Línea de fondo

Santiago Cordero

Santiago.cordero@jerez.es

A Santa Compaña

Algunas normas del protocolo anti Covid rayan el absurdo

TEO Caldalda y Germán Coppini, líderes de Golpes Bajos, la ya mítica banda gallega de los ochenta, dedicó una canción al mito de la Santa Compaña: “En la noche fría dejan sus moradas, viniendo a este mundo a expiar las culpas. Mas después de las nueve y en lontananza, multitud de luces caminan sin rumbo”.

El bicho de la pandemia es, si creemos a pies juntillas lo que los políticos nos están vendiendo y en lo que basan buena parte de sus decisiones, una especie de A Santa Compaña. El Covid, por lo visto, actúa con una fuerza descomunal a eso de las 22 horas, de ahí la idea salvadora de cerrar los restaurantes a esa hora. Pero, la auténtica fuerza destructora del Covid es de madrugada. Toda aquella persona que pise la calle entre las 23 y 6 horas de cada día está abocada al contagio y si me apuran, a morir.

“Ciérrense ventanas, atráncase puertas. ¡Encomiéndate al Santo! ¡A Santa Compaña! Son las almas en pena que salen de la iglesia con la cruz y el escano vagan por los contornos”.

A partir de las 6 de cada nuevo día se permite ir apretujados en el metro, en los autobuses, en los supermercados o hacer colas a la intemperie para poder ver al médico de familia o poder pedir en el SEPE una prestación social.

Este fin de semana acudí a ver un partido de baloncesto. Te toman la temperatura al entrar (bien), te piden nombre y apellidos así como un teléfono de contacto (bien por si hay brote, mal porque incumple la ley de protección de datos). La afición sentados individualmente con distancia de seguridad (bien por el club, mal por aquellos colegas que se sentaban juntos y no atendían a las llamadas para que se separaran). Las mascarillas puestas (bien para la mayoría,  mal para los pocos que disfrutaban enseñando su nariz).

He dejado para el final la gilipollez de turno del protocolo de la federación de baloncesto. Los banquillos de cada equipo situados en tres alturas con tres jugadores por banca, todos con mascarillas, todos separados pero que se unían en cada tiempo muerto. Cada vez que entraban se limpiaban las manos con hidroalcohol  bendito, es decir, un jugador que entró 10 veces a jugar, 10 veces que se echó el mejunje. Al final, rivales y árbitros se saludaron en medio de la pista. Esta vez a los jugadores visitantes les dejaron ducharse y a los locales no, imagino que el bicho es como esos buenos españoles que prefiere lo patrio a lo que viene de fuera y por eso, el listo de turno, dejó a Covid sin su bocado de jugador local.

En el fondo siempre hemos deseado echarle la culpa a cualquier cosa, sea a la Santa Compaña o al gobierno, más aún cuando es fácil atacarles por ineptos. Y me pregunto, ¿podría  tener alguna culpa en la propagación masiva del bicho? ¡Uff! Qué tonto soy. Yo imposible, ni yo ni ninguno de mis seres queridos. ¡Bueno! A lo mejor algún vecino y de ahí hacia fuera todo lo que tu quieras.

¡Ah! ¿Qué hacemos con los partidos de Champions que terminan a las 22:45 horas?

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