Mejorque maestros sentenciosos y aupados en su saber, necesitamos modelos probados en la aspereza del camino, en el dolor que corroe, pero que no les ha conseguido claudicar el alma, aunque hayan perdido la vida. Son hombres que han demostrado dignidad y libertad ante las tiranías dominantes. Digo esto leyendo a Dietrich Bonhoeffer, ejecutado en el campo de concentración de Flossembürg en abril de 1945, un modelo, imprescindible, que superó con libertad interior el cerco y la alambrada de la tiranía más deshumanizadora que ha generado el siglo XX.

Aunque de otra manera, no han terminado las alambradas ni los cercos, ni han dejado de existir espartanos del espíritu a quienes las fuerzas esclavizantes no han podido replegarles ni las alas, ni de sus sueños. Hoy se puede seguir siendo libre entre las rejas y las alambradas que nos circundan, que no son, ciertamente, visibles, pero que presionan el espíritu tanto como una verja pueda oprimir el cuerpo. Las tiranías actuales tienen muchas ramificaciones, porque han aprendido de la historia que el mejor modo de dominar a los ciudadanos es robándoles el alma. La estrategia deshumanizadora tiene un camino más sibilino y delicado: la ingeniería social, capaz de adaptarse a cualquier régimen, también al democrático, sabedora de cómo construir sus fines, moldea al hombre, aunque se le llame "hombre nuevo", siendo que el hombre es hombre, desde que dio el salto a "sapiens", conservando el hipotálamo como reservorio de su espíritu añejo (Nihil novum sub solem).Permanecer siendo individuo libre y consciente de su dignidad es un reto difícil para un mundo globalizado que pretende construir al nuevo hombre desde la uniformidad amorfa, indistinta y moldeable. ¿Y qué se necesita para este logro? Sobre todo, anular al individuo, raspar lo que queda de conciencia referencial y extirpar la raíz que pueda impedir la movilización existencial. Y aquí aparecen las oportunas trituradoras ideológicas, que, con la simple tendencia a la satisfacción primaria, nos llevan, a base de zanahorias subvencionadas, al pesebre que más convenga. Es todo muy natural: basta con satisfacer la andorga sensual. De este modo se crea gente mohína, aletargada y torpe. ¿Veis? Ya no es preciso un "gulag". Todo se ha convertido en un campo de concentración aséptico, tan amable que nos tiene verdaderamente encandilados.

Las alambradas no se ponen fuera, sino dentro del alma, que es la que verdaderamente piensa y trasciende, o busca la libertad; así las cosas, y teniendo agasajado el cuerpo, las alas no remontan más allá de los instintos. Se cancela el vuelo de Ícaro.

Todavía hay quien cree que la libertad se la debemos a quien manda; que la dignidad nos la concede quien gobierna, o que la conciencia la tienen otros sobre nosotros. Esta es la idea del nuevo esclavo, que por venderse a los espejismos históricos materiales ha renunciado a pensar por sí mismo en aras del dios Papá-Estado.

Si al individuo se le rompe el cordón umbilical de sus orígenes, quedará fragmentado y a merced del dominio establecido.

Si a la persona, que llamamos inalienable, le satisfacemos los deseos más primarios e instintivos, si lo convertimos en carne cruda y aburrida, haremos de él un ganso doméstico o perrito de Paulov.

Si lo fisiologizamos sin referencia espiritual y trascendente, le quitaremos los criterios, claudicará en sus finalidades y, al cabo, pastará el pienso que los grandes manipuladores del sistema quieran ofrecer.

Mientras tanto seguiremos creyendo que las nuevas leyes parlamentarias, surgidas, paradójicamente, del nulo diálogo, nos han concedido un alto grado de libertad.

Ya no se necesitan campos de concentración, el ser humano ha aprendido a esclavizarse de un modo mucho más inteligente…

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