en un mundo raro

El retrete 2.0

El retrete 2.0 El retrete 2.0

El retrete 2.0

Querido Enrique, saludos desde Osaka, de donde te escribo cuando me dejan tranquilo los tifones y los terremotos. El viaje ha sido horrible, me tocó en el avión al lado de una señora gorda que no dejaba de moverse, una pesadilla. Menos mal que me traje las pastillas para dormir que me recetó el médico. Me tomé dos y me olvidé de mi vecina de asiento: diez horas durmiendo del tirón. Llegamos aquí al amanecer y entre una cosa y otra, no llegamos a la ciudad hasta el mediodía.

Una vez aquí, me he dado cuenta de que la gente que habla de Japón no dice más que tonterías. Esto no es tan raro como decían. Sí, es cierto que todo el mundo tiene los ojos rasgados, y que en los taxis hay pañitos de crochet, pero tampoco es para tanto. Todo está muy limpio, y la gente es muy simpática. Eso sí, entenderme con ellos, hasta poco. Esta tarde entramos a comer en un sitio, y menos mal que la carta tenía fotos, porque si no, me tomo el té verde bebido. Lo de esta noche ya ha sido el remate. Como de película. Te sentabas en una barra y había una cinta transportadora que llevaba los platos con la comida y tú cogías el que querías, pero además al lado tenías una tablet, y desde ahí podías pedir cosas que no pasaban por la cinta (era todo sushi). Cuando te ibas, te miraban los platos, y ya sabían qué cobrarte. Lo que nos quedará por ver.

Por cierto, que lo de lo del tifón no es broma. Llueve y hace un viento, que es para no salir del hotel, pero ya que está uno aquí… Pero además, todo está lleno de túneles y soportales, así que puedes moverte por las calles sin mojarte. En cuanto a Osaka, bonito, bonito, no es. Sí, mucho rascacielos y un río muy grande, ah, y un castillo muy alto, como el de Takeshi el de Humor Amarillo, con un foso y unos muros muy imponentes, pero vamos, que lo reconstruyeron en 1929 después de un incendio. Lo demás, todo nuevo. Hay un mercado curioso, donde venden unos pescados muy raros y muy caros. Todo tiene muy buena cara, en especial el marisco, pero a unos precios… Hay también un barrio de tiendas de tecnología y otro de tiendas de frikis que están pegados. Fui allí para comprarle a Adrián el Godzilla que me pidió, pero ya te contaré. Qué disparate, había muñecos de todo tipo, menos de Godzilla. ¿Tú te crees? Yo creía que era un símbolo nacional, como allí el Toro de Osborne, pero de eso nada. Además, cada tienda, a cual más rara, igual que las tías, que van por la calle vestidas de personaje de manga. Pero tías mayores. Como si fuera carnaval.

Pero para raros, los retretes. Con eso me he quedado de una pieza. Tú dirás, ¿qué puede tener de raro un retrete, si son en todos lados iguales? Pues no, estos tiene al lado un brazo, como si fueran un sillón manco, pero no te creas que es para agarrarte si te coge allí sentado un terremoto. Que va. Se trata de un accesorio tecnológico con diferentes botones, a pulsar según la circunstancia. Vamos, el "Cyber W.C" o como se digan esas cosas modernas.

Para entenderse, cada botón tiene un dibujo y unos kanjis, que son como las letras aquí en la tierra nipona. Tú sabes que yo de japonés, no tengo ni idea. Sí, lo de sayonara, konichiwa y jumanji (bueno, creo que esto es swahili), pero poco más. Así que no sé si allí pone "cerezo en flor", "Monte Fuji" o "pulsar en caso de emergencia". En cuanto a los dibujos, pues poco más o menos igual. Claro, claro, no te queda nada, así que por si acaso, a mí no se me ocurrió tocar mientras lo usaba. Menos mal que la cisterna va por un pulsador analógico, que si no me veía llenando cubos.

Pero, como tú te puedes figurar, yo no me iba a venir sin darle a los botones. Así que nos metimos en el cuarto de baño, y por poco me da algo de la risa. El botón del dibujo que parecía un culo (y que tanto me extrañaba) era en realidad una fuente que se abría en dos curvas, pues salía un chorrito apuntando allá donde dijimos, como para limpiarte sin papel. Lo más grande era que la rueda de al lado, regulaba la intensidad, con tres niveles: chorro, chorrito, y chorrazo. Así a simple vista, este último tenía hasta que doler, porque parecía un caño de los del monumento de la plaza del Arenal. Quizás por eso estaba el botón del cuadrado rojo, que cortaba de inmediato el agua, tal vez para casos de apuro.

El botón que representaba a una señora sentada sobre lo que yo creía que era un culo (otra fuente) era el modo bidet. Esto no era un chorro, era un festival. Le faltaban las luces para ser la fuente de Montjuitc. Y ahora quédate muerta en la bañera (bueno, en el retrete), porque el botón que parecía una ola del mar, era en realidad el viento divino (o kamikaze): ¡un secador para cuando acabase el agua! Pero fuerte, tipo levante en Bolonia. Así que en un abrir y cerrar de ojo (moreno), el invento limpia, fija y da esplendor.

Por si esto te parece poco, quedaba un último botón, en este caso sin dibujo. Cuando lo pulsabas, sonaba la cisterna, pero no caía la descarga. No entendimos el sentido de esta artimaña, ni por qué sonaba el agua, y no "El sitio de Zaragoza", por ejemplo. Esa noche le preguntamos a la señorita de la recepción del hotel. Primero se puso colorada y luego se reía a carcajadas. Entre risas, decía en un inglés aún peor que el mío¡fart, fart!

Pues sí, ventosidad (en inglés fart y en andaluz peo) cuyo efecto sonoro amortiguaba la falsa cisterna, para evitarle al usuario la vergüenza de que alguien desde fuera oyese algún ruido inconveniente. ¡Qué gente esta!

Bueno, Enrique, después de esta sorprendente historia me despido con un fuerte abrazo. Mañana vamos camino de Kyoto, desde donde te mandaré una postal.

Este tu amigo, Manolo, caganer en el Trono del Crisantemo.

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