Las campañas electorales han dejado de ser- si es que alguna vez lo fueron- lugar común donde trasladar al pueblo los programas, proyectos e ideas para el buen gobierno que propone cada opción política desde su particular prisma. Sirve más para enardecer a los ya convencidos, activar a los desencantados y pescar en nuevos caladeros que otra cosa. Los partidos, anteponiendo la emoción a la razón, la ideología a la gestión y el corazón a la cabeza, proclaman estos días soluciones fáciles a problemas difíciles. Sin decoro alguno. Algunas de esas cuestiones, irresolubles a medio plazo.

Pasadas las elecciones, de lo prometido nada y el enardecimiento se convierte en calma o en explicaciones huecas que sirven de excusa de mal pagador: de aquí salimos más fuertes, derecha o derechos o cualquier otra que se les ocurra. Todas las opciones políticas se creen en algún momento representantes de la mayoría social, se convierten en intérpretes infalibles de lo que quieren los españoles, o en el caso que nos ocupa estos días, los andaluces.

Confieso que la campaña que ahora comienza me aburre y apena, me parece cansina por lo repetitiva que se dibuja, por las ocurrencias de los candidatos, por la mala educación o la poca gracia de criticar al adversario, rayana en insulto gratuito. Las sesiones de los miércoles del Congreso, las comparecencias de los líderes -sean en el parlamento o fuera de él-, parecen el Sálvame de la política, que se traslada a las autonomías como parte de un mismo ecosistema.

Busquen entre tanto eslogan facilón, crítica al enemigo político o frase de desprecio, alguna idea o propuesta cuya música le suene bien. Y aunque a menudo nuestra clase política no lo ponga fácil, vayan a votar el 19-J por lo que crean que es mejor para nuestra querida tierra, que- como siempre- se juega mucho, demasiado.

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