Cultura

La desnudez del emperador

  • El CAAC muestra hasta noviembre una serie de vídeos y esculturas de Rodrigo Martín Freire que socavan con ironía toda justificación posible de las espirales de violencia de la geopolítica

La imagen de una ciudad la construye mejor el cuerpo que la vista. El ir y venir de cada día, los encuentros fortuitos o los itinerarios improvisados descubren la ciudad, la hacen, mientras el panorama, las vistas desde enclaves privilegiados o los sitios diseñados para admirar o seducir a la mirada suelen ofrecer sólo imágenes ya hechas, listas para el consumo, prestadas.

Es el cuerpo el que poco a poco, midiéndose con el entorno, descubre, al caminar, las escalas de la ciudad, sintoniza con sus ritmos, y mediante encuentros reiterados, adquiere enclaves propios que comparte con otros. De este modo, espacios que eran indiferentes, anónimos, van adquiriendo un nombre, hasta convertirse poco a poco en lugares. Es un proceso casi de sedimentación en el que sucesivas generaciones urbanas, actúan de modo casi geológico, modelando los espacios de la ciudad. Puede que después planificadores o ideólogos, encaramando a héroes o santos en pedestales más o menos solemnes, intenten sancionar esos lugares, pero ni las hazañas de aquél ni los fervores de éste los han constituido: los hicieron día a día el gesto y la palabra de ciudadanos anónimos.

En esta dirección pensó inicialmente Rodrigo Martín Freire (Sevilla, 1975) 4º de juegos, la pieza depositada en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) que ahora se expone en una de sus salas. Los dos barcos, Tritón y Falcón, querían ser una alusión crítica a cierto modo de pensar el arte público. Frente al monumento, bloque de material que, con o sin figura humana, repite siempre la misma historia, los barcos, fusión degradada de armas y juguetes, ofrecían al transeúnte la posibilidad de quitar o añadir en ellos cuanto les pareciera. Promoverían así un intercambio, signo del modo por el que los habitantes de la ciudad, como dijera hace años Henri Lefebvre, la hacen suya.

Quizá algún temeroso del desorden desconfíe de este modo de concebir el arte. Pero el lugar en la ciudad suele ser más proceso que producto, y en cierto sentido ese es además el destino de toda obra de arte: ¿son Las Meninas hoy las mismas que pintó Velázquez? ¿No habrá que añadirles las ideas que despertaron en Goya, Picasso o Buero Vallejo?

Pero volvamos a 4º de juegos tal como hoy se muestra en la Cartuja. En el recinto previo advertimos dos cosas: la cuidadosa preparación del proyecto y la trabajada elaboración de la obra. Un vídeo muestra, en efecto, cómo Martín Freire rodea la pieza, añade, quita, modifica, altera, subrayando así la idea de obra en proceso. Pero la construcción de la pieza no se ha dejado al azar, sino que responde a un proyecto cuyo trazado, detalles y particulares pueden verse en esa misma antesala y valorar su exactitud, medida y cálculo.

El resultado de todo ello es la consistencia de la obra. Si pasamos a la sala de exposición, comprobamos que los dos barcos y cuanto les rodea (¿barreras o residuos?) poseen la principal característica de la escultura: la capacidad para crear espacio. La obra es un objeto y como tal, es un cuerpo que opone resistencia a otros cuerpos. Por eso hay que recorrerla, rodearla y medirse con ella. Así la obra muestra su espacio: desde ese entorno, se establecen con ella relaciones que terminan por interpelar al espectador. Al hacerlo, la pieza añade, a su condición de escultura, su índole de obra de arte. Una obra no se deja encapsular, como un insecto, en una palabra o un nombre, ni reducir a una frase ingeniosa. Al contrario: despierta una intriga. En este caso, el enigma lo suscitan las ambigüedades y equívocos de 4º de juegos. Puede parecer demasiado infantil para ser una obra de arte pero demasiado cuidada formalmente para tratarse de un juguete. Los dos barcos ¿están encabalgados en una acción bélica o abandonados en algún vertedero? ¿Son una ironía hacia el juguete bélico o un dedo acusador contra el juego de la guerra? ¿A qué cuarto de juegos alude? ¿Al de niños, educados aún en el militarismo, o a ese otro juego de cálculos, el de la geopolítica, cuyas acciones, brillantemente programadas, las pagan con la vida miles de inocentes?

Cien años atrás, en septiembre, comenzaba la batalla del Marne. De la crueldad de aquella guerra dan fe los más de ocho millones de personas sacrificadas en aras del Estado-nación. Hoy sorprende que sólo un puñado de pensadores, escritores y artistas denunciaran semejante monstruosidad. La gran mayoría razonaba, sí, pero manteniéndose dentro de la lógica de la guerra, ya fuera por razones de estado o por la peregrina idea de que mejoraba y purificaba a la humanidad. Hoy tales retóricas no cotizan al alza pero la geopolítica sigue justificando espirales de violencia. ¿Qué pueden obras como las de Martín Freire frente a semejante sinrazón? Algo nada trivial: provocar la sonrisa. El humor suele siempre mostrar la desnudez del emperador más ambicioso.

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