Análisis

Manuel Moure

Alma de adoquín

Se llaman sampietrinis y son famosos en todo el mundo. Son los adoquines de las calles de Roma. Son así como pequeños y cuadrados y sobre ellos se camina estupendamente. No es ir al tópico de que aquí no hacemos nada bien porque es mentira, pero convendrán conmigo que adoquinar, lo que es adoquinar, no lo hacemos especialmente bien. Hay excepciones, como la calle Ponce, que era una verdadera alfombra. Y hubo casos horribles, como la Rotonda del Minotauro, que recién adoquinada estaba peor que cuando estaba en ruinas. Llegaban las elecciones y había que inaugurarla a toda costa. Uno de los responsables del presunto adoquinado llegó a reconocer a este periodista que era verdad, que era un desastre, pero que con el plazo que les habían dado (apenas la cuarta parte del necesario) no se podía hacer otra cosa. Si el asfalto viene a ahorrar costes y para que nadie pierda un hueso mientras conduce por las calles, bienvenido sea. Aunque, al menos en mi opinión, es una pena perder ese suelo de granito que de siempre ha caracterizado y embellecido al centro de Jerez.

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