Cultura

¿Algo nuevo bajo el sol?, la escuela en el Jerez del Siglo de Oro

La ciudad de la historia

EL reciente comienzo de un nuevo curso escolar puede servir de excusa para hacer una visita a las escuelas del Jerez de hace cuatro siglos que nos haga reflexionar, desde la atalaya de la Historia, sobre el camino recorrido por la Educación.

Es difícil precisar el número de escuelas con que contaría Jerez en aquellos años 'áureos'; el oficio de maestro era una actividad lucrativa más de la urbe, y como tal, expuesta a la oferta y a la demanda y a las distintas circunstancias que conlleva -igual que hoy- poner en marcha un negocio. Pero desde luego, y pesándonos disentir de Hipólito Sancho, aquel maestro contratado como amanuense por el cabildo municipal de fines de siglo XVI no era el único de la ciudad. La destacada magnitud económica y social que alcanzó Jerez a lo largo de este siglo así lo requería y posibilitaría.

Pero, ¿qué era lo que se enseñaba y cómo? Pues ni de Geografía ni de Historia se hablaba en estas escuelas. Esto quedaría para los ayos de la más alta nobleza. O para maestros eruditos como Miguel Díaz, de cuya inédita obra histórica sobre Jerez nos ocuparemos en otra ocasión. Bastaba -y de sobra- con saber leer, escribir y las cuatro operaciones aritméticas. Y por supuesto, y por encima de todo, la Doctrina Cristiana, pilar sustentador de aquella sociedad. Los materiales didácticos apenas iban más allá de las cartillas para aprender a leer o de las muestras de escritura elaboradas por el docente, que el alumno debía copiar.

Sin embargo dentro de este 'currículo base', podían darse diversos niveles o calidades de enseñanza, que dependían tanto de las posibilidades económicas del padre del alumno o de las intenciones que tuviera con el futuro de su vástago, como de las capacidades del maestro. Maestros que, en no pocos casos, improvisaban una profesión sin regulación alguna en nuestra ciudad hasta principios del siglo XVII. No era raro encontrar barberos, estudiantes, zapateros o sastres que compaginaban ambos oficios. Algunos, incluso, formalizando notarialmente su labor mediante un contrato.

Estos contratos de enseñanza permiten conocer los rasgos generales de la escolarización en esta época, así como sus distintas singularidades. Un ejemplo puede ser el protocolizado el 10 de junio de 1568 por el que el jurado Cristóbal Martín ajustaba la enseñanza de su hijo Luis, de 10 años de edad, con Alonso de Cuenca, maestro vecino de la collación de San Dionisio. Cuenca se obligaba a "enseñar a leer en un libro y en una carta y escribir una buena forma de letra para que pueda entrar a escribir en un oficio de escribano y contar y sumar y restar e multiplicar y particiones", en un tiempo de dos años y por un precio de 5 ducados.

Otras veces, en vez de acudir a la escuela, el niño, normalmente huérfano, entraba al servicio o pupilaje del maestro. Este fue el caso de Gabriel de Baena, a quien su 'guardador' o tutor ponía en 1578 en 'casa y servicio' del 'maestro de doctrina' Pedro Vázquez, vecino de la calle Santa María. El maestro se obligó, además de enseñar al mozo las 'Primeras Letras', de darle "de comer, e beber e casa e cama e lavarle la ropa e tratarlo conforme a sus calidades" y a emplearlo sólo en "servicios honestos". Todo ello por un precio de 16 ducados, más o menos lo que de media solía costar, por ejemplo, el arrendamiento anual de una casa mediana.

Las distintas calidades de enseñanza se evidencian en los contratos tanto por el tiempo de aprendizaje como en el precio de éste. En 1625, Martín Guerrero, avecindado en la calle Santo Domingo, concertaba su magisterio en un plazo de dos años y por un precio de 5 ducados y dos gallinas. En cambio, sólo tres años más tarde -en 1628-, el licenciado Luis de Malaguilla concertaba por 16 ducados los tres años en que el hijo del veinticuatro Felipe Zarzana estaría bajo su tutela. Algo menos -14 ducados- fue lo que Antonio Laureano cobraría, en 1638, por tener en su escuela de la calle Corredera, "todo el tiempo que fuese menester para la dicha enseñanza", a Diego de 5 años de edad e hijo del linajudo caballero santiaguista Miguel de Fuentes Pavón.

Los pagos normalmente se fraccionaban según tiempo fijado para el aprendizaje o según el alumno culminaba alguna fase de éste. Si pasado el plazo pactado el maestro no culminaba su tarea se comprometía a su costa a seguirla o pagar a otro maestro que la terminara. Es curioso que en muchos de estos contratos, los padres se obligaran a la asistencia de sus hijos a la escuela, donde estarían tres horas, mañana y tarde, y de lunes a sábado. Las vacaciones se reducirían a los días y periodos festivos más importantes.

En estas escuelas, que no pasaban de ser una habitación mejor o peor acondicionada dentro de la casa del maestro o, en el mejor de los casos, en una accesoria a ésta, se reunían personas de todo género, desde el niño pobre que sólo aprendía a leer a aquellos más pudientes que concertaban todo el curso de las Primeras Letras. Podía suceder, como sabemos que ocurrió en la escuela de la plaza de la Yerba del licenciado Malaguilla, que un hijo de un veinticuatro -el citado Zarzana- compartiera banco con el de una tendera montañesa. Aunque habría escuelas y escuelas.

Poco impacto tuvo la acción asistencial del colegio de los Niños de la Doctrina en el panorama educativo local. Establecido a mediados del XVI bajo el patronazgo municipal, cerró un siglo después bajo el persistente desamparo económico. Habrá que esperar a las iniciativas particulares del siglo XVIII para que la atención educativa gratuita sea una realidad en Jerez.

En cuanto a la enseñanza femenina, se restringía al aprendizaje de las labores de costura, y más raramente a leer, con una maestra de 'amiga'. Por regla general, mujeres que aprendieran a tomar la pluma sólo se encontraban en los conventos o en algunas de las casas de la nobleza local. En el aristocrático Jerez, no escasearon.

Fuentes:

Archivo de Protocolos Notariales de Jerez de la Frontera: tomo 518bis, f. 468; tomo 683, f. 168; tomo 1364, f. 479; tomo 1420; tomo 1542, f. 406.

Fco. Antonio García Romero

Centro de Estudios Históricos Jerezanos www.cehj.org

Juan A. Moreno

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