los cuadros corpóreos de carne y hueso que son un alegato a los autos sacramentales de todos los tiempos y los pictóricos ensimismados en muchos de los pasajes de esta puesta en escena eminentemente visual avanzan al unísono. Se trata de dotar a la dramaturgia de la capacidad inviolable de dar vida a un cuadro pintado por las manos de unos jerezanos de pro encumbrados a la gloria de medio mundo por los brochazos de autenticidad que se encargan de dar a los lienzos de sus obras. La iluminación de Peggy Bruzual cobra majestuosa importancia para hacer de las estatuas, las poses, los contorsionismos y las figuras humanas, auténticas estatuas de cartón y óleo.

Una imagen de la obra de La Zaranda, representada el jueves en el Villamarta. Una imagen de la obra de La Zaranda, representada el jueves en el Villamarta.

Una imagen de la obra de La Zaranda, representada el jueves en el Villamarta. / Miguel Ángel González

La única manera terrenal de conseguir el efecto trascendente y metafísico que se busca en cada secuencia es el de una propuesta dramática donde las sombras, sean en realidad, la luz que no llegamos a ver, creados con maestría como canal de comunicación de lenguaje no verbal, y donde las pinturas cobran esa vida llena de tinieblas con una luz de acuarelas, óleos o carboncillo, que los personajes trasnochados solo son capaz de emitir ante los ojos de espectadores de museo de la línea pictórica tenebrosa de los mejores pintores de la época. Sombras, escorzos, perspectivas barrocas del mundo en el que viven. Cuadros bohemios donde se parte de un boceto de pintura, pero que durante hora y media los personajes se encargan de dar vuelta por el lienzo para mezclar colores, olores y visiones. Donde las guirnaldas y los trajes de colores remendados cambian de lugar aunque progresen en vez de hacia mejor, hacia atrás, a las mismas emociones de las que huyen por culpa del abandono. Personajes autocastigados que cambian de forma, se agachan, hacen poses, bajan a la parte de abajo del cuadro, suben para adueñarse del borriquete, aportan cambios a los laterales de la obra y suelen mostrarse cansados y sin movimiento, para seguir siendo disfrutados por la masa de entendidos de pinacotecas que acuden a ver sus exposiciones, disfrutando de la enorme corrección de la

iluminación anterior, posterior y cenital, y sobre todo, del acusado nivel de equilibrio de colores, siempre encaminado a potenciar la expresividad del actor en escena y a dotar de registros y subregistros a los efectos subliminales de las percepciones de actores y de la dinámica de escena.

La propuesta, cómicos de varietés desprovistos de las musas. El conflicto, el entierro en vida del teatro de pasión a cambio de los números y los beneficios del teatro comercial. La propuesta visual, la del envejecimiento y la pérdida de vitalidad de las personas. El epílogo, la mentira de la vida y aún más la del teatro al ser una mala fotocopia de la existencia. Eso sí, los bajos fondos del teatro son la mejor y más segura manera de presentar los movimientos actorales que se dibujan entre los resquicios de un teatro desvencijado y cadavérico. Los puntales en que se asienta la escena están en volandas permanentemente, las mesas, las escaleras, las perchas, los vestidos mugrientos, las ratas de entrecajas, la suciedad irrespirable y el mal olor hacen, que los cinco sentidos sean protagonistas y que las caricaturas alcancen la categoría de muertos vivientes incluso con el beneplácito de las propias almas en pena que se agarran a un palo ardiendo con el fin de poder sentirse vivos por última vez en sus vidas. Una oda a la memoria del teatro de toda la vida, con cambios de vestuario y utilería a vista, con mutis inacabados pero, sobre todo, con un uso de los objetos como escenografía mecánica y milimetrada dotados de capacidad emocional, geométrica y transmisora de roles encadenados al temperamento de cada situación dramática. Un acierto la inclusión de dos grandes actrices y un Gabino Diego, que aportan frescura y novedad expresiva a lo archiconocido de siempre, a pesar de que las señas de identidad las clavan Gaspar, Enrique y Paco, haciendo que el resultado sea más luminoso, colorido y difuminado en el mundo del efecto del siempre más de lo mismo que el grupo sabe que tiene como seña de identidad.

La ventriloquía como efecto de expresión corporal hace de la obra un hecho diferencial. El títere controlado por el gran hermano. Todas las metáforas de la hora y media de espectáculo se pueden aunar en esa. La mano que mece la cuna es invisible. Los seres humanos se dejan engañar. Los comediantes saben de sobra dejar manejarse por las cuerdas de los títeres. La mentira es la mejor aliada para el autoengaño del estómago y sobre todo del cerebro. Desde los golpes iniciales con una fregona mugrienta hasta el saludo final dando la espalda a la realidad, y pasando por la tragicomedia más variopinta de unas cabareteras desahuciadas conteniendo ira por su destino, todo se puede reducir a eso que dominan a la perfección que hace que el espacio escénico ahogue las penas por el mero hecho de poder poner en escena la serie de miserias de las que todos somos conscientes pero que nunca afrontamos. Una nueva colección de retratos de personajes, de bodegones de la baja Andalucía y de acrílicas de las miserias encerradas en cuatro paredes, la de las aristas del lienzo de la Zaranda, los bohemios de la pintura esperpéntica hecha teatro.

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