Cultura

De paso

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SUELO escribir de madrugada, aprovechando que, a veces, me desvelo antes de la hora marcada en la alarma del reloj. Hace unos días me pasó y empecé a hacer algunas anotaciones sobre el museo arqueológico en un cuaderno que casi siempre me acompaña donde escribo y dibujo. Tenía, por cierto unos dibujos preciosos, algunos de proyectos que no reconocí. Más tarde desperté y caí en la cuenta de que no tenía cerca el cuaderno y de que lo había soñado todo. Las anotaciones de aquellas ideas no estaban registradas en ninguna parte ni me acordaba de lo que había pensado. Y los dibujos estupendos no habían existido, desafortunadamente. Así que empecé de cero una vez bien despierto.

El Museo Arqueológico es uno de los tesoros con que cuenta esta ciudad. Es como un gran cofre en el que se depositan los hallazgos que se van produciendo, esos pequeños retazos del pasado que de vez en cuando van apareciendo. Con extremo mimo, los trabajadores de la institución se dedican a estudiarlos, catalogarlos, recomponerlos, limpiarlos y, en su caso, prepararlos para ser contemplados por los visitantes del mismo.

La historia de la ciudad es un como un gran puzzle cuyas piezas van encajando. No hay una sola imagen final porque a lo largo de la historia la ciudad ha sido modificada según las necesidades de cada época. A medida que pasa el tiempo, las aportaciones desde distintos frentes, historiadores, eruditos y demás investigadores, van completando la imagen esquiva de un pasado que no deja de ampliarse con el paso de generaciones sucesivas.

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