Que a los políticos les interesa el sistema de enseñanza sólo para lo que les interesa es una realidad constatable desde siempre. Fueran del color que fueran, tuvieran la conciencia política que tuvieran; manifestaran las ideas que manifestaran; estaba claro que lo educativo no era asunto en el que poner todo el frío corazón que les animaba. Este que esto les escribe, docente desde 1977, ha visto pasar ante él muchos partidos llenándoseles la boca pidiendo unidad, diálogo y entendimiento para dotar a la Educación de un sistema de estado perdurable y casi blindado. Todo mentira. No se ponían de acuerdo porque no querían; porque no les interesaba. Era mejor para sus esquivos intereses crear ese desconcierto que se forma en torno a lo educativo; que nadie pudiera estar seguro mucho tiempo en lo que había y, por supuesto, no abrir demasiadas expectativas ni poner las medidas adecuadas para que los alumnos tuvieran una enseñanza de calidad que los llevara a una conciencia de saber, que les aportara una visión adecuada, crítica y valorativa de la realidad existente; dicho a lo bestia, no se querían alumnos sabios que pudieran, en cualquier momento, poner sus acciones - las de ellos - en entredicho y caras coloradas. Este humilde maestro de escuela ,en cuarenta años de profesión ha visto, poco a poco, cómo la enseñanza caía en picado porque los sistemas cada día eran más nefastos, porque las exigencias eran, leyes tras leyes, mínimas, porque a los alumnos se les exigía cada vez menos, porque la incongruencia política llegaba a las aulas, porque los nuevos proyectos eran tan malos que hacían medianamente buenos a los anteriores, porque... Dos ejemplos que, creo son bien significativos, durante mi vida profesional he enseñado Lengua y Literatura. A mis primeros alumnos de octavo de EGB, les hablaba y les leía pasajes de obras de Gonzalo de Berceo. Hoy muchos llegan a la Universidad sin sonarles el nombre. En los libros de Literatura para chavales de los primeros cursos de la ESO no aparece el nombre de Gustavo Adolfo Bécquer. Me temo que la ley de esta señora equivocada será infinitamente peor que la que había antes de que ella, para mal de todos, llegara al Ministerio. ¡Pobre país!

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