Cuando la realidad supera la ficción resulta difícilmente asumible. Pero la realidad siempre termina superándola. Estamos hartos de ver series y películas en las que la humanidad debe enfrentarse a una terrible pandemia mundial y apocalipsis zombies en los que sólo el guapo protagonista consigue salvar su vida y la de unos pocos elegidos. Ahora, aquello que sólo servía de argumento en innumerables películas se ha hecho realidad. El coronavirus, del que hicimos chistes, al que le cantamos coplas y con el que se creó una cuenta de Twitter en clave de humor, se ha extendido para pasar de los casos aislados de China al estado de alerta en España.

Desde la responsabilidad social que se le presupone al periodista, he intentado calmar los ánimos a mi alrededor. He desaconsejado dar fiabilidad a informaciones recibidas a través de redes sociales y he recomendado hacer caso única y exclusivamente a fuentes oficiales. En situaciones así, cualquier errónea información puede llevar a la peor de las consecuencias y, ante el momento que estamos viviendo, caer en el pánico y la histeria colectiva nunca debe ser una opción. Pero, por mucho que lo he intentado, no he podido evitar que la gente a mi alrededor sienta, porque también estoy sintiendo yo. Recuerdo aquella sensación que experimenté el 11S, siendo una cría que no podía apartar los ojos del televisor. El pasado viernes, cuando el presidente Pedro Sánchez decretó el estado de alarma, me invadió una sensación parecida. Difícil de explicar, porque lo sentido ante tal incertidumbre no se puede explicar con palabras.

El viernes los grupos de Whatsapp fueron un hervidero de mensajes cruzados entre los que, por primera vez, no circulaban bulos o noticias falsas. El viernes todos teníamos un sentimiento común que se acrecienta con el paso de los días. El viernes supuso un punto de inflexión en nuestra manera de ver el mundo, de relacionarnos, de querernos, de sentir, de vivir. El viernes fuimos conscientes de que la gravedad del asunto pone en jaque nuestra particular visión de la normalidad, esa a la que menospreciamos por rutinaria. El viernes rezamos, ateos y creyentes, por volver a ella, por volver al pegajoso abrazo diario, a lo tedioso de comprar el pan y a lo angustioso del transporte público. El viernes quisimos despertar de una película de terror que se antoja eterna para quedarnos sumidos en la más rutinaria y aburrida de todas las normalidades.

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