cine

En brazos del xenomorfo

  • Hoy llega a las salas 'Alien: Covenant', la nueva entrega de la saga espacial, con Ridley Scott a los mandos y todas las expectativas en juego

La historia de la iconografía popular del siglo XX contiene, como ya se sabe, relatos de idas y vueltas a menudo inadvertidos. Y entre ellos, una perla: seguramente, Alien nunca habría llegado a hacerse realidad de no ser por Salvador Dalí. El pintor catalán fue reclutado por Alejandro Jodorowsky en 1975 para interpretar al emperador Shaddam IV en la adaptación nunca rodada de Dune, la novela de ciencia-ficción de Frank Herbert, finalmente llevada al cine por David Lynch en 1984. Para aquella producción monumental finalmente truncada por falta de financiación (nadie se atrevió a poner un dólar para producir locura semejante) cuando ya se habían comprometido también a figurar en el reparto David Carradine, Orson Welles y Mick Jagger, y cuya banda sonora habría de correr a cargo de Pink Floyd y Karlheinz Stockhausen, Jodorowsky dejó la dirección artística en manos del dibujante de cómics Jean Giraud Moebius, quien se convirtió a partir de entonces en aliado creativo esencial del chileno. Pero fue Dalí quien llamó la atención a Jodorowsky sobre H. R. Giger, un escultor suizo que tenía fascinado al tótem del surrealismo. El director lo contrató y Giger empezó a intervenir en el storyboard con sus diseños febriles, entre ellos unas figuras humanoides con cabezas en forma de pene; nada hay confirmado al respecto, pero tampoco sería de extrañar que Salvador Dalí (quien aceptó trabajar como intérprete a cambio de ser el actor mejor pagado del mundo, una cláusula que luego copió Marlon Brando en Superman) tuviera algo que ver en la inspiración de tales criaturas. La cuestión es que cuando Ridley Scott recurrió a Giger en 1978 para Alien: el octavo pasajero (cuyo guión escribió Dan O'Bannon, autor también de la adaptación textual de Dune para Jodorowsky), el suizo decidió recuperar aquellas figuras de cabezas tan viriles para la nueva película. De hecho, los primeros bocetos de la criatura presentaban una anatomía mucho más humana que la que finalmente prevaleció, con una cabeza en la que la forma de pene también era mucho más explícita (tal vez para equilibrar, Giger confirió a la larva abrazacaras, responsable de inocular los parásitos en los organismos incautos, el aspecto de los genitales femeninos). Dicho esto: por más que Prometheus (2012) significase uno de los estrenos más decepcionantes de la historia del cine ante la posibilidad de volver a ver a Ridley Scott al frente de Alien, hoy llega a las salas Alien: Covenant, filme que sirve de puente narrativo entre Prometheus y El octavo pasajero, también con Scott a los mandos. Y aunque las expectativas, según dejó bien claro Holden Caulfield, siempre sean un asco, Alien es Alien. Nuestro xenomorfo favorito. Posiblemente el producto de la imaginación que mejor ha encarnado las pesadillas de su tiempo.

Katherine Waterston, Michael Fassbender (que repite tras su intervención en Prometheus con el mismo papel sintético, aunque desdoblado, lo que apunta a un interesante juego dramático), Demián Bichir y Danny McBride integran el reparto de la nueva entrega de la saga, en el que igualmente figuran otros ases como Noomi Rapace (a la que también se pudo ver en Prometheus, en una impactante escena en la que su personaje se practica un aborto para extraerse el parásito) y James Franco. La acción se sitúa treinta años antes de El octavo pasajero, cuando la tripulación de la astronave Covenant llega al mismo planeta que había servido de destino a la Prometheus en su búsqueda de los orígenes de la humanidad, sin saber lo que le espera en el aparentemente idílico territorio alcanzado. Sin tirar excesivos cohetes, la crítica se ha mostrado hasta ahora bastante más favorable a Covenant que a Prometheus, aunque sólo sea porque el filme contiene, ahora sí, lo que todo fan de Alien iría a buscar. Los diversos trailers viralizados acentúan el tono terrorífico y sangriento, tal y como había prometido Scott, aunque tampoco faltan apuntes de humor como un homenaje al almuerzo que tan caro le costó al recordado John Hurt en El octavo pasajero. En lo argumental, cabe esperar que el filme resuelva definitivamente (o al menos aporte suficientes pistas) la función de los Ingenieros y explique la presencia de una de sus naves estrelladas en el comienzo de la primera película de la saga. Aunque seguramente esto sea lo de menos: aquí lo principal es recuperar la emoción de estar allí. La que permanece intacta desde el estreno de 1979.

Precisamente, la decisión de Ridley Scott (a quien se le espera en Málaga este verano para el rodaje de The Cartel) de volver a ocupar la silla de director para su Alien, después de negarse en todas las secuelas que siguieron a El octavo pasajero, tiene su razón última en Covenant, así que habrá que comprobar si valió la pena (conviene recordar que el Scott que a sus 80 años se muestra tan activo ha dejado los honores a un realizador tan solvente como Denis Villeneuve para Blade Runner 2049). Ahora que parece que Neill Blomkamp ha desistido definitivamente de seguir adelante con Alien 5 (proyecto para el que creó unos espectaculares diseños), todo apunta a que será Ridley Scott quien se reserve la última palabra. Mucho más allá de sus comparaciones con otros clásicos de ciencia-ficción y de su hálito terrorífico, Alien: el octavo pasajero es, ante todo, una película sobre el poder del cine a la hora de crear mundos y trasladar al espectador a sus dominios. Alien: Covenant llega con la lección ya bien aprendida, pero debería servir, al menos, como reivindicación de la gran pantalla. Crucen los dedos.

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