Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Acostados en la U

Ante la falta de conciencia ciudadana, las autoridades meten miedo, al tiempo que suavizan el plazo para la recuperaciónA la vacuna y a la recuperación hay que darles año y medio o dos años

Conviene ser realistas, y en el límite del descreimiento ante los mensajes gubernamentales, cuyo recurso a la mentira y su seguridad acerca del olvido de las promesas de ocasión retratan una fórmula vigente de estrategia política: la posverdad, o sea, la mentira de toda la vida, ha mutado en posmentira, o sea, la mentira por sistema y sin consecuencias. Esta semana hemos tenido ración de este digo Diego al uso. Los dinamiteros del procés, que "bajo ningún concepto" serían perdonados, ya van a dormir a sus casas, porque lo primero es lo primero: los presupuestos que van a ser aprobados en un trajín de dames y tomas que recuerda a una subasta de lonja de pescado. No es que sea nuevo que los políticos en el poder, la oposición o los cosescheros nacionalistas mientan a modo, sino que la intensidad del uso del mensaje falso a sabiendas es mayor, y lo peor, sale gratis. No conviene pues, encima, engañarnos a nosotros mismos: nos queda una larga temporada de atonía, más o menos de la misma duración que lo que tardará en obtenerse una vacuna eficaz y segura y que su aplicación gradual a la población resucite la seguridad sanitaria. Allá por la primavera, agosto se señalaba como el punto de inflexión y remonte de la actividad por la derrota del virus. Después lo fue diciembre de este año; febrero del próximo. Nada de eso fue ni será así. Conviene acostumbrarse a convivir con el coronavirus, al parecer debilitado, o sea, menos letal, aunque no tengo a ninguno de mis epidemiólogos espontáneos de cabecera cerca en este momento para confirmarlo. Tampoco obviemos que vacunar a 4.200 millones de personas no se hace de un año para otro. Ni que España está señalada por sus registros campeones de muertes y contagios. Con una mala imagen internacional por la gestión de la crisis.

Escuché esta semana a una persona que mantiene relaciones múltiples con personas que manejan información de calidad afirmar que no saldremos de esta hasta dentro de año y medio o dos. Conviene creerlo. En pocos meses, el desplome del PIB ha sido histórico, así como la destrucción de empleo, aunque todavía hay alrededor de 19 millones de personas trabajando y cotizando, y quizá un 20% más en la economía sumergida, y eso es un activo dentro de la recesión. Hay sectores directamente volatilizados, y en particular algunos que pesan mucho en nuestra estructura económica, como el turismo y sus satélites. Otros indicadores confirman que caídas que serían desastrosas en dos años han sucedido en un trimestre largo, comprometiendo a buena parte de la economía nacional: el Íbex, por ejemplo, ha caído ya un 30% en este año. Ése es el panorama. Cabe decir, por la otra parte, que la arribada de fondos europeos para la reconstrucción animará la actividad económica y apuntalarán los presupuestos públicos. Es crítico en este escenario que la banca y las propias empresas con sus recursos no paren la financiación de proyectos empresariales.

Haremos bien en olvidarnos de las fiestas locales durante un año más o dos, y de rastrear vuelos de largo recorrido. También en recordarnos que la mayoría de los contagios se producen en reuniones familiares, con amigos y su típico aliño con alcohol (Madrid, su dinamismo urbano, concentración de habitantes y su nodo de comunicaciones global merecen análisis aparte). No saldremos en UVE de esta crisis, la caída ha venido no para rebotar de inmediato, sino para quedarse más que unos meses. Aún nos hallamos en el marasmo del valle horizontal de la U. No nos creamos otra cosa, porque, como dicen los jóvenes, tan rebeldes a entrar en modo crisis, es un pa na. Puede que las autoridades nos metan miedo con sus locutores afectos de voceros, pero no olvidemos que ni la guerra ha terminado ni el resurgir ha comenzado.

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