Cultura

Sobre la extrañeza

Con evidente exageración, Luis Alberto de Cuenca se refiere a estos cuentos como "bombas de relojería", "enhebrados con una sabiduría digna de Saki, de Villiers, de O'Henry, de Maupassant, de Bierce". También refiere el eminente prologuista la vinculación de estos relatos con una tradición hebraica que principia en Kafka, pero también en Singer, en Meyrink, en Bulgákov, en Leo Perutz, en el britanizante Borges o en el Apollinaire de El Heresiarca & Cía. Dicha tradición podría definirse como la tradición del rito y la extrañeza, y cuyo éxito radica en observar la realidad como una subespecie de lo monstruoso. Así lo hizo Kafka convirtiendo a Gregorio Samsa en un desmesurado escarabajo; y eso mismo nos trae El Golem de Meyrink, confundiendo la vigilia y el sueño en un todo laberíntico, difuso, inextricable.

Como Borges, Gabriel Sofer abusa de la incongruencia (La esperanza, Los cuerpos del tiempo); como Kafka, sumerge lo anodino en una bruma delirante. Ya hemos dicho que De Cuenca pondera en exceso estos relatos, cuya variedad corre pareja a una desigual fortuna literaria. Sin embargo, existe un fondo de originalidad, de tradición bien asumida, que da la razón al prologuista. Si el rito hebraico fascinó a Borges, si la ordalía tribal y la costumbre atávica cruzan sus cuentos, fue porque postulaban un diverso concepto del mundo. Esto es, del tiempo. De igual modo, el mundo que se apronta en Perutz o Bulgákov se nos presenta como hecho cuestionable y enigma degradado. Esta misma condición enigmática, ilusoria, espejeante, es la que subyace a los relatos de Al final del mar. Relatos donde la Historia (la Nueva España, la Sevilla de 1391, la Armada Invencible, la Europa de los años 30) acoge lo extravagante, lo inesperado, lo imposible, y donde el hombre es apenas un minúsculo afiche en manos de lo insondable. Si el XX utilizó el pasado para auscultar lo humano, el XIX buscó en el Medievo un sumidero donde explorar lo terrible. Para Kafka, sin embargo, lo horrible, lo maravilloso, lo inverosímil, era ya la realidad de cualquier oficinista. Esta cotidiana irrealidad es la que vive, a veces de modo memorable, en Al final del mar. Lo incierto y lo vulgar, las vidas improbables que atesora una vida, en apretada danza.

Gabriel Sofer El Olivo Azul. Córdoba, 2009. 128 páginas. 15 euros.

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