Mucho se ha escrito sobre el botón nuclear, al parecer de color rojo, que el Presidente de los Estados Unidos tendría sobre la mesa de su despacho para desatar un conflicto atómico, sin más presión que la yema de su dedo.

Otros le dan forma de maletín negro, que engrilletado a la muñeca de un militar de alto rango, no se separa de la máxima autoridad norteamericana y cumple el mismo cometido. Así lo hemos visto en las películas y así lo creemos, a pies juntillas, como se da por cierto todo lo que aparece en el cine yanqui. Amén.

Sea verdad o leyenda, qué importante un simple botón. Pero se ha de tener claro que los botones no son para jugar.

En España, que sepamos, no hay botón atómico. Lo más nuclear que se conoce es el detergente blanco, y ciertos políticos piensan, que en caso de conflagración mundial la base naval de Rota será como un parque temático en el que estallarán toneladas de confeti y papelillos, al más puro gusto gaditano. Tipo, tipo...

Pero, aunque no tengamos botones rojos, sí tenemos botones peligrosísimos. De hecho, no conviene dejar que los niños jueguen con los botones porque se pueden atragantar y asfixiarse. Hay políticos, que son como niños, y en el Parlamento les dejan usar botones. Quizás para que estén distraídos y no incordien; quizás para que no metan la mano en otras cosas, a lo que son tan aficionados. Otras veces, como todos los niños, tocan lo que no deben tocar y suena la flauta. El niño no quería que sonara la flauta, pero toco el botón prohibido y la flauta sonó.

El congreso tiene una guardería que nos cuesta 276.275 euros al año para que Sus Señorías concilien familia y trabajo. Así pueden votar las leyes sin molestia alguna. Pero, de vez en cuando, se dejan abierta la puerta, los niños se escapan y tocan los botones que no deben. Por eso, a veces, suena la flauta.

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