Crítica de Cine cine

La metáfora, sólo en el título

El rumano Cristi Puiu regresa a los cines con 'Sieranevada'. El rumano Cristi Puiu regresa a los cines con 'Sieranevada'.

El rumano Cristi Puiu regresa a los cines con 'Sieranevada'. / d. s.

Valor seguro del circuito festivalero de una década a esta parte, el rumano Cristi Puiu (La muerte del señor Lazarescu, Aurora) viene dilatando los tiempos y estirando sus historias cotidianas como -por lo visto, efectivo- método discursivo y seña de identidad estilística y metafórica de su cine y del de muchos de sus avispados colegas compatriotas en una renacida, exitosa y exportable nueva ola.

Sieranevada encandiló a los programadores y a la crítica en Cannes 2016 con una nueva vuelta de tuerca a la fórmula longplay y con un retrato de la sociedad rumana y sus distintas generaciones superpuestas que se nos antoja más bien antiguo y poco estimulante en su imposición del rigor formal (escenas largas, planos secuencia, cámara funcionando como dispositivo observacional, ritualización y valor del espacio off, etc. etc.) a unos materiales, a saber, los propios de ese esquema dramático que los teóricos pedantes llamaron el "cronotopo del banquete distópico", perfectamente interpretables en cualquier clave cultural (de la Rumanía post-Ceaucescu a la España de Berlanga) en su disección de los roces y cuitas familiares como trasunto moral, político y psicoanalítico de la sociedad en plena (y forzosa) reunión en un espacio único y cerrado.

Así, más allá de su prólogo y de una escapadita al aire helado de la calle para poner en crisis a la pareja y a la masculinidad tambaleante, todo en Sieranevada transcurre en las distintas habitaciones de un pequeño piso donde entran y salen, se mueven y desplazan, hablan y callan padres, hijos, hermanos, cuñados, tíos y suegras que intentan, como pueden, recordar y honrar el espíritu del patriarca muerto (¿otra metáfora?), sin poder evitar que por sus bocas y en sus conversaciones aparezcan, cómo no, la nostalgia del viejo régimen, la banalidad del presente neoburgués, la geopolítica de andar por casa y, en el espejeo de cualquier otra reunión familiar multitudinaria que se precie, una buenas dosis de cuñadismo en esencia.

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