Cultura

'El régimen del pienso', la poética de La Zaranda en estado puro

  • Los innumerables recursos teatrales de la compañía jerezana afloran al servicio de una forma de diseccionar una nueva tragicomedia en el Teatro Villamarta

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La Zaranda en estado puro. Es el mejor ejemplo del teatro situado en los dos extremos, en el de sumar adeptos a la causa o el de engordar la lista de críticos con sus formas y sus maneras. En esta nueva propuesta, son fieles a sus principios y enarbolan la bandera del estilo propio más que nunca. La experimentada intencionalidad de su lenguaje teatral es la base de la puesta en escena. Sus movimientos, sus entonaciones y sus propuestas escénicas nos resultan ya familiares. El uso de los objetos en el escenario es más metafórico que nunca, la enorme capacidad para crear un ambiente melancólico, mucho más comprimido que en otras ocasiones y los personajes desgarrados que nos ofrecen desde hace años más auténticos que casi siempre.

En un inicio, el encuentro del espectador con el escenario es a corazón abierto. Tanto el del ávido espectador de emociones que le zarandeen, como el del grupo de actores, zarandeándose y devanándose el cerebro sentados y a la expectativa. El trío calavera de los últimos años esperando sin sentido el devenir de las circunstancias. Telón arriba y su utilería sencilla y reciclable pululando en todos los ejes del escenario, con hierros rectangulados a modo de archivadores fríos, con inmundicias varias acomodadas y la misma parafernalia de los flashes visuales que ellos suelen usar con maestría. Llama la atención unas pocas lámparas metálicas flexibles dispuestas como fieras en proscenio apuntando hacia el fondo del espacio, unas cuerdas multiformes sujetadas en vertical asemejando el cablerío que nos controla, archivadores esparcidos por la pocilga y la sutil presencia de unos actores vestidos de doctores veterinarios a la espera de acontecimientos. El resto de las tablas, limpias, con espacios abiertos, sin limitaciones en la escenografía, con accesibilidad y con una disposición aparentemente sencilla pero que invita a prever movimientos en los minutos del espectáculo. La primera escena se define sola, es una declaración de intenciones, pues el juego de palabras y el diálogo de sordos inicial plantea la trama en base a la capacidad del verbo pensar como función superior del ser humano o quizás como las más bajas de las pulsiones animales. El pienso como complemento, la palabra como objeto, la función cerebral o el alimento de las pocilgas. La autopsia de congéneres, la mezcla entre personas, la supervivencia de funcionarios y los despojos de cerdos adocenados son las primeras anotaciones para ir conociendo las circunstancias inmediatas en que se mueven los personajes entre el barro de la sinrazón.

Los enlaces entre cuadros son dinámicos, dentro del ritmo tragicómico de zaranda que les caracteriza, con un uso espectacular de las estanterías vacías de hierro creando ambientes imaginarios con sus propios movimientos corales, con una especial ceremonia de lámparas metálicas plateadas con bombillas cálidas móviles como iluminación de las cloacas del interior de cada ser humano, con un continuo ir y devenir de archivadores sin sentido y una tintineante amalgama de maquinas de oficinistas en serie y como siempre, con piezas musicales escogidas en la línea de los andantes, los pasodobles y los cantos gregorianos para hacer posible la levitación de emociones entre diálogos. La evolución de la obra desarrolla una trama entre alegórica y ceremonial sobre la hipocresía del ser humano viviendo como cerdos, muriendo con ellos y a la vez deteriorándose en ellos. Se atreven a transformarse vistiéndose en el propio escenario, a modo de performance, tanto como payasos, científicos, oficinistas, inspectores de las gabardinas frías de siempre y como de cerdos. Una simbiosis perfecta entre el animal racional y el magro, con caretas incluidas donde, de estos cerdos, se pueda aprovechar todo, desde las orejas hasta el rabo y con el agravante de recurso dramatúrgico en el que siempre se respira en el ambiente la enorme coincidencia entre el ADN de ambos. El epílogo es más audaz, sostiene el sarcasmo de la ciencia sin capacidad curativa pero con el añadido mortal de ser capaz de acabar con la vida desconectando el cable adecuado.

A nivel actoral, añadir la sorpresa agradable y la enorme carga de expresividad de Javier Semprún, como "invitado" de lujo a la enorme actuación de Gaspar, Paco y Enrique. Tan mimetizado en todo, que es uno más, aportando siempre, en aras del trabajo coral y armónico de cuerpos en continua conjunción y personajes que beben siempre uno de otros. Juegos visuales ricos y, lo que es más duro, permanentes. Mayor uso de luces de calles laterales que en otras ocasiones y una curiosa forma de captar la atención a medida que el desarrollo se hace cada vez más putrefacto en cuanto al ambiente creado en cárceles, mármoles o camillas de disección. La gris maquinaria social que se come al corazón. Lo absurdo hecho personajes, escena y texto. Magia en los contoneos del cuerpo. Ternura en los diálogos. Ritmo melancólico. Paseíllos ceremoniosos. Cambios de escenografía a la vista y limpios. Muchos recursos teatrales. Un canto a los cinco sentidos.

Es sin duda, una de las propuestas más arriesgadas del grupo de Andalucía la baja, por el propio libreto y por las limitaciones estructurales del nudo argumental. Una buena forma de tratar la decadencia y la insensibilidad humana hacia el animal más guarro por excelencia y hacia sí mismo, sin dejar el denominador común del estudio irónico de la existencia. Se acerca más a la realidad de los bajos fondos, de los establos y las pocilgas. Al hedor de las malas ideas y de la podredumbre de espíritu. Al sabor amargo del estoicismo. A la insoportable levedad del ser. Al laberinto de las emociones y al sinsentido del poder decidir sobre la vida y la muerte de los demás. No solo se puede percibir el olor que quieren transmitir, sino también el sabor agridulce, la mirada penetrante, el sonido implacable de la burocracia y el tacto en el pellizco de los cinco sentidos, aderezados con la disección peculiar que estos comediantes hacen de su forma de entender el teatro, de su forma de entender la vida.

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