Análisis

Tacho Rufino

Cliente sin lámpara ni amparo

La atención telefónica se deposita en alguien que no puede atenderte, lo cual choca con el eslogan 'el cliente es lo primero'" La falta de inversión en la red eléctrica se ceba con los que son pocos o están aislados

Es una tentación utilizar un espacio en un medio para verter filias -adorables hijos, y sus anécdotas- y fobias -leña al equipo rival y al político habitual-; guiños zalameros, hablar de mi libro. Así que lo que sigue es una historia real pero que no se va a fechar ni a ubicar, también porque situaciones como las que aquí se relatan se dan, como diría una azafata con un aburrido braceo, "delante, detrás, a un lado, al otro". Sobre uno de los protagonistas quedan menos dudas, por una mera cuestión de competencia: competencia en el sector eléctrico hay poca, los operadores son habas contadas. En el otro lado, si el cliente es minoritario o aislado, que se dé por desamparado ante un corte de luz. "¿Hay alguien ahí?". "Introduzca o diga uno a uno los dígitos de tal, cual o pascual". "Disculpe, no le hemos entendido". Hasta luego, Lucas.

Un agua menor te urge a las cinco de la madrugada. La luz del baño no funciona, y compruebas que tampoco arde ninguna otra bombilla, ni la de la escalera o el ascensor. Te asomas a la ventana y ves que el tramo de calle donde tú vives está a oscuras. Año tras año, la instalación de pública de una parte del vetusto barrio se va al guano. Año tras año, la compañía proveedora de los vecinos que dependemos de ese ramal antediluviano se parapeta en un call-center situado en el más allá y en una de esas webs que tanto coste corporativo evitan y -en general- tanto quebradero de cabeza dan al cliente, que paga religiosamente lo que le facturan. No es osado, sino puritita verdad, que quienes te informan, tras el rosario de opciones de voz robotizadas, sobre tu avería te mienten a sabiendas sobre cuándo estará arreglada: patada a seguir, todo muy grabado. Mientras, tu congelador se licua, no puede bañarse a los bebés ni asear a los muy mayores, ni los colegiales pueden hacer sus deberes; los móviles pierden la batería, nada de tele ni ordenador, la noche se echa encima, va para veinte horas que se fue la luz. Tu luz.

La sufrida subcontrata ha abierto la acera donde sabe que está la cosa: los operarios conocen bien que esto no se arregla, que se parchea hasta la próxima. No hay dinero para hacer los arreglos como se debe, porque no hay miedo a los clientes. Son cuatro gatos, y el sur de España no es Hernani ni Gamonal: aquí no se protesta ni exige. Los damnificados se arraciman en el único bar abierto. De pronto, los técnicos -que no están en nómina de la gran empresa eléctrica- dicen que se van, que ahora ya vendrá un dignatario regio a dar corriente y obrar el divino hágase la luz. Pero eso también es mentira: saben y sabemos que hasta la mañana siguiente estarán los cavernícolas de ocasión tirando de pilas y velas. Pero la lluvia provoca en el hoyo una pequeña explosión y un cierto juego pirotécnico, y una señora que pasea a su perro junto a la zanja corre despavorida hacia el establecimiento de guardia a refugiarse y contar lo que todos hemos visto. El 112 sí responde: ¡vivan ellos! Y manda a los bomberos, que requeteprecintan el socavón tercermundista. No tarda en volver la subcontrata. Empalman un cable, se van, y a la media hora, ¡aleluya, luz! Hasta el verano que viene. Nadie reclamará, porque te impondrán mil exigencias documentales y, a la postre, te darán unos euros, los coges o los dejas. Y si no, nos vemos en el juzgado, criatura.

Mientras, día tras día asistimos al nuevo opio del pueblo: la fluctuación del megavatio/hora, que nos tiene acongojados. El presidente del Gobierno amenaza con confiscar beneficios a las eléctricas, asunto espinoso y más que improbable. Como es de ley, sus empleados cobran puntualmente. Sus clientes pagan igual. Pero los treinta metros de cable soterrado los va a cambiar su prima Rosario de usted, y mía.

Responsabilidad corporativa, calidad institucional. Todo eso.

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