Pocas cosas hay más engañosas que la ensoñación. Puede ser maravillosa. Es un don del ser humano para transcender de su propio ser, elevarse por encima de su existencia y encontrar caminos, vías y formas para hacer nuevas cosas en provecho de los demás. Pero la ensoñación también es muy peligrosa, pues puede llevar a un grupo de soñadores a considerar que en el campo sólo hay orégano, que los perros son atados con longanizas y que la unidad de una nación puede quebrarse por voluntad de unos pocos, que hacer prevalecer su voluntad sobre la de aquellos que no piensan como ellos. Y al final ocurre lo que ocurre: que los malos soñadores, aquellos que no quisieron contemplar opiniones ajenas que no les convenían, acaban en la cárcel. El resto, mientras tanto, seguimos ensoñados pero en asuntos mucho más terrenales como es el futuro de nuestros hijos, el porvenir del planeta o el resultado de la próxima quiniela. "La vida es sueño y los sueños, sueños son". Ya lo dijo Calderón. Y no se equivocaba.

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