Análisis

juan fernández

Divulgar al Migué

Un sorbo de vino del terreno se desliza por mi garganta para endulzar el amargo sabor que trae consigo la añoranza. Admito que padezco de languidez cuando se elevan las cejas de aquellas personas a las que les explico que Migué Benítez, flamante artista que formó parte de Los Delinqüentes, falleció a los 21 años. Genuino y clarividente, raro es en la juventud española quien jamás haya escuchado su voz con los pies entre la arena, las manos en el volante tarareando el inicio de las vacaciones o arrancando unas palmas en la verbena del pueblo, y sin embargo, apenas tienen conocimiento de quién fue y qué hizo.

Tengo comprobado que la sorpresa da paso a la estupefacción y a una retahíla de admiraciones entre quienes no sabían de él, sobre todo al conocer que innegables éxitos como 'El aire de la calle', los compusiera con tan solo 16 años. No obstante, en el aniversario de su fallecimiento, ha de ponerse en manifiesto que temas como 'La Primavera Trompetera' o 'Nubes de pegatina' han seguido estando al pie del cañón entre los más jóvenes, consolidándose y generando una cultura en torno a su figura.

Envuelto en el misticismo que rodea a la muerte precoz de toda mente brillante, sea versionado o reproducido, su legado sigue siendo un imprescindible en las juergas rumberas. Las personas embrujadas por su poesía están repartidas por toda nuestra geografía y en los círculos sociales más divergentes. Letras transversales que facilitan el bombeo a los corazones, tanto en los hogares más humildes como en las altas esferas, quien profundiza en la obra de Migué Benítez sabe que es mucho más que 'La luz del Lorenzo'.

A unos años de cumplirse dos décadas del lanzamiento del primer disco del grupo 'El Sentimiento Garrapatero que nos traen las flores' (2001), fantaseo con las horas dedicadas a componer las canciones con el fervor de la adolescencia. Te imagino ensayando para tus adentros mientras girabas el manillar de la scooter camino a los versos. La melena al viento y la cadena de plata chocando contra la cara de Jesús de la Rosa estampada en una camiseta.

Casi me parece verte ahora, en algún sofá de cuero negro desgastado bajo un techo de uralita y con la guitarra pegada al abdomen por el sudor. Repetir y repetir acordes, las yemas de los dedos peladas, una lata de refrescos a rebosar de colillas, restos de tabaco, papelillos envueltos en sí mismos y hojas esparcidas con ideas por rimar.

Ahora que empezamos a germinar admiradores de tu obra por las Españas, creyéndonos embajadores de tu nombre y trabajos, sufro envidia por quien pudiera conversar contigo en tu entorno jerezano y beber del albedrío que destilas.

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